Más de 35.000 personas participaron este viernes en la misa presidida por el papa León XIV en el puerto de Santa Cruz de Tenerife, último acto público de su viaje apostólico a España. La celebración, que tuvo lugar en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, puso el broche final a una semana de intensa actividad pastoral en Madrid, Barcelona y Canarias, marcada por constantes referencias a la evangelización, la fraternidad cristiana y el fenómeno migratorio.
La Eucaristía comenzó con cerca de una hora de retraso y se desarrolló bajo un intenso calor que acompañó a los miles de fieles congregados desde primera hora de la mañana en el recinto portuario.
Una celebración marcada por el simbolismo de Canarias
Con tres cayucos situados detrás del presbiterio, se buscó una imagen que evocara la realidad migratoria que ha estado presente durante toda la estancia del Pontífice en el archipiélago y serviera como recordatorio de las miles de personas que llegan cada año a Canarias a través de la ruta atlántica.
También tuvieron un especial protagonismo los ornamentos utilizados por León XIV. La casulla y la mitra, confeccionadas expresamente para esta celebración en talleres de Bérgamo, incorporaban referencias al mar y al paisaje volcánico canario. Estas piezas quedarán posteriormente en la diócesis como recuerdo de una visita considerada histórica para las islas.
La Iglesia canaria, protagonista de la liturgia
La celebración contó con una amplia participación de la Iglesia local con lectores de distintas parroquias. Por su parte, las peticiones de la oración de los fieles estuvieron a cargo de representantes de distintas realidades eclesiales y sociales. Entre ellos participaron inmigrantes procedentes de Filipinas, Guinea-Bisáu y Venezuela, además de responsables pastorales, educadores y miembros de la vida consagrada.
Para distribuir la comunión entre los asistentes se movilizaron alrededor de 300 ministros extraordinarios, entre laicos y religiosos. El recinto contó además con catorce carpas eucarísticas equipadas con sagrarios para facilitar la participación de los miles de fieles presentes.
«Ningún ser humano es una isla»
En su homilía, León XIV presentó el Corazón de Jesús como «el corazón de la historia» y desarrolló una reflexión sobre la vocación humana al encuentro y a la comunión.
Dejamos a continuación la homilía completa:
Queridos hermanos y hermanas:
Es una gracia encontrarnos en el día en que el Corazón de Jesús se deja contemplar por nosotros como el corazón de la historia. Me alegra celebrar con ustedes la Eucaristía, dando gracias por la fe y la caridad de las que he recibido tantos testimonios en este viaje apostólico y que hacen también a este archipiélago, tan conocido por su belleza y su acogida, un lugar donde el Señor Resucitado nos precede y se manifiesta. Frente a nosotros el mar evoca el infinito, y así lo hace también el cielo; pero infinito es sobre todo el deseo que une el corazón de Dios a tantos corazones humanos, cuyas alegrías y esperanzas, tristezas y angustias encuentran eco en el corazón de la Iglesia (cf. Gaudium et spes, 1). Ningún ser humano es una isla; la ubicación geográfica de esta diócesis y los desafíos pastorales que la comprometen atestiguan que hemos nacido para el encuentro y que no hay obstáculo, distancia, peligro o amenaza que pueda impedir a cada uno su viaje. Sea permaneciendo durante una vida entera en el mismo lugar, sea eligiendo o estando obligados a partir, nadie permanece nunca quieto. Este es el secreto del corazón: la llamada intima al éxodo y al encuentro.
Pero el Corazón de Jesús nos revela como no perdernos en un dinamismo estéril: «Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de Él» (1 Jn 4,9). Hay vida cuando se da vida. De otro modo, se gira en el vacío. En efecto, «como recuerda el Concilio, el ser humano está llamado a la comunión con Dios y “no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo”; su vocación más profunda es la de entrar en el movimiento trinitario del amor recibido y compartido» (Magnifica humanitas, 48). El Papa Francisco observaba: «Muchas personas experimentan un profundo desequilibrio que las mueve a hacer las cosas a toda velocidad para sentirse ocupadas, en una prisa constante que a su vez las lleva a atropellar todo lo que tienen a su alrededor. Esto tiene un impacto en el modo como se trata al ambiente» (Laudato si’, 225). Son palabras que interpelan también la vocación turística de Tenerife, sea respecto al corazón del que decide pasar aquí un periodo de vacaciones, sea para el que vive y trabaja en la isla, en contacto con visitantes de tantos países del mundo. ¿Que busca el corazón humano? ¿Cómo responder a su sed de manera no engañosa? Que importante es, especialmente para quien se deja orientar por el Evangelio, no reducir todo a comercio y beneficio. «Quienes disfrutan más y viven mejor cada momento son los que dejan de picotear aquí y allá, buscando siempre lo que no tienen, y experimentan lo que es valorar cada persona y cada cosa, aprenden a tomar contacto y saben gozar con lo más simple. Así son capaces de disminuir las necesidades insatisfechas y reducen el cansancio y la obsesión» (ibíd., 223). Interpreten así, queridos hermanos y hermanas, su vocación a la acogida.
El Evangelio, hoy, parece radicalizar este reto y nos recuerda la riqueza de los pobres: una paradoja que remite directamente a la vida de Jesús, a su verdad, al camino en el que continúa pidiéndonos que lo sigamos. En la página que hemos escuchado, bendice al Padre por esto: es a los pequeños —que en el contexto significa a los mínimos, a los que nadie estima capaz de pensamiento y de palabra— a los que Dios se ha revelado a sí mismo. Los ha enriquecido de aquello que permanece escondido a quienes están rodeados de admiración y de éxito. Con la Exhortación apostólica Dilexi te quise prestar atención a ese lugar privilegiado de los pobres en la Revelación divina y en la misión de la Iglesia.
Es un misterio que resuena de modo totalmente especifico en estas islas, en el centro de rutas migratorias que lo hacen lugar de primera acogida de hermanos y hermanas cuyo viaje está generalmente expuesto a peligros y violencias inenarrables. Frente a quien especula con la desesperación, como cristianos no solo podemos ofrecer un reflejo del Señor que dice: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviare» (Mt 11,28). La gracia más grande es que nos dejemos evangelizar por aquellos a quienes socorremos, que reconozcamos la misteriosa sabiduría de Dios escrita en su misma carne: «Crecidos en la extrema precariedad, aprendiendo a sobrevivir en medio de las condiciones más difíciles, confiando en Dios con la certeza de que nadie más los toma en serio, ayudándose mutuamente en los momentos más oscuros, los pobres han aprendido muchas cosas que conservan en el misterio de su corazón. Aquellos entre nosotros que no han experimentado situaciones similares, de una vida vivida en el límite, seguramente tienen mucho que recibir de esa fuente de sabiduría que constituye la experiencia de los pobres. Solo comparando nuestras quejas con sus sufrimientos y privaciones, es posible recibir un reproche que nos invite a simplificar nuestra vida» (Dilexi te, 102). El Señor, que reprende y corrige a los que ama (cf. Ap 3,19), desea hacer sencilla y alegre nuestra vida.
Queridos hermanos y hermanas, gracias por lo que son y por lo que hacen, convirtiendo a esta isla en un lugar donde encontrar al corazón de Cristo en el rostro amigo y hospitalario de personas y comunidades fraternas. «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en Él» (1 Jn 4,16): que esta confesión de fe transmitida por la Primera carta del apóstol Juan resplandezca siempre en ustedes, y les motive a la oración y a la acción. Presten atención a los adolescentes y a los jóvenes, a los ricos y a los pobres, a los residentes y a los huéspedes: todos ellos necesitan ser conocidos con una mirada que ve más allá de las apariencias y reconoce la profundidad de sus corazones inquietos, que no pocas veces ya está orientado, quizás inconscientemente, hacia el Reino de Dios y su justicia. Que se respire entre ustedes que «Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él» (1 Jn 4,16). Este es el corazón del Evangelio, el corazón de Cristo. Quien se sumerge en Él ya no vive para sí mismo. ¡Abran a todos este mar de amor! Es mi deseo y mi oración para ustedes y para todos aquellos que encuentren en su camino.
El final de una semana intensa
La misa de Santa Cruz de Tenerife cerró oficialmente el primer viaje apostólico de León XIV a España. Durante siete días, el Pontífice recorrió Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife, manteniendo encuentros con jóvenes, sacerdotes, autoridades, inmigrantes y representantes de diversas realidades eclesiales y sociales.
Tras la celebración, el Papa emprende el regreso a Roma, concluyendo una visita que situó a Canarias como centro de su despedida y que deja como una como imágen la multitud reunida frente al Atlántico para celebrar la Eucaristía junto al sucesor de Pedro.