El papa León XIV llegó este viernes a Tenerife en su última jornada del viaje apostólico a España. La visita estuvo marcada fuertemente por la inmigración, un asunto que ya protagonizó buena parte de sus actividades del día anterior en Gran Canaria.
Tras aterrizar en el aeropuerto Tenerife Norte, el Pontífice se desplazó al centro de acogida Las Raíces, uno de los principales dispositivos de atención a inmigrantes llegados al archipiélago a través de la ruta atlántica.
Testimonios en primera persona
Antes de la intervención del Santo Padre, varios participantes tomaron la palabra para explicar la realidad que afronta el centro y las experiencias de quienes han llegado a Canarias tras atravesar el Atlántico.
El obispo de San Cristóbal de La Laguna, monseñor Eloy Santiago, recordó que las Islas Canarias se han convertido en una de las principales puertas de entrada de la inmigración irregular hacia Europa y evocó el drama humano que supone la ruta atlántica, una de las más peligrosas del mundo. El prelado también destacó que miles de personas han perdido la vida intentando alcanzar las costas españolas.
Por su parte, el director de Las Raíces señaló que las instalaciones han acogido a más de 54.000 personas desde su apertura en 2021 y subrayó la labor desarrollada por trabajadores y organizaciones implicadas en la atención a los recién llegados.
Uno de los testimonios más significativos fue el de Bousso Diouf, una mujer senegalesa que relató las razones que empujan a muchos africanos a abandonar sus países de origen. «Nadie abandona su tierra, su familia y sus raíces por voluntad propia cuando puede vivir en paz», afirmó. Diouf aseguró que muchos de los residentes del centro proceden de países marcados por la pobreza, la violencia, los conflictos o la falta de oportunidades.
También intervino un joven inmigrante africano que describió las duras condiciones de la travesía hacia Canarias. En su relato habló del hambre, el frío, la desesperación y del temor constante a la muerte durante el viaje. Asimismo, recordó a quienes no sobrevivieron a la travesía y denunció la actuación de las mafias que se aprovechan de la vulnerabilidad de quienes buscan llegar a Europa.
«Que no se nos mire solo como emigrantes, números o documentos, sino como personas con historia, con sueños, con familias y con esperanza», reclamó durante su intervención. «No pedimos privilegios. No pedimos compasión. Pedimos respeto, humanidad y la oportunidad de vivir con dignidad», añadió.
El Gobierno valida sus políticas
La visita de León XIV al centro Las Raíces también sirvió de escaparate para la política migratoria del Gobierno. Durante el acto, la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, defendió ante el Pontífice el modelo impulsado por el Ejecutivo, basado —según sus palabras— en los principios de «humanidad, regularidad y convivencia».
En su intervención, Saiz presentó el centro como un ejemplo del compromiso de España con la acogida de inmigrantes y aseguró que Las Raíces representa «el compromiso de nuestro país con la dignidad humana». La ministra afirmó además que España es «un país de inmigrantes» y sostuvo que la integración debe construirse a partir de una responsabilidad compartida entre quienes llegan y quienes reciben.
«Quien llega tiene el deber de participar, respetar y contribuir; quien acoge tiene la responsabilidad de abrir espacios de pertenencia y dignidad», declaró la ministra ante los aproximadamente 600 asistentes al encuentro. Asimismo, defendió que «la integración no es la renuncia a quienes somos sino la construcción compartida de quienes queremos ser».
León XIV: «El amor de Dios no conoce fronteras»
Tras escuchar los testimonios, León XIV dirigió unas palabras principalmente en francés, una lengua conocida por muchos de los inmigrantes procedentes de África occidental. El Papa quiso transmitir un mensaje de esperanza y cercanía, centrado en la dignidad de la persona y en la universalidad del amor de Dios.
Aprovechando la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, el Pontífice afirmó que «el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad». También aseguró que las heridas y sufrimientos de quienes han emprendido largos y peligrosos viajes no son indiferentes para la Iglesia.
El Santo Padre evocó la parábola del buen samaritano y recordó a san José de Anchieta y al santo Hermano Pedro como ejemplos de personas que abandonaron su tierra para llevar el Evangelio a otros pueblos. Asimismo, invitó a los inmigrantes a aportar «el tesoro de humanidad, de sueños y de cultura» que llevan consigo y a abrirse al encuentro con las comunidades que los reciben.
Dejamos el discurso completo a continuación:
Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!
Agradezco las sentidas palabras que me ha dirigido la Sra. Ministra, así como el Director de este Centro.
Hoy en la Iglesia celebramos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, que es para los cristianos el amor misericordioso e infinito de Dios por cada ser humano. En este marco, es providencial que podamos encontrarnos, vernos y sobre todo saber que, más allá de nuestro lugar de proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad.
Viendo sus rostros, escuchando sus testimonios, pienso también en sus corazones, heridos por tantas dificultades y también consolados por el amor recibido gracias a otros corazones abiertos, generosos y misericordiosos. El Corazón de Cristo sufrió y fue traspasado por amor, y también fue confortado por personas compasivas que se acercaron a aliviar su dolor.
Jesús, para explicar la universalidad del amor, puso como ejemplo el acto de servicio de un hombre de otro pueblo y de otra religión que se compadeció del herido y maltratado (cf. Lc 10,25-37). Motivados por ese amor de Dios, que nos ayuda a sanar las heridas y a ser caritativos con los que sufren, el santo Hermano Pedro y san José de Anchieta partieron desde estas tierras canarias para anunciar el Evangelio en América, abriendo nuevos horizontes misioneros. Ellos también fueron migrantes que se dirigieron hacia lo desconocido, llevando como principal equipaje la fe, la esperanza y la caridad.
En aquellas desconocidas tierras, los santos migrantes y misioneros supieron dar de lo que tenían y asimismo acoger lo nuevo que se les ofrecía. Les invito también a ustedes a ofrecer el tesoro de humanidad, de sueños y de cultura que han traído a estas islas, y a estar abiertos a recibir aquello que se les brinda. Este intercambio hemos de vivirlo también con responsabilidad, pensando en el futuro de las generaciones venideras, a quienes queremos legar el patrimonio de una civilización del amor, y donde las migraciones tienen una palabra importante que decir, porque «pueden ser una ocasión de encuentro y enriquecimiento mutuo entre los pueblos» (Magnifica humanitas, 81).
Queridos hermanos y hermanas, todos —de algún modo— somos migrantes, todos somos peregrinos en camino a la patria celestial. Ayudémonos a hacer de esta travesía un lugar más humano para todos, aportando lo que esté al alcance de cada uno. En este sentido, agradezco la colaboración por parte del Gobierno, de las diversas instituciones y de tantos hombres y mujeres de buena voluntad que hacen posible esta ayuda humanitaria concreta, que devuelve la esperanza y dignifica a tantas personas.
Me ha llamado la atención el nombre de este Centro de acogida, que se denomina “Las Raíces”. A mi Predecesor, el querido Papa Francisco, que tanto anheló poder estar con ustedes, le gustaba utilizar la imagen de las raíces para indicar la necesidad de no olvidar los orígenes, de permanecer unidos y de confiar en el Señor. «Porque el que confía en el Señor “es como un árbol plantado al borde de las aguas, que echa sus raíces en la corriente. No temerá cuando llegue el calor y su follaje estará frondoso” (Jr 17,8)» (Christus vivit, 133). Que esta imagen de las raíces también les ayude a ustedes a estar firmemente arraigados en el Señor (cf. Col 2,7), para que ninguna tormenta pueda alejarlos de su presencia, que fortalece y da vida.
Queridos amigos, les llevo en mi corazón y en el recuerdo de mis oraciones. Que Dios les bendiga, que bendiga a sus familias y a todos los que les hacen el bien. Y que la Bienaventurada Virgen María, Consuelo de los migrantes, les acompañe y auxilie siempre con su protección maternal.
Muchas gracias.