Oración preparatoria
Padre eterno, fuente sin fuente de toda vida y de todo amor, que en la plenitud de los tiempos nos entregaste a tu Hijo unigénito para que el mundo tuviera vida por Él, concédenos penetrar durante estos días en el misterio inefable de su Sagrado Corazón.
Espíritu Santo, Amor subsistente del Padre y del Hijo, fuego divino que escrutas las profundidades de Dios, abre los ojos de nuestra alma para que podamos contemplar las riquezas insondables encerradas en el Corazón de Jesucristo. Llévanos a aquella fuente de donde brotan la gracia, la misericordia, el perdón y la vida. Haznos entrar no sólo en el conocimiento, sino en la intimidad de ese Corazón bendito; no sólo en su contemplación, sino en su amistad; no sólo en su admiración, sino en su amor. Introdúcenos en el santuario ardiente del Corazón de Jesús, para que aprendamos a vivir, a sufrir, a esperar y a amar con Él.
Amén.
Oración al Corazón traspasado en la Cruz
Corazón de mi Jesús, al contemplarte elevado sobre la Cruz descubro el lugar donde el amor de Dios ha pronunciado su palabra definitiva sobre la historia humana. Desde aquella altura no hablas principalmente con discursos ni con parábolas: hablan Tu sangre, Tus llagas, Tu silencio. Habla, sobre todo, ese Corazón bendito que, después de haber amado durante toda una vida terrena, ama hasta el extremo.
Ninguna inteligencia humana logrará abarcar plenamente lo que sucedió aquella tarde en la cima del Gólgota. Allí se encontraron la miseria del hombre y la misericordia de Dios; allí se abrazaron la justicia y la paz; allí el odio descargó toda su violencia y el amor respondió entregándose sin reservas. Mientras el mundo veía a un condenado que agonizaba, el Padre contemplaba al Hijo que se ofrecía libremente por la salvación de sus hermanos.
Tu muerte no fue una derrota inesperada ni un accidente trágico de la historia. Cada paso de Tu vida caminaba hacia aquella hora. Habías venido precisamente para eso. El Buen Pastor debía entregar la vida por las ovejas. El grano de trigo tenía que caer en tierra y morir para dar fruto abundante. El Cordero debía ser inmolado para que los hijos dispersos de Dios pudieran volver a reunirse.
Y, sin embargo, cuando me detengo ante la Cruz, no son solamente los grandes misterios de la redención los que conmueven mi alma. Me impresiona también la inmensa soledad que rodea Tus últimos momentos. Los gritos de la multitud se apagan poco a poco; los discípulos han huido casi todos; la noche comienza a descender sobre Jerusalén. Sólo permanecen junto a Ti unas pocas figuras silenciosas: Tu Madre, el discípulo amado, algunas santas mujeres.
Qué insondable debió de ser entonces el sufrimiento de Tu Corazón. Conocías la ingratitud de tantos que habían recibido Tus beneficios. Veías la indiferencia de generaciones futuras que vivirían como si Tu sacrificio jamás hubiera existido. Contemplabas los pecados de todos los tiempos y también los míos. Nada de cuanto habría de suceder a lo largo de la historia estaba oculto a Tu mirada. Y, sin embargo, permaneciste: no descendiste de la Cruz ni retiraste Tu ofrecimiento; no cerraste Tu Corazón. Seguiste amando.
Tu amor supera toda medida humana. Nosotros amamos mientras somos correspondidos, nos entregamos mientras no nos hieren demasiado, perseveramos mientras las decepciones no resultan excesivas. Tu amor, en cambio, atravesó el abandono, la traición, la injusticia, la incomprensión y el sufrimiento sin dejar de ser amor. Por eso la Cruz no es únicamente el signo de Tu dolor. Es el trono desde el cual reina la caridad divina.
Cuántas veces he mirado mis propias cruces con rebeldía, he preguntado por qué determinadas pruebas entraban en mi vida, he deseado un camino más fácil, más cómodo y menos exigente. Pero cuando elevo la mirada hacia Ti comprendo que el sufrimiento, sin dejar de ser sufrimiento, puede transformarse en un lugar de encuentro contigo.
No porque el dolor sea bueno en sí mismo, sino porque Tú has entrado en él y lo has convertido en instrumento de redención. Desde entonces ninguna lágrima está completamente sola. Ninguna herida carece de sentido. Ninguna noche es absolutamente oscura. Siempre existe una Cruz donde el Hijo de Dios ha pasado antes que nosotros.
Enséñame, Señor, a mirar el Crucifijo de otra manera. Que no vea en él una costumbre heredada ni un simple objeto religioso. Que descubra en cada Crucifijo la prueba permanente de cuánto vale un alma a los ojos de Dios: allí está escrito el precio de nuestra redención; allí aparece la medida del amor que me tienes.
Cuando me asalte el desaliento, recuérdame la Cruz. Cuando me visite la tentación de pensar que estoy solo, recuérdame la Cruz. Cuando experimente el peso de mis pecados, recuérdame la Cruz. Cuando el sufrimiento de quienes amo me resulte incomprensible, recuérdame la Cruz.
Y cuando llegue para mí la hora de atravesar el último umbral, permite que mis ojos descansen una vez más en ese Corazón abierto del que brotaron sangre y agua, sacramentos de vida y fuentes inagotables de misericordia para la Iglesia. Allí quiero aprender lo que significa amar; allí quiero depositar mis esperanzas y mis temores.
¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!
Oración al Inmaculado Corazón de María
Inmaculado Corazón de María, obra maestra del Espíritu Santo y reflejo purísimo del Corazón de tu Hijo, llévanos a Jesús.
Tú que guardabas todas sus palabras en tu corazón, enséñanos a escucharle. Tú que permaneciste junto a la Cruz cuando muchos huyeron, enséñanos a permanecer fieles. Tú que conociste como nadie las alegrías, los silencios, los sufrimientos y los secretos del Corazón de Cristo, introdúcenos en su intimidad.
Que durante esta novena aprendamos a amarle con algo de tu pureza, a servirle con algo de tu humildad, a seguirle con algo de tu fidelidad. Y cuando termine nuestra peregrinación terrena, condúcenos hasta aquel Corazón abierto que será para siempre nuestra patria, nuestro descanso y nuestra bienaventuranza.
Amén.