Durante las últimas semanas hemos expresado nuestras reservas sobre este viaje de León XIV a España. Lo hemos hecho porque existía un riesgo evidente de instrumentalización política. Porque parecía difícil ignorar que un Gobierno cercado por los escándalos, la corrupción y una creciente pérdida de credibilidad podía intentar utilizar la presencia del Papa como un balón de oxígeno mediático. Y porque el contexto invitaba más al escepticismo que al entusiasmo.
Sin embargo, la honestidad intelectual obliga también a reconocer cuando la realidad supera nuestros propios análisis. Ante las Cortes Generales, León XIV pronunció unas palabras que quedarán grabadas en la historia política de España: «Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural». No se trata de una observación ambigua perdida en un discurso protocolario. Es una afirmación directa, inequívoca y profundamente contracultural en la España de hoy.
El Papa la pronunció ante diputados y senadores de una nación donde el aborto desenfrenado y la eutanasia forman parte del ordenamiento jurídico hasta lo macabro. La pronunció ante quienes han impulsado, votado o defendido esas leyes. La pronunció en el corazón mismo del poder legislativo. Y la pronunció sin rebajas, sin circunloquios y sin esconderse detrás de formulaciones cómodas. Más aún, preguntó explícitamente al hemiciclo: «¿puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?» Fue una pregunta dirigida a la conciencia de los legisladores y, en realidad, a toda la sociedad española.
No desaparecen por ello las cuestiones discutibles del viaje. No desaparecen los errores, las omisiones o las decisiones que legítimamente pueden ser objeto de crítica. Tampoco desaparece el riesgo de que algunos intenten apropiarse mediáticamente de la visita. Todo eso seguirá existiendo y seguirá mereciendo análisis. Pero sería injusto no reconocer lo sucedido.
Durante unos instantes, todos aquellos dirigentes acostumbrados a hablar en nombre del progreso, de los derechos y de la dignidad humana tuvieron que escuchar una verdad que no controlaban, que no habían redactado ellos y que no podían reinterpretar a su conveniencia. Tuvieron que escuchar que la vida humana merece protección desde la concepción hasta la muerte natural. Tuvieron que escuchar que los más débiles siguen teniendo derechos incluso cuando resultan incómodos para los proyectos ideológicos dominantes.
Por eso, aun manteniendo las reservas, las críticas y las discrepancias que puedan existir sobre otros aspectos de la visita, hoy corresponde reconocer una evidencia. Cuando el Sucesor de Pedro se presenta ante unas Cortes españolas abortistas y proclama sin complejos la defensa de toda vida humana desde su concepción hasta su ocaso natural, sucede algo que trasciende la coyuntura política. Sucede algo que devuelve al espacio público una verdad fundamental sobre la dignidad humana.
Quizás, a pesar de los errores. A pesar de las dudas. A pesar de las reservas. Quizás todo haya merecido la pena.