La Fraternidad Sacerdotal San Pío X ha hecho pública una extensa carta de su Superior General, el abad Davide Pagliarani, dirigida a los sacerdotes y miembros de la Fraternidad con motivo de las próximas consagraciones episcopales previstas para el 1 de julio. El texto, fechado en Menzingen el pasado 7 de marzo, pretende ofrecer una preparación espiritual y moral ante una decisión que la dirección de la FSSPX considera necesaria para la preservación de la fe y de la Tradición católica.
En la carta, Pagliarani insiste repetidamente en que las consagraciones no deben afrontarse con espíritu de combate humano ni de triunfo, sino desde la prudencia sobrenatural, la humildad y la caridad. El Superior General advierte además contra la amargura, el resentimiento y cualquier actitud de desprecio hacia la jerarquía eclesiástica, incluso ante una eventual condena canónica, y presenta a la Virgen María como modelo de fortaleza y caridad en medio del sufrimiento.
Et nos credidimus caritati.
“También nosotros hemos creído en la caridad.”
1 Jn 4,16
Queridos confrades y miembros de la Fraternidad:
Con gran alegría, tras el anuncio público de las consagraciones y después de toda una serie de explicaciones, puedo por fin dirigirme a vosotros de un modo más personal. Deseo compartir algunos consejos para ayudarnos en nuestra preparación moral y espiritual como miembros de la Fraternidad. Esta preparación es la que nos permitirá, a nuestra vez, acompañar adecuadamente a los fieles.
La necesidad y el contexto de las consagraciones
No faltan los argumentos apologéticos: se trata de preservar la fe y todos los medios necesarios para transmitirla y hacer vivir a las almas. Si ya podía hablarse de estado de necesidad en 1988, esta necesidad es desgraciadamente todavía más evidente en 2026. Eso explica que la decisión de la Fraternidad suscite una comprensión que supera ampliamente sus propias fronteras.
Un hecho positivo acompaña esta situación: el anuncio del pasado 2 de febrero no ha dejado indiferente a nadie en la Iglesia. Casi todos se sienten concernidos y perciben el deber de expresar su aprobación o desaprobación. Esto es providencial, porque llega un momento en que las palabras, las tomas de posición y las declaraciones ya no bastan. Deben ir acompañadas de actos significativos que la Providencia pueda utilizar para sacudir las conciencias y a la propia Iglesia. Creo firmemente que la Providencia está actuando en el debate actual.
La prudencia sobrenatural
En cuanto a nosotros, debemos ser capaces de tomar cierta distancia respecto a este debate, aun estando plenamente implicados en él. La decisión de proceder a consagraciones episcopales debe estar guiada ante todo por la prudencia sobrenatural. Esta prudencia no afecta solamente a quienes toman la decisión, sino también a quienes la reciben y la siguen. En otras palabras, el asunto es tan importante que cada miembro de la Fraternidad debe poder, en su nivel, comprender y asumir personalmente esta decisión delante de Dios.
La caridad
Pero la gravedad de esta decisión es tal que no puede estar guiada únicamente por la prudencia sobrenatural. Para que esta decisión sea comprendida y explicada como conviene, es decir, desde las causas más altas, sub specie æternitatis —a la luz de la eternidad—, es primordial pedir al Espíritu Santo que nos conceda su sabiduría. Ahora bien, no debemos olvidar que la verdadera sabiduría, la que debe guiarnos en esta elección excepcional, es hija de la caridad. Solo la virtud de la caridad puede darnos una cierta connaturalidad con Nuestro Señor y, por consiguiente, hacernos capaces de percibir la realidad un poco a la manera de Dios. Solo en esa condición podemos tener una apreciación justa de ella.
Ya hemos dicho y repetido que la razón que fundamenta la decisión de proceder a consagraciones episcopales es la salvación de las almas. No debe verse en ello una simple fórmula retórica ni una mera justificación de orden canónico. Esta razón de caridad hacia las almas y hacia la Iglesia es la que, en definitiva, debe preparar verdaderamente nuestras almas y las de los fieles para la ceremonia del 1 de julio.
A veces, cuando se habla de caridad, algunos tienen la impresión de que se cede a una forma de debilidad o, al menos, de que se mezcla cierta blandura con la auténtica profesión de la fe católica. Tal sensibilidad es incompatible con el espíritu de monseñor Lefebvre, con el de la Fraternidad y más aún con el espíritu de la Redención: la fuerza de Nuestro Señor en su Pasión y sobre la cruz no es otra cosa que la medida de su caridad.
Es con esa misma caridad con la que, ahora más que nunca, debemos amar a las almas y a la Iglesia, incluso si sus representantes oficiales volvieran una vez más a declararnos excomulgados y cismáticos: “Os he dicho estas cosas para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas, y llegará la hora en que quien os mate creerá dar culto a Dios. Y harán esto porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho estas cosas para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.” (Jn 16,1-4)
La prueba última de que estamos en la verdad será nuestra capacidad para conservar este espíritu de caridad, pase lo que pase y hacia todos sin distinción.
¿En qué consiste concretamente esta caridad?
Consiste ante todo en no caer jamás en la amargura: aunque ciertamente tenemos el deber de hacer todo lo posible para justificar y explicar las razones profundas de las consagraciones, esto debe hacerse con firmeza, pero nunca con amargura ni dejando traslucir una punta de celo amargo. Evidentemente, puede caerse en la amargura tanto por exceso de celo como porque se hubiera preferido tal fecha, tal candidato o que las cosas sucedieran de otro modo. Poco importa la causa material de la amargura; el remedio es siempre el mismo: caritas patiens est —la caridad es paciente.
Respecto a nuestros interlocutores, sean quienes sean, nos comprendan o no, debemos dar siempre testimonio de bondad. Cuando no hay comprensión delante de nosotros, cuando ni siquiera existe disposición a escuchar nuestro discurso y captar sus razones, resulta muy fácil, humanamente hablando, caer en el resentimiento. Caritas benigna est —la caridad es benigna.
Debemos recordar siempre que, si la Providencia nos ha hecho la misericordia de darnos un poco de luz, de permitirnos conservar la Tradición de la Iglesia y tomar los medios para defenderla, ello corresponde a una gracia excepcional que no hemos merecido. Esta conciencia debe condicionar enteramente nuestra actitud. Si las consagraciones representan una gracia para toda la Fraternidad —gracia de la que debemos agradecer desde ahora a la Providencia—, esta alegría profundamente sobrenatural no debe confundirse con un triunfalismo desplazado, como si se tratara de una victoria humana que nos atribuyéramos a nosotros mismos, lo que inevitablemente disminuiría su valor intrínseco. Caritas non agit perperam, non inflatur —la caridad no obra temerariamente, no se hincha de orgullo.
Siguiendo a monseñor Lefebvre, en todo lo que hacemos no debemos buscar nuestro propio interés ni la supervivencia de una obra personal, sino el bien de las almas y de la Iglesia. La Fraternidad no es otra cosa que un medio para permanecer fieles a la Iglesia. Si hoy tomamos medios excepcionales para conservar la fe, el santo sacrificio de la Misa y el sacerdocio, es porque queremos que un día toda la Iglesia y toda alma sin distinción puedan beneficiarse libremente de ello. Todo esto pertenece a la Iglesia y nosotros no somos más que sus guardianes. No pedimos nada para nosotros mismos: nuestra única recompensa será ver algún día a toda la Iglesia reapropiarse de su Tradición. Caritas non quærit quæ sua sunt —la caridad no busca su propio interés.
Si debemos desplegar todos nuestros esfuerzos para defender adecuadamente las consagraciones —y la Fraternidad dispone ya para ello de todo un “arsenal”—, si una santa cólera es hoy más necesaria que nunca frente a las terribles desviaciones que sacuden a la Iglesia, no debemos sin embargo manifestar ni desprecio ni irritación en nuestras explicaciones respecto a nuestros interlocutores, y sobre todo no respecto a la jerarquía de la Iglesia. Hay que saber permanecer firmes y dulces al mismo tiempo. Pero eso solo es posible con el auxilio de Nuestro Señor. Caritas non irritatur —la caridad no se irrita.
Si llegáramos a ser declarados excomulgados y cismáticos, eso no significaría que busquemos tal sanción ni que nos alegremos de ella, porque sería objetivamente injusta. Una cosa es alegrarse de tener una nueva humillación que ofrecer a Dios; otra distinta sería alegrarse, en espíritu de desafío, de un mal y de una injusticia objetiva que provocan escándalo para toda la Iglesia. Caritas non gaudet super iniquitatem —la caridad no se alegra de la injusticia.
Si, por el contrario, existe en la Iglesia toda una parte que acoge positivamente y apoya la decisión de la Fraternidad, si las consagraciones se convierten en ocasión providencial de un valor y un entusiasmo renovados dentro y fuera de la Fraternidad, no podemos sino alegrarnos de ello, como Dios mismo puede alegrarse. Caritas congaudet veritati —la caridad se alegra con la verdad.
Nadie mejor que san Pablo supo resumir en cuatro palabras el programa de los cuatro meses que nos separan de las consagraciones y la fuerza que debe caracterizar nuestra caridad: omnia suffert, omnia credit, omnia sperat, omnia sustinet —todo lo soporta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo sufre.
Eso vale para el momento presente y para siempre: caritas numquam excidit —la caridad nunca desaparecerá.
El ejemplo de la Santísima Virgen María
Ahora más que nunca, el Corazón Inmaculado de María debe ser el refugio de la Fraternidad y el modelo de cada uno de nosotros. Nadie mejor que ella tuvo el sentido de las almas y el sentido de la Iglesia. Fue por amor a las almas y por amor a la Iglesia por lo que aceptó ofrecer a su propio Hijo en el Calvario. Su voluntad no hacía más que una con la del Eterno y Sumo Sacerdote, en el mismo momento en que Él se ofrecía al Padre como víctima de expiación. Esa caridad y ese dolor inconmensurables son los que hicieron de Nuestra Señora la corredentora del género humano y le dieron una gloria única en el tiempo y en la eternidad.
Y sin embargo, a pesar de todo lo que ese Corazón Inmaculado, atravesado por una espada de dolor, pudo sufrir, jamás la menor amargura ni el menor resentimiento oscurecieron, ni siquiera un solo instante, el esplendor de su caridad, incluso respecto a quienes habían dado muerte a su divino Hijo. Del mismo modo que no vaciló ni un instante en consumar el sacrificio hasta el final, así tampoco su caridad hacia los pecadores desfalleció jamás. Misterio insondable de fortaleza, dulzura y amor.
Con estos sentimientos y con esta caridad debemos preparar la ceremonia del 1 de julio y esforzarnos por preparar también para ella a todos los fieles que tenemos encomendados.
¡Dios os bendiga!
Menzingen, 7 de marzo, fiesta de santo Tomás de Aquino
Abad Davide Pagliarani, Superior General