Oración preparatoria
Padre eterno, fuente sin fuente de toda vida y de todo amor, que en la plenitud de los tiempos nos entregaste a tu Hijo unigénito para que el mundo tuviera vida por Él, concédenos penetrar durante estos días en el misterio inefable de su Sagrado Corazón.
Espíritu Santo, Amor subsistente del Padre y del Hijo, fuego divino que escrutas las profundidades de Dios, abre los ojos de nuestra alma para que podamos contemplar las riquezas insondables encerradas en el Corazón de Jesucristo. Llévanos a aquella fuente de donde brotan la gracia, la misericordia, el perdón y la vida. Haznos entrar no sólo en el conocimiento, sino en la intimidad de ese Corazón bendito; no sólo en su contemplación, sino en su amistad; no sólo en su admiración, sino en su amor. Introdúcenos en el santuario ardiente del Corazón de Jesús, para que aprendamos a vivir, a sufrir, a esperar y a amar con Él.
Amén.
Oración al Corazón amigo de los pecadores
Corazón de mi Jesús, al contemplar los Evangelios descubro una de las realidades más hermosas de Tu vida terrena: la facilidad con que los pecadores se acercaban a Ti. Los hombres considerados justos te observaban con recelo; los escribas discutían Tus palabras; los doctores de la Ley examinaban cada uno de Tus gestos. Sin embargo, aquellos que llevaban sobre la conciencia el peso de sus errores, los que arrastraban una vida rota o una reputación perdida, parecían encontrar sin esfuerzo el camino hasta Tu presencia.
Es conmovedor: quienes más motivos tenían para temer el juicio de Dios eran precisamente los que se sentían acogidos por Ti. La mujer pecadora entra en casa del fariseo y se arroja a Tus pies bañándolos con lágrimas. Zaqueo, encaramado a un árbol como un niño curioso, escucha cómo pronuncias su nombre y decides hospedarte en su casa. Mateo abandona la mesa de los impuestos para seguirte. La samaritana descubre junto al pozo que alguien conoce toda su vida sin despreciarla. El buen ladrón encuentra abiertas las puertas del Paraíso cuando ya parecía no quedar esperanza para él.
Todo ello me habla de Tu Corazón. No porque fueras indulgente con el pecado, sino porque amabas al pecador. No porque consideraras insignificante el mal, sino porque habías venido precisamente para destruirlo. No porque rebajaras las exigencias de la santidad, sino porque sabías que sólo el amor puede levantar verdaderamente al hombre caído.
Cuántas veces he imaginado a Dios demasiado parecido a mis propios temores, proyectando sobre Ti mis estrecheces, durezas e impaciencias. Cuando me enfrento a mis faltas, cuando experimento la pobreza de mis virtudes o la repetición de mis debilidades, fácilmente me asalta la tentación de pensar que Tu paciencia debe de estar agotándose, que Tu mirada se habrá vuelto severa o que Tu misericordia tendrá finalmente un límite.
Pero entonces vuelvo a los Evangelios y encuentro una realidad muy distinta. Descubro a un Pastor que sale en busca de la oveja perdida, a un Padre que corre al encuentro del hijo pródigo, a un Médico que se inclina sobre los enfermos sin mostrar disgusto por sus heridas. Descubro, sobre todo, un Corazón que parece sentirse irresistiblemente atraído por toda miseria humana que se abre sinceramente a la gracia.
No permitas que olvide nunca esta verdad, Señor. El enemigo de nuestras almas intenta convencernos de que el pecado debe alejarnos de Ti, cuando precisamente es la razón por la que más necesitamos acercarnos. Quiere hacernos creer que nuestras caídas constituyen un obstáculo insalvable para Tu amor, cuando en realidad son una llamada más urgente a refugiarnos en Tu misericordia.
Miro mi propia vida y descubro cuántas veces has tenido paciencia conmigo. Tú conoces las ocasiones en que he respondido generosamente a Tus inspiraciones y también aquellas en las que he sido tibio, distraído o infiel. Has visto mis propósitos sinceros y mis incoherencias. Has contemplado mis luchas ocultas, mis derrotas silenciosas y mis arrepentimientos más hondos. Nada de ello Te ha sido desconocido. Y, sin embargo, continúas llamándome.
Tu amor no se parece al nuestro. Nosotros nos cansamos, nos decepcionamos fácilmente, dejamos de esperar cuando los resultados tardan en llegar. Tú, en cambio, trabajas con la paciencia de quien ve la eternidad, sigues golpeando suavemente la puerta del alma, sembrando gracia donde apenas se perciben frutos, esperando el momento en que el corazón humano, cansado de buscar lejos de Dios, regrese finalmente a la casa del Padre.
Por eso quiero acercarme hoy a Ti sin máscaras ni excusas. No tengo necesidad de aparentar delante de Ti una virtud que no poseo ni una perfección que no existe. Tu mirada atraviesa todas las apariencias y alcanza el fondo mismo del alma. Allí donde los demás sólo perciben fragmentos, Tú contemplas la verdad completa de mi vida. Y precisamente porque la conoces entera, Tu misericordia resulta todavía más admirable.
Haz que nunca desespere de mí mismo ni de los demás. Que jamás considere definitivamente perdida a ninguna persona mientras respire sobre ella el aliento de la vida. Enséñame a mirar a quienes han caído con algo de la compasión con que Tú los mirabas. Líbrame de la soberbia de los que se creen sanos y de la dureza de los que olvidan cuánto han sido perdonados.
Cuando llegue el día en que comparezca ante Ti, no podré presentar otra cosa que mi pobreza. Pero precisamente entonces espero encontrarme con el mismo Corazón que acogió a la Magdalena, que llamó a Mateo, que perdonó a Pedro y que abrió el Paraíso al ladrón arrepentido. El mismo Corazón que continúa buscando a los hombres a través de los siglos y que no se resigna a perder a ninguno de aquellos por quienes derramó Su Sangre.
¡Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío!
Oración al Inmaculado Corazón de María
Inmaculado Corazón de María, obra maestra del Espíritu Santo y reflejo purísimo del Corazón de tu Hijo, llévanos a Jesús.
Tú que guardabas todas sus palabras en tu corazón, enséñanos a escucharle. Tú que permaneciste junto a la Cruz cuando muchos huyeron, enséñanos a permanecer fieles. Tú que conociste como nadie las alegrías, los silencios, los sufrimientos y los secretos del Corazón de Cristo, introdúcenos en su intimidad.
Que durante esta novena aprendamos a amarle con algo de tu pureza, a servirle con algo de tu humildad, a seguirle con algo de tu fidelidad. Y cuando termine nuestra peregrinación terrena, condúcenos hasta aquel Corazón abierto que será para siempre nuestra patria, nuestro descanso y nuestra bienaventuranza.
Amén.