Día 5: Novena al Sagrado Corazón de Jesús

Por: Mons. Alberto José González Chaves

Día 5: Novena al Sagrado Corazón de Jesús

Oración preparatoria

Padre eterno, fuente sin fuente de toda vida y de todo amor, que en la plenitud de los tiempos nos entregaste a tu Hijo unigénito para que el mundo tuviera vida por Él, concédenos penetrar durante estos días en el misterio inefable de su Sagrado Corazón.

Espíritu Santo, Amor subsistente del Padre y del Hijo, fuego divino que escrutas las profundidades de Dios, abre los ojos de nuestra alma para que podamos contemplar las riquezas insondables encerradas en el Corazón de Jesucristo. Llévanos a aquella fuente de donde brotan la gracia, la misericordia, el perdón y la vida. Haznos entrar no sólo en el conocimiento, sino en la intimidad de ese Corazón bendito; no sólo en su contemplación, sino en su amistad; no sólo en su admiración, sino en su amor. Introdúcenos en el santuario ardiente del Corazón de Jesús, para que aprendamos a vivir, a sufrir, a esperar y a amar con Él.

Amén.

Oración al Corazón eucarístico de Cristo

Corazón de mi Jesús, al llegar ante el Sagrario tengo la impresión de acercarme al umbral de uno de los misterios más conmovedores de Tu amor. Si Belén fue el abajamiento de Dios que quiso hacerse hombre y el Calvario fue el abajamiento de Dios que quiso morir por los hombres, la Santa Misa y el Sacramento del altar son el abajamiento de Dios que ha querido quedarse para siempre entre sus hijos.

A veces pienso que nos hemos acostumbrado demasiado a este prodigio. Las cosas más grandes son precisamente las que corren el riesgo de parecernos normales. Entramos en una iglesia, hacemos una genuflexión distraída, encendemos una vela, pronunciamos una oración apresurada y seguimos nuestro camino. Sin embargo, detrás de la humilde puerta de un Sagrario se encuentra escondido el mismo Jesús que caminó por Galilea, el mismo que lloró ante la tumba de Lázaro, el mismo que fue transfigurado en el Tabor, el mismo que murió en la Cruz y resucitó glorioso la mañana de Pascua. ¡Allí estás Tú! No una imagen, no un recuerdo, no una evocación piadosa, sino tu Corazón, vivo y verdadero, con aquella Humanidad santísima que recibiste de María Virgen y con aquella divinidad eterna que compartes con el Padre y el Espíritu Santo desde antes de todos los siglos.

Y lo que más me conmueve no es sólo Tu presencia, sino el modo en que has querido permanecer entre nosotros. No has elegido los palacios de los reyes ni las cumbres inaccesibles de las montañas. No has reservado Tu compañía para los sabios, los poderosos o los privilegiados. Has preferido el silencio de las iglesias, la penumbra de las capillas, la pobreza de tantos templos rurales donde apenas unas pocas personas se arrodillan cada día ante Ti.

Permaneces esperando: al sacerdote que celebra la Santa Misa, al anciano que entra lentamente apoyado en su bastón, a la madre que viene a rezar por sus hijos, al joven que busca una luz para su camino, al pecador que regresa después de muchos años. Esperas incluso a quienes pasan junto a Tus iglesias sin sospechar siquiera que Tú estás allí. Esa paciencia Tuya, Señor, constituye uno de los milagros más admirables de la historia.

Vivimos en un mundo acelerado, nervioso, incapaz de esperar. Todo debe ser inmediato, debe producir resultados visibles, responder a nuestras exigencias. Y mientras nosotros nos agitamos continuamente, Tú permaneces inmóvil en el Sagrario, enseñando silenciosamente la fidelidad de Dios.

Pienso en las innumerables horas que has pasado solo, en las iglesias cerradas, en los templos vacíos, en los Sagrarios olvidados. Pienso en las generaciones enteras que han encontrado consuelo ante Tu presencia silenciosa: santos, mártires, contemplativos, madres de familia, ancianos, niños, pobres, enfermos, pecadores arrepentidos y almas sencillas han acudido durante siglos a confiarte sus alegrías y sus penas. Todos han encontrado algo en Ti porque en realidad te han encontrado a Ti mismo.

Ante el Sagrario desaparecen muchas complicaciones. Allí las grandes teorías dejan paso a la amistad. Allí las inquietudes encuentran una perspectiva distinta, en la relación viva con Tu Corazón. Por eso quisiera aprender a visitarte más y a hablarte mejor, recuperar el arte de permanecer en silencio ante Ti sin prisas y sin ansiedad. Vivimos rodeados de palabras, de imágenes y de ruidos, mientras Tú sigues comunicándote desde el silencio.

Cuántas decisiones equivocadas habríamos evitado si hubiéramos rezado más delante del Sagrario. Cuántas heridas se habrían curado antes. Cuántas dudas se habrían aclarado. Cuántas tristezas habrían perdido fuerza. Cuántas vocaciones habrían florecido. No porque Tú concedas siempre lo que esperamos, sino porque transformas lentamente el corazón de quien permanece junto a Ti.

Hazme comprender que la verdadera adoración no consiste sólo en visitarte durante unos minutos, sino en dejar que Tu presencia vaya modelando toda mi vida. Que mi manera de pensar, de hablar, de trabajar, de sufrir y de amar quede poco a poco impregnada por la cercanía de Tu Corazón.

Y cuando llegue el día en que ya no pueda hacer grandes cosas, cuando las fuerzas disminuyan y las capacidades humanas se vayan apagando, concédeme conservar al menos esta riqueza inmensa: la de saber permanecer junto a Ti como un amigo junto a otro amigo, descansando en silencio bajo la mirada de Aquel que nunca deja de amar.

¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!

Oración al Inmaculado Corazón de María

Inmaculado Corazón de María, obra maestra del Espíritu Santo y reflejo purísimo del Corazón de tu Hijo, llévanos a Jesús.

Tú que guardabas todas sus palabras en tu corazón, enséñanos a escucharle. Tú que permaneciste junto a la Cruz cuando muchos huyeron, enséñanos a permanecer fieles. Tú que conociste como nadie las alegrías, los silencios, los sufrimientos y los secretos del Corazón de Cristo, introdúcenos en su intimidad.

Que durante esta novena aprendamos a amarle con algo de tu pureza, a servirle con algo de tu humildad, a seguirle con algo de tu fidelidad. Y cuando termine nuestra peregrinación terrena, condúcenos hasta aquel Corazón abierto que será para siempre nuestra patria, nuestro descanso y nuestra bienaventuranza.

Amén.

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