Hay frases que se dicen para tranquilizar y que, sin embargo, abren un boquete por el que cabe entera la inquietud que pretendían cerrar; frases que el hablante suelta con la despreocupación de quien deja una puerta entornada en una casa que cree vacía, sin reparar en que la casa es la de todos y en que por esa rendija se cuela, junto al aire, cualquiera que pase.
El cardenal José Cobo, arzobispo de Madrid, ha concedido a Religión Digital una entrevista larga, cordial, llena de tortilla y de jamón —se los ofrecerá al Papa, nos confía, porque sabe que le gustan—, y en medio de esa atmósfera de hogar abierto y mantel puesto ha dejado caer una de esas puertas entornadas. Pidiendo, como pide tanta gente de bien, que superemos la polarización y apostemos por el bien común, ha añadido que debemos ir «a la búsqueda de la dignidad humana, y redefinirla con los criterios de nuestro tiempo».
Redefinirla. Con los criterios de nuestro tiempo.
Conviene detenerse, porque no es una sutileza de teólogo escrupuloso ni una manía de gramático ocioso. Es, exactamente, el verbo que sobra en toda la antropología cristiana, y sobra del modo en que sobra una sola palabra envenenada en un brindis por lo demás impecable. La dignidad del hombre, en la tradición que el cardenal tiene el oficio de custodiar, no se redefine porque no la definimos nosotros: nos precede. No es un acuerdo al que la asamblea de cada época llega tras deliberar sobre sus preferencias, sino un dato anterior a toda asamblea, fundado en que el hombre fue —son palabras que la Iglesia acaba de repetir con solemnidad— «querido, creado y amado por Dios». Tan anterior es, que ni el verdugo que la pisotea ni el siglo que la ignora consiguen arrebatársela al pisoteado; de ahí su grandeza, y de ahí, precisamente, que no admita criterios temporales: lo que cambia con los criterios del tiempo se llama moda, costumbre, legislación, jamás dignidad.
No hablo de oídas. Hace apenas dos años, en abril de 2024, el propio Dicasterio para la Doctrina de la Fe publicó la declaración Dignitas infinita, un documento que la propia Infovaticana reprodujo íntegro, y cuyo gesto fundacional fue precisamente blindar el término contra el uso que el cardenal acaba de hacer de él. Allí se distinguían cuatro acepciones de la palabra —ontológica, moral, social, existencial— con un propósito que el redactor no se molestó en disimular: aclarar «ciertos usos equívocos» que conducen, advertía, a «consecuencias graves». La dignidad ontológica, decía aquel texto, es la que corresponde a la persona «por el mero hecho de existir», y «subsiste más allá de toda circunstancia». Más allá de toda circunstancia: también, cabe suponer, más allá de los criterios de nuestro tiempo, que son la más circunstancial de las circunstancias. Roma escribió un documento entero para impedir que la dignidad se redefiniera, y dos años después un cardenal propone redefinirla en una sobremesa periodística, como quien recomienda actualizar el mobiliario.
Seré justo, que es la única manera de ser temible. Es del todo verosímil —es, me atrevo a decir, lo más probable— que Cobo no quisiera afirmar semejante cosa. Que en su cabeza «redefinir la dignidad con los criterios de nuestro tiempo» significara apenas hallar palabras nuevas para una verdad vieja, traducir a la lengua del presente un contenido que no se toca, refrescar la mediación pastoral sin alterar el dogma. Es la lectura caritativa, y la suscribo como hipótesis sobre su intención. Pero las intenciones no se publican: se publican las frases. Y una frase, una vez suelta, ya no pertenece a quien la dijo sino a quien sabrá usarla; pasa a ser, como advertía Talleyrand de las palabras de los diplomáticos, un instrumento que el adversario afina mejor que el dueño. El relativismo antropológico contemporáneo —el que disuelve la familia, el que rebautiza el aborto como derecho y la eutanasia como compasión, el que decreta que el sexo es un sentimiento— no necesita que un cardenal lo abrace. Le basta con que un cardenal le preste el verbo. Y «redefinir», en materia de dignidad, es el verbo que llevaba años buscando, ahora servido en bandeja episcopal y sin coste alguno.
Lo grave, además, es la compañía en que viaja la palabra. Porque no llega sola, sino escoltada por toda una retórica de la concordia que la vuelve casi imperceptible: superar la polarización, apostar por el bien común, buscar puntos de encuentro, hablar mejor de nosotros mismos. Quién podría oponerse. Y sin embargo es precisamente bajo esa música de buenos sentimientos donde el contrabando viaja seguro, porque nadie registra el equipaje de quien sonríe. Se nos invita a no crispar, y el que advierte el problema queda automáticamente alineado con los crispados; se nos pide encuentro, y señalar una imprecisión doctrinal parece de pronto un acto de hostilidad. Así funciona el dispositivo: la verdad incómoda se reclasifica como mala educación, y la objeción teológica como falta de espíritu dialogante. Chesterton, que vio venir todo esto cuando todavía era pequeño, escribió que llegaría un tiempo en que habría que desenvainar la espada para demostrar que los árboles son verdes; estamos en ese tiempo, salvo que ahora desenvainar la espada se considera, él mismo, una forma de crispación.
El resto de la entrevista confirma el patrón, sin alcanzar el mismo voltaje. Cobo asegura que el viaje «no es político» y a renglón seguido explica que el Papa «hablará de política, aunque no de partidos»; afirma que León XIV irá a Canarias «por la misma razón que Francisco fue a Lampedusa», es decir, por una razón inequívocamente programática, mientras niega que haya programa. Sobre Cuelgamuros se declara sin jurisdicción «ni en el origen ni en el final», tras reconocer que hizo «el trabajo que se me ha pedido»: o hubo agencia o no la hubo, pero ambas cosas a la vez no caben ni en un cardenal. Y desliza, de pasada, que el Papa verá «la Iglesia que hay, sin más maquillaje, entre otras cosas porque no nos ha dado tiempo a maquillar siquiera» —frase deliciosa, porque admite como hábito normal lo que solo la prisa ha impedido esta vez. Hay incluso un descuido cronológico que el periodista no enmendó: la comparecencia de Zapatero del 2 de junio, cuatro días antes de la llegada del Papa, no tiene que ver con Cuelgamuros sino con el rescate de Plus Ultra, tráfico de influencias presunto; pero en el relato todo se funde en una misma bruma de «contingencia política» que conviene, dice el cardenal, «alzar la mirada» para no mirar.
Alzar la mirada: el lema del viaje. Buen lema, si no se convirtiera, en ciertos labios, en una elegante instrucción para no bajarla nunca hasta el detalle, que es donde habita el diablo y también, a veces, la verdad. Porque la dignidad humana no se contempla mejor desde arriba, en abstracto, redefinida según el gusto del siglo; se reconoce desde abajo, en el migrante concreto y en el no nacido concreto y en el anciano concreto, a quienes ampara no porque nuestro tiempo lo haya decidido, sino porque nuestro tiempo, como todos los tiempos, llegó tarde a una verdad que ya estaba allí.
Que un cardenal lo olvide en una sobremesa es humano. Que lo diga ante el grabador, en vísperas de recibir al sucesor de Pedro, y que nadie a su alrededor le corrija, es el verdadero síntoma. No el de un hombre que cree lo que no debe —no tengo motivo para pensarlo—, sino el de una Iglesia española tan ansiosa de no crispar, tan deseosa de hablar bien de sí misma, que ha dejado de oír cuándo se le escapa lo esencial. El Papa, dicen, comerá tortilla y jamón. Ojalá alguien le advierta que, en el aperitivo, han redefinido la dignidad.