El papa León XIV presidió este viernes en Pompeya la tradicional celebración de la Súplica a la Virgen del Rosario en una jornada cargada de simbolismo espiritual y marcada por un fuerte mensaje sobre la necesidad de recuperar la oración, la Eucaristía y la vida interior en medio de un mundo cada vez más golpeado por las guerras, la secularización y la pérdida de la fe.
La visita coincidió además con el primer aniversario de su elección como Sucesor de Pedro, una circunstancia que el propio Pontífice quiso subrayar durante la homilía. “Hace exactamente un año me fue confiado el ministerio de Pedro precisamente en el día de la Súplica a la Virgen de Pompeya”, recordó León XIV, vinculando así el inicio de su pontificado a la protección de la Virgen del Rosario.
Antes de la misa, el Papa veneró las reliquias de san Bartolo Longo —fundador del Santuario y recientemente canonizado por él mismo— y saludó a sacerdotes, obispos, enfermos y personas con discapacidad presentes en la jornada.
El Rosario como respuesta a una sociedad que pierde la fe
La homilía estuvo profundamente centrada en el valor del Rosario, presentado por el Papa como una oración capaz de devolver al hombre contemporáneo el sentido de Dios y de la salvación.
León XIV recordó las palabras pronunciadas por san Juan Pablo II en Pompeya hace más de veinte años, cuando advertía ya sobre una sociedad “que se aleja de los valores cristianos y pierde incluso su memoria”. El Pontífice retomó esa idea para describir una crisis que hoy considera aún más evidente.
Frente a ese escenario, el Papa defendió el Rosario no como una devoción secundaria o sentimental, sino como una auténtica síntesis del Evangelio y de la vida cristiana. Citando a Bartolo Longo y a san Juan Pablo II, insistió en que esta oración posee “un corazón cristológico y eucarístico” y conduce continuamente al creyente hacia Cristo.
En un momento en que buena parte de la pastoral católica parece haber relegado las formas tradicionales de piedad popular, las palabras de León XIV sonaron como una reivindicación explícita de la espiritualidad mariana clásica y de la centralidad de la contemplación en la vida de la Iglesia.
La Eucaristía y la vida sobrenatural en el centro
El Pontífice quiso además subrayar que la verdadera renovación cristiana no nace principalmente de estrategias humanas o proyectos sociales, sino de la gracia y de la vida sobrenatural.
“El mundo no será salvado por ningún poder terreno”, afirmó durante uno de los momentos más fuertes de la homilía, insistiendo en que únicamente “la potencia divina del amor” puede transformar realmente la historia.
La frase no pasó desapercibida en un contexto internacional marcado por las guerras en Oriente Medio, Ucrania y otras regiones del mundo, así como por la creciente sensación de inestabilidad global.
León XIV volvió a pedir oraciones por la paz y criticó implícitamente una lógica internacional dominada por el comercio de armas y los intereses de poder. Sin embargo, a diferencia de otros discursos más diplomáticos habituales en el Vaticano, el Papa situó el problema ante todo en el plano espiritual: la paz nace primero en el corazón del hombre reconciliado con Dios.
Ese tono profundamente sobrenatural recorrió toda la celebración. La insistencia en la Eucaristía, la contemplación de los misterios de Cristo y la centralidad de la gracia marcaron una homilía muy distinta al lenguaje predominantemente sociológico que ha caracterizado numerosos discursos eclesiales en los últimos años.
Bartolo Longo y la unión entre fe y caridad
La figura de san Bartolo Longo ocupó también un lugar central durante la jornada. León XIV recordó cómo el fundador de Pompeya transformó una tierra marcada por la pobreza y el abandono mediante una combinación inseparable de oración, devoción mariana y caridad concreta hacia los más necesitados.
El Papa destacó especialmente la atención que Bartolo Longos dedicó a huérfanos e hijos de presos, subrayando que la auténtica caridad cristiana nace siempre de la fe y de la unión con Cristo.
El mensaje parecía responder indirectamente a una de las tensiones presentes hoy dentro de la Iglesia: el riesgo de reducir el cristianismo a un mero discurso humanitario desligado de su dimensión sobrenatural.
Para León XIV, la caridad no puede separarse de la oración ni de la verdad del Evangelio. Por eso insistió en que el Rosario no es una práctica del pasado, sino una fuente viva de transformación espiritual y también social.
Pompeya como símbolo del nuevo pontificado
La elección de Pompeya para una de las primeras grandes celebraciones del pontificado confirma además algunas de las líneas que empiezan a perfilar a León XIV: una recuperación del lenguaje espiritual clásico, una sensibilidad especial hacia la religiosidad popular y un esfuerzo por devolver centralidad a la oración y a los sacramentos.
Desde Pompeya, León XIV lanzó así un mensaje que va más allá de una simple devoción mariana: recordó que la crisis del mundo moderno no se resolverá únicamente con estructuras, consensos o proyectos humanos, sino volviendo a Cristo mediante la oración, la conversión y la vida de gracia.