El papa León XIV recibió este sábado 30 de mayo en el Aula Pablo VI a los miembros de CHARIS, el organismo que coordina a nivel mundial la Renovación Carismática Católica. En su primera audiencia con este movimiento desde el inicio de su pontificado, el Santo Padre expresó su deseo de fortalecer los vínculos entre la Santa Sede y la familia carismática, a la que sus predecesores definieron como un don para toda la Iglesia.
Durante su intervención, el Pontífice destacó algunos de los elementos que considera esenciales en la experiencia de la Renovación Carismática: el bautismo en el Espíritu, la oración de alabanza, el amor a la Sagrada Escritura, la comunión eclesial y la caridad. León XIV recordó las enseñanzas de Pablo VI, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco sobre este movimiento, subrayando su aportación a la evangelización y a la renovación espiritual de numerosos fieles en todo el mundo.
El Papa invitó además a los carismáticos a ponerse al servicio de las diócesis y parroquias, a colaborar estrechamente con sus pastores y a cultivar la unidad entre las distintas comunidades. En la parte final de su discurso, les exhortó a evitar toda forma de autopromoción, búsqueda de poder o prestigio personal, y les animó a mantener vivo su compromiso con los pobres y con quienes sufren, recordando que la caridad constituye una manifestación esencial de la acción del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia.
A continuación, dejamos el discurso íntegro pronunciado por León XIV ante los miembros de CHARIS:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
¡La paz esté con vosotros!
Eminencia, excelencias, queridos hermanos y hermanas, buenos días y bienvenidos. ¡Buenos días!
Me alegra tener mi primer encuentro con la Renovación Carismática Católica y saludar a todos los presentes, así como a las comunidades, grupos y escuelas de oración y de evangelización que representáis. Dios ha bendecido verdaderamente a vuestras comunidades con muchos dones, entre ellos la vitalidad espiritual. Saludo también a los responsables de los Servicios nacionales e internacionales de Comunión del Servicio Internacional de la Renovación Carismática Católica (CHARIS), que han organizado este encuentro.
Para la Renovación Carismática Católica, los años posteriores al Concilio Vaticano II fueron un tiempo de gran expansión y crecimiento, de integración en la vida de la Iglesia y de consolidación de sus estructuras de servicio.
Mis venerables predecesores reconocieron este desarrollo como un gran don para la Iglesia. En efecto, san Pablo VI afirmó que nada es más necesario para un mundo cada vez más secularizado que el testimonio de esta renovación espiritual que el Espíritu Santo suscita en las regiones y comunidades más diversas.
Al subrayar vuestro característico enfoque en la evangelización, san Juan Pablo II dijo: «Es el Espíritu mismo quien os impulsa a dar testimonio». Y añadió: «¿Cómo puede alguien que ha gustado la bondad de Cristo permanecer en silencio e inactivo? Cristo es nuestro Salvador. ¿Cómo no vamos a evangelizar? Seguid comunicando este celo por el Evangelio a quienes os rodean».
Por su parte, Benedicto XVI se refirió a la contribución específica que ofrecéis a la Iglesia. Dijo: «Uno de los elementos y aspectos positivos de la comunidad de la Renovación Carismática Católica es precisamente su énfasis en los carismas o dones del Espíritu Santo, y su mérito consiste en haber recordado su actualidad en la Iglesia».
Como el cardenal Suenens en los primeros tiempos del movimiento, el papa Francisco habló con frecuencia de vosotros como de una «corriente de gracia», que es «para toda la Iglesia, no solo para algunos». En resumen, describió vuestro camino como «evangelización, ecumenismo espiritual, atención a los pobres y necesitados, y acogida de los marginados», y añadió: «¡Todo ello se basa en la adoración! ¡El fundamento de la renovación es adorar a Dios!».
También yo deseo fomentar la relación de respeto mutuo, cercanía y apoyo entre la Sede de Pedro y la gran familia de la Renovación Carismática Católica. A este respecto, quisiera reflexionar sobre algunos aspectos clave de vuestra experiencia espiritual: el bautismo en el Espíritu, la oración de alabanza, la Palabra de Dios, la comunión y la caridad.
En primer lugar, el bautismo en el Espíritu. Vuestro camino común de fe tiene su fuente en la experiencia personal del Espíritu Santo, que ha permitido que la gracia del Bautismo se haga efectiva en cada uno de vosotros, conduciéndoos a una clara conciencia del amor de Dios. Esta es la primera experiencia poderosa de gracia que tuvo el mismo san Agustín después de su conversión y que describió con estas palabras sentidas: «Oh Cristo Jesús, “mi ayuda y mi redentor”; de repente se me hizo dulce carecer de las dulzuras de la locura. Lo que antes temía perder era ahora un gozo abandonar. Tú las expulsaste y entraste en su lugar, más agradable que cualquier placer».
El Espíritu Santo os ha permitido también gustar la dulzura de Cristo. También para vosotros la vida cambió desde aquel momento. Dios dejó de ser una mera idea y se convirtió en la expresión real y definitiva de la paternidad. Su Espíritu ha traído reconciliación interior, paz y libertad frente a los apegos mundanos y la opresión del pecado. También ha hecho posible una nueva mirada, caracterizada por la apertura y la esperanza hacia los demás y hacia el futuro, con la certeza de que nada podrá jamás separarnos del amor de Cristo. De esta experiencia del Espíritu Santo nace el deseo interior de ser testigos y heraldos de su amor, llevando su consuelo a las personas oprimidas por el vacío y la soledad.
La oración de alabanza. Precisamente de esta experiencia cautivadora del Espíritu Santo nació una nueva vida de oración, que tomó la forma de una nueva capacidad de diálogo espontáneo y sincero con Dios, y de una nueva apertura a la alabanza, la adoración y la acción de gracias. La adoración y la alabanza, tan características de vuestros encuentros, son aspectos esenciales de la oración cristiana, y vosotros habéis contribuido a que sean redescubiertas y puestas de nuevo en primer plano en los últimos años.
La Palabra de Dios. La renovada efusión del Espíritu os ha conducido también a un encuentro vivo con la Sagrada Escritura. El Espíritu Santo inspiró la Palabra revelada de Dios y es también quien la mantiene siempre viva y activa en la Iglesia, haciendo que resuene en el corazón de los creyentes, especialmente en la liturgia. Por eso, la Escritura se ha convertido para vosotros en una maravillosa fuente de alimento espiritual que ilumina y consuela. Es también una fuente de discernimiento para orientar vuestras decisiones cotidianas y da sustancia a la oración comunitaria, permitiéndoos dirigiros al Señor con palabras inspiradas por Dios mismo.
La comunión. El Espíritu Santo es la fuente de la comunión. En diversos documentos, el papa León XIII animó a los católicos a rezar cada año una novena al Espíritu Santo entre las fiestas de la Ascensión y Pentecostés, especialmente por la intención de la unidad de los cristianos. Vosotros apreciáis claramente el significado de esta invitación, pues habéis visto que la unidad en la Iglesia es fruto del Espíritu, porque, como afirma san Agustín, el Espíritu Santo «es una cierta comunión inefable del Padre y del Hijo». Es el Espíritu quien crea armonía entre los diversos carismas y componentes de la Renovación Carismática, así como con nuestros hermanos y hermanas de otras confesiones cristianas.
Y, finalmente, la caridad. San Agustín escribió que el Espíritu Santo, «que es el amor mismo, ha sido dado al hombre y lo inflama en el amor de Dios y del prójimo. Pues el hombre no puede tener amor a Dios si no le es dado por Dios». Esto es lo que también vosotros habéis experimentado. La presencia renovada del Espíritu ha despertado en vosotros una nueva capacidad de amar, inspirada por la misma caridad divina. Este amor se dirige a Dios y a vuestros hermanos y hermanas, e inspira cercanía y compasión, especialmente hacia quienes sufren. De la Renovación Carismática Católica han nacido muchas obras de caridad en favor de quienes tienen necesidad, tanto en el espíritu como en el cuerpo. Os invito, por tanto, a mantener vivo este amor por los pobres, que revela el verdadero rostro de Dios.
Queridos amigos, os doy las gracias por vuestro compromiso y os animo a continuar vuestra misión. Poneos al servicio de las diócesis y parroquias, ofreciendo vuestra experiencia y vuestros métodos de evangelización. Seguid fielmente la guía de vuestros sacerdotes; y, en vuestro discernimiento comunitario, escuchad la voz de personas sabias, aunque no pertenezcan a vuestros grupos. Cultivad la armonía y la cooperación entre las comunidades a las que pertenecéis, cuidando de no ceder nunca al deseo de autopromoción, ni a la búsqueda de poder o prestigio personal. Que el Espíritu Santo sea siempre luz y fuente de fortaleza en vuestro camino personal y comunitario, y que la Virgen María, Madre de la Iglesia, os proteja. Y ahora, con estos sentimientos sinceros, os imparto de buen grado mi bendición apostólica.
Gracias.