Hubo un tiempo —oscuro y dorado— en que los hombres de la Iglesia, cuando querían deshacerse de un enemigo, recurrían al veneno, al puñal o, en su defecto, a una bula bien redactada. Eran los Borgia, claro. Tenían estilo. Tenían oficio. Tenían, sobre todo, la elegancia de no fingir que actuaban por el bien de las víctimas.
Mons. Jordi Bertomeu no es un Borgia. Le falta el Renacimiento, le sobra el micrófono y, sobre todo, le pierde algo que ningún cardenal de cinco siglos atrás se habría permitido: la cara de circunstancias. Un Borgia que envenenaba sonreía después. Bertomeu, cuando excomulga, lo hace con gesto contrito, como quien lamenta una desgracia ajena.
Porque hablamos del sacerdote que en 2024 consiguió colar en la mesa de un Papa anciano y agotado un precepto penal contra dos laicos peruanos, Caccia y Blanco. ¿Su delito? Haberlo denunciado. Que el denunciado consiga la excomunión del denunciante es un género literario que ni Stendhal habría intentado. Demasiado inverosímil. Francisco, cuando se enteró de lo que le habían hecho firmar, revocó el decreto de su puño y letra. Detalle borgiano, este sí: el Papa enmendando al cortesano. Lástima del cortesano.
Hay algo profundamente commedia dell’arte en este personaje. El liquidador que confiesa no saber lo que liquida. El reparador que reúne a doce víctimas para que firmen un comunicado en su propia defensa, redactado en un español de canonista y hablando sobre personas absolutamente ajenas a ellas. El instructor que se queja del eco mediático que él mismo provoca con cada llamada a la redacción. El comisario que si le criticas te excomulga o te saca del cajón una denuncia falsa. El cruzado anticorrupción que, mientras lea estas líneas —ni siquiera habrá terminado el artículo—, estará telefoneando a Religión Digital o El País (depende del presupuesto) para encargar urgentemente una columna laudatoria con fotografías favorecedoras. Una cosa bochornosa. Una cosa, sobre todo, cutre: porque los Borgia eran muchas cosas, pero cutres no eran.
Y aquí hay algo que conviene aclarar, porque descoloca incluso a quien firma estas líneas. Nosotros no somos sodálites. No tenemos nada que ver con el Sodalicio, ni con Figari, ni con su falso carisma, ni con la red de complicidades que durante décadas protegió aquel desastre. De hecho, desde el propio entorno del Sodalicio se nos ha pedido en más de una ocasión que dejemos de señalar a Bertomeu, como si criticar al comisario fuese hacerle un favor al cuerpo intervenido. No lo es. Que el liquidador sea un nefasto y negligente funcionario eclesial no convierte al liquidado en víctima inocente. Son dos cosas distintas. El que la Iglesia haya elegido para esta misión a un hombre cuya principal competencia acreditada es la autopromoción no exonera al Sodalicio de nada. Lo único que demuestra es que la Santa Sede, a veces, tiene un sentido del humor muy peculiar para elegir a sus instrumentos.
Los Borgia, al menos, eran instrumentos afilados. Bertomeu es un instrumento que se mira al espejo. Y mientras se mira, deja como precedente una chapuza canónica que durante décadas debilitará el Derecho de la Iglesia. Eso sí es un veneno. Lento, eficaz, irreversible. Tiene mérito: ha encontrado la forma de hacer daño a la institución desde dentro y conseguir que le aplaudan por ello.
Borgia hubiera sido demasiado halago. Quedémonos con lo que es: Jordi el Excomulgador. Un personaje menor de una época sin grandeza. Y, como todos los personajes menores con vocación de protagonista, profundamente, irremediablemente, ridículo.