La visita de León XIV a España está dejando, entre otras muchas lecturas, una comparación inevitable entre sus dos grandes etapas. Madrid y Barcelona han recibido al mismo Papa, pero lo han hecho de dos maneras profundamente distintas. Y la diferencia no es anecdótica: toca el corazón mismo de lo que significa acoger al Sucesor de Pedro.
Digámoslo con claridad y con justicia: la etapa madrileña ha sido un éxito logístico incontestable. Un Santiago Bernabéu lleno, unas calles abarrotadas, una organización impecable, una movilización masiva de fieles, una estrategia de comunicación que ha funcionado con precisión. Quienes han trabajado en la maquinaria organizativa de Madrid merecen un diez en ese capítulo, y sería mezquino regateárselo. Mover a cientos de miles de personas sin incidentes, con horarios cumplidos y con una cobertura mediática eficaz, no está al alcance de cualquiera.
Pero una visita papal no es —no puede ser— solo un ejercicio de gestión de multitudes. Cuando hablamos de la fe, la estética no es un adorno: es lenguaje. La belleza habla de Dios, habla de lo permanente, eleva el alma hacia aquello que las palabras no alcanzan. Y aquí es donde el planteamiento madrileño hizo aguas. La escenografía del Bernabéu resultó extraña, por momentos infantilizada, más cercana al formato de un festival escolar que a la solemnidad y profundidad que pide la presencia del Vicario de Cristo. A ello se sumó un protagonismo desbordado del cardenal arzobispo de Madrid, que intervino constantemente con discursos superficiales y exceso de protagonismo, acaparando un espacio sobredimensionado para lo que el momento requería. Cuando viene el Papa, el anfitrión debe saber hacerse a un lado.
Barcelona, en cambio, ha dado una lección. Quizás con una movilización menos masiva, la etapa catalana ha rebasado amplísimamente a la madrileña en profundidad estética y en relato espiritual. La visita a Montserrat, la oración en la catedral de Barcelona, la escolanía, la monodia, la música escogida con criterio, un guion cuidado hasta en los testimonios —en el qué, pero sobre todo en el cómo y en las formas— han compuesto un conjunto de una hondura que Madrid ni rozó.
Y en ese marco, el cardenal Omella y su equipo merecen un reconocimiento sin reservas. No solo por la factura de los actos, sino por la actitud: una posición discreta, unas intervenciones medidas, un saber estar que dio al arzobispo de Barcelona la relevancia real de su posición precisamente porque no la buscó. La discreción del anfitrión y el sentido de lo estético engrandeció al huésped, que es exactamente de lo que se trataba.
La conclusión es incómoda pero necesaria: Madrid, un diez en logística y un suspenso en estética; Barcelona, un éxito estético y espiritual que quedará en la memoria. Y conviene extraer la lección de fondo, porque trasciende esta visita. La Iglesia en España debe decidir qué quiere ofrecer cuando convoca: eficacia organizativa al servicio de un formato de evento, o belleza al servicio de la fe. Lo ideal, obviamente, es lo uno y lo otro. Pero si hubiera que elegir, recordemos que las multitudes se dispersan y los aplausos se apagan, mientras que la belleza —la de Montserrat, la de una escolanía cantando ante el Papa, la de una liturgia cuidada— permanece y sigue evangelizando mucho después de que se hayan retirado las vallas.
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