Entre los pasajes más llamativos de Magnifica Humanitas hay uno que probablemente provocará incomodidad en buena parte del discurso eclesial europeo contemporáneo. León XIV afirma que “la promoción del bien común nunca puede separarse del respeto al derecho de los pueblos a existir, a custodiar su propia identidad y a contribuir con su propia originalidad a la familia de las naciones”. Y remata con una frase todavía más contundente: “Cualquier intento o proyecto de eliminar o someter una nación es gravemente inmoral”.
No es una observación secundaria dentro del texto. Tampoco parece una formulación casual. La encíclica introduce aquí un elemento de enorme importancia en un momento histórico marcado por el debilitamiento acelerado de las identidades nacionales europeas y por una creciente tendencia política, cultural e incluso eclesial a considerar sospechosa cualquier defensa del arraigo histórico o cultural.
Durante años, buena parte del discurso dominante en Europa ha oscilado entre dos extremos igualmente problemáticos. Por un lado, un nacionalismo reducido a pura lógica identitaria, desligado de toda referencia moral trascendente. Por otro, un universalismo abstracto que contempla las naciones, las tradiciones y las identidades históricas casi como obstáculos incómodos para la construcción de una humanidad homogénea y gestionable.
La novedad de León XIV consiste en negarse a aceptar esa falsa alternativa.
La encíclica no cae en nacionalismos étnicos ni legitima repliegues excluyentes. Pero tampoco acepta que el bien común universal exija la disolución de los pueblos concretos. Al contrario: presupone que las naciones poseen una legitimidad moral propia y que la diversidad histórica de los pueblos forma parte de la riqueza misma de la humanidad.
Eso introduce una tensión evidente con buena parte de la retórica eclesial reciente, especialmente en Europa occidental.
En España, por ejemplo, el discurso episcopal sobre inmigración, multiculturalidad y convivencia ha tendido con frecuencia hacia categorías exclusivamente humanitarias, mientras cualquier preocupación sobre continuidad cultural, cohesión social o preservación de la identidad histórica quedaba rápidamente neutralizada bajo sospecha moral. La impresión transmitida muchas veces era que Europa debía aceptar resignadamente su propia disolución cultural como si cualquier voluntad de conservación identitaria resultara incompatible con el Evangelio.
Resulta difícil no pensar aquí en determinadas intervenciones del cardenal José Cobo o de Luis Argüello, donde el lenguaje sobre acogida y diversidad suele formularse desde una perspectiva muy abstracta, casi desligada de la cuestión del arraigo histórico concreto de los pueblos europeos y de su identidad cultural cristiana.
Precisamente ahí León XIV introduce un matiz decisivo. La fraternidad universal no exige borrar las naciones. Tampoco convertirlas en realidades intercambiables sin memoria ni continuidad histórica. La encíclica insiste, por el contrario, en el derecho de cada pueblo a custodiar su propia originalidad y aportar desde ella al conjunto de la humanidad.
El matiz es importante porque el cristianismo nunca entendió la universalidad como destrucción de las identidades concretas. La Iglesia no eliminó los pueblos europeos. Los evangelizó. No destruyó sus culturas. Las transformó desde dentro, conservando aquello que podía integrarse en una civilización cristiana.
Por eso el lenguaje utilizado por León XIV resulta tan significativo. Hablar de pueblos con derecho a existir, a custodiar su identidad y a conservar su originalidad supone recuperar una visión mucho más encarnada de la vida social y política. Frente a cierta tendencia contemporánea a reducir al hombre a individuo aislado o simple unidad económica, la encíclica recuerda que la persona pertenece también a una historia, una tradición y una comunidad cultural concreta.
Además, el contexto general de Magnifica Humanitas hace todavía más interesante este pasaje. La encíclica entera constituye una crítica al paradigma tecnocrático contemporáneo: una civilización cada vez más orientada hacia estructuras impersonales de gestión, control y homogeneización cultural. En ese marco, la defensa de los pueblos adquiere también un sentido antropológico. Un mundo compuesto por individuos completamente desarraigados resulta mucho más vulnerable al poder político, económico y tecnológico.
Un hombre sin memoria histórica es más fácil de administrar.
Y lo mismo ocurre con las naciones.
La gran intuición de León XIV parece ser que la crisis contemporánea no afecta únicamente al individuo, sino también a las civilizaciones históricas. Los pueblos pueden desaparecer no solo mediante conquista militar, sino también por agotamiento cultural, fragmentación demográfica, pérdida de continuidad histórica o incapacidad de transmitir una identidad reconocible a las generaciones futuras.
Por eso la frase de la encíclica resulta tan relevante. Porque rompe con la idea —cada vez más extendida en ciertos ambientes occidentales— de que toda identidad fuerte constituye automáticamente una amenaza moral. León XIV no propone identidades idolátricas ni nacionalismos absolutos. Pero tampoco acepta una humanidad abstracta construida sobre pueblos sin memoria, sin raíces y sin continuidad cultural.
En la Europa actual, decir eso ya supone romper un tabú.