Lo que propugna el papa León XIV ya lo reclamaba Martin Heidegger hace 70 años
Las encíclicas papales de inicio de pontificado suelen tener un carácter programático. Juan Pablo II se presentó ante la opinión pública en 1979 con la encíclica titulada «Redemptor hominis» y reflexionó sobre el Redentor del género humano. León XIV titula su primera encíclica «Magnifica humanitas» y la dedica a la «magnífica humanidad». En ella se trata de la inteligencia artificial, es decir, de ordenadores y robots.
Desde un punto de vista político, la elección del tema puede resultar acertada. Y es que el obispo de Roma interviene en un debate global marcado por la incertidumbre. Sin duda, con ello pretende restablecer la capacidad de la Iglesia para participar en el discurso geopolítico, que su predecesor había dañado. Al mismo tiempo, puede situarse en la tradición de su homónimo León XIII (fallecido en 1903). Sin embargo, su influyente encíclica sociopolítica «Rerum novarum» fue, en realidad, su encíclica número 38.
Que León XIV preste un servicio a su propia Iglesia con su obra primera es otra cuestión. Y es que, como siervo de Dios, se adentra en un terreno técnico-instrumental que aún está relativamente inexplorado y del que nadie puede prever cómo se desarrollará. Además, como Papa, en el ámbito de la doctrina social de la Iglesia, ni siquiera dentro de su propia Iglesia puede hacer valer una autoridad que vaya más allá de la solidez filosófica de los argumentos. Y es que la doctrina social no es la doctrina de la fe, sino una reflexión teológica sobre las realidades terrenales. En este sentido, es válida la afirmación del papa Benedicto XVI: las decisiones de la Iglesia relativas a cosas contingentes necesariamente debían ser contingentes también ellas, precisamente porque se referían a una realidad determinada en sí misma mudable.
Ante una tecnología que ya no amenaza con competir con el ser humano en el ámbito de la fuerza física, sino en el de la fuerza intelectual, y que, en lo que respecta al «cálculo», ya lo supera hoy en día, León XIV intenta encontrar un término medio. Ha aprendido de Voltaire, quien señaló que las Sagradas Escrituras no están ahí para convertirnos en físicos. En este sentido, el Papa no deduce conclusiones científicas de la revelación divina. El caso de Galileo sin duda tiene aquí su repercusión. Por eso, la IA se considera de forma diferenciada y no se condena precipitadamente. Se la valora como un instrumento útil, siempre y cuando siga siéndolo.
No obstante, se vislumbra una perspectiva globalista e intervencionista. Leo no recurre a la retórica brutal de su predecesor, que hablaba de una economía que mata. Su afirmación de que hay que «desarmar» a la IA expresa, sin embargo, un pensamiento de amigos y enemigos. Porque, sin duda, la IA desempeña un papel en las guerras. Pero también ayuda a detectar y tratar enfermedades. Y permite una comunicación más allá de las barreras lingüísticas que hasta hace poco se consideraba casi imposible. Por eso, equiparar la IA con el armamento bélico es una polémica que perjudica la causa.
Es precisamente en este punto donde la carta pastoral se vuelve vulnerable. Y es que se trata de sustraer a la IA de la «lógica de la competencia armada». La carrera por el algoritmo más potente y la mayor cantidad de datos es perniciosa. El mercado y la competencia entre los proveedores de IA se presentan así como problemáticos. A esto le sigue la exigencia de «instrumentos reguladores». El Papa incluso menciona a la ONU. Porque hay que controlar a los actores privados, a menudo transnacionales. Si en este caso es mejor la posición paternalista del Estado o la liberal de mercado, es difícil de decidir incluso con la ayuda de criterios de este mundo. Porque también habría que tener en cuenta que la competencia entre los sistemas de IA puede contribuir a evitar los monopolios y a frenar los abusos.
Aún menos evidente resulta cómo se puede resolver esta cuestión basándose en los textos sagrados de una religión revelada. Aquí se pone de manifiesto, una vez más, la problemática de las enseñanzas de base religiosa en cuestiones que, por su naturaleza y complejidad, deberían responderse con las facultades de la razón. Es cierto que León XIV menciona el Concilio Vaticano II, que hace sesenta años habló de la «autonomía de la realidad». Con ello se refería a que las realidades de este mundo no deben ordenarse según las reglas de un libro sagrado. Más bien, hay que seguir las leyes que les son inherentes. Pero las conclusiones que se derivan de esta idea no se exponen con suficiente claridad en la carta papal. No obstante, hay que reconocer que el texto está escrito por preocupación por el ser humano. Se hace especial referencia a aquellos que, como los niños y los jóvenes, engañados por la falsa empatía de una máquina, se atrofian en su humanidad o son utilizados como mercancía. Asimismo, se rechaza el futurismo deshumanizador, tal y como intenta manifestarse en el poshumanismo y el transhumanismo.
En última instancia, sin embargo, al Papa le preocupa también la autoridad interpretativa. Y es que le preocupa que unos pocos, que disponen de enormes recursos técnicos y económicos, puedan provocar cambios culturales e influir en un número significativo de personas. Estos pocos decidirían qué es la verdad «sobre el ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia, sobre la familia, e incluso sobre Dios». De hecho, esta actividad ya se lleva a cabo con éxito desde hace 2000 años…
Una de las principales críticas que se plantearon antes de la publicación de la encíclica fue que, al plantear la cuestión de la IA, se estaba llevando a cabo una campaña de relaciones públicas populista en un ámbito que no formaba parte en absoluto de la misión fundamental del Papa. Su predecesor le había dejado, en lo que respecta a la doctrina de la fe propiamente dicha, un legado caótico. A este desorden debía dedicarse principalmente, no con ayuda de la inteligencia artificial, sino mediante la inteligencia natural.
Sin embargo, el deseo de hacer frente a un déficit de modernidad de la Iglesia, aunque solo fuera supuesto, parece haber prevalecido en la elección de los temas de la encíclica. En ella se nota que en el Vaticano se han esforzado por ser percibidos como actuales. Así, tienen voz tanto Hannah Arendt como Tolkien y Viktor Frankl.
Sin embargo, parece que se ha pasado por alto al verdadero profeta en lo que respecta a la IA. Se trata de Martin Heidegger. Ya en 1955 pronunció una conferencia titulada «Serenidad» («Gelassenheit») en su ciudad natal, Messkirch. En ella predijo que «se está preparando, con los medios de la técnica, una agresión contra la vida y la esencia del ser humano». Lo inquietante de ello es «que el ser humano no esté preparado para esta transformación universal». La tecnología es capaz de «fascinar al hombre, hechizarlo, deslumbrarlo y cegarlo» de tal modo que «un día el pensar calculador pudiera llegar a ser el único válido y practicado». No obstante, en el mundo técnico nos alcanza «un sentido oculto». Lo que así se muestra y al mismo tiempo se retira, lo denominó «misterio». Y abogó por una actitud siempre reflexiva de «apertura al misterio». Consideraba que la forma correcta de abordar la técnica residía en una «serenidad para con las cosas». Esta consistía en un «sí» y un «no» simultáneos. El ser humano no debía, pues, «condenar» los objetos técnicos, sino impedir que «nos requieran de modo tan exclusivo que dobleguen, confundan y, finalmente, devasten nuestra esencia».
Heidegger llegó a su afirmación de que la «reflexión meditativa» debía tener prioridad sobre el «pensar calculador» únicamente con los recursos de la razón natural. La validez de este postulado no ha cambiado en absoluto. Las reflexiones teológicas del papa León XIV sobre las máquinas de calcular y los algoritmos lo confirmaron setenta años después.
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