El Papa en Nápoles: la sangre de San Genaro y un llamado a combatir la soledad sacerdotal

El Papa en Nápoles: la sangre de San Genaro y un llamado a combatir la soledad sacerdotal

El papa León XIV continuó este viernes su visita pastoral a la región de Campania con una intensa jornada en Nápoles, donde mantuvo un encuentro con sacerdotes, religiosos y consagrados en la catedral de la ciudad. La visita del Pontífice —realizada justamente en el primer aniversario de su elección como Papa— estuvo marcada por un fuerte mensaje sobre la necesidad de cuidar la vida espiritual del clero, combatir la soledad sacerdotal y superar una pastoral meramente “de conservación” para recuperar el impulso evangelizador de la Iglesia.

El Papa describió el cansancio, el aislamiento y el desgaste interior que hoy sufren muchos sacerdotes, especialmente en contextos sociales difíciles como el napolitano, marcado por pobreza, violencia y desorientación juvenil. Frente a ello, León XIV insistió en la oración, la fraternidad sacerdotal y la cercanía pastoral como elementos esenciales para evitar que el ministerio se reduzca a una función burocrática o puramente organizativa.

La visita estuvo acompañada además por un hecho especialmente significativo para la religiosidad popular napolitana. Aunque no directamente vinculado a la presencia del Pontífice, la sangre de san Jenaro —patrono de Nápoles— volvió a licuarse en el Duomo napolitano antes de la llegada de León XIV a la catedral.

Según informó el diario italiano Il Mattino, cuando el Papa llegó al Duomo la reliquia ya se encontraba en estado líquido y el abad Vincenzo De Gregorio mostró el frasco a los fieles presentes entre escenas de entusiasmo y emoción popular. El periódico precisó además que el fenómeno ya se había producido días antes, concretamente el sábado pasado, aunque la reliquia fue igualmente presentada al Pontífice durante la jornada.

 

A continuación, el discurso de León XIV al clero, religiosos y religiosas de Nápoles:

Hermanos y hermanas, ¡gracias por vuestra hermosa acogida!

Este abrazo de esta plaza es un poco como la Columnata de San Pedro en Roma: ¡vosotros sabéis acoger con este calor! ¡Gracias de verdad!

Agradezco al señor alcalde las palabras que me ha dirigido, saludo a todas las autoridades civiles y militares presentes, y renuevo mi gratitud a Su Eminencia el arzobispo y a todos vosotros que os habéis reunido aquí.

Sobre el trasfondo de la escena evangélica de los discípulos de Emaús, se han alternado algunas voces que nos han introducido en este hermoso encuentro nuestro. Son las voces de Nápoles, perla del Mediterráneo contemplada desde lo alto por el Vesubio; voces en las que resuena la antigua belleza de esta ciudad bañada por el mar y besada por el sol, y en las que también encuentran espacio heridas, pobrezas y miedos. Estas voces hablan de una Nápoles que a menudo camina cansada, desorientada y decepcionada, como los dos discípulos del Evangelio, y que necesita de esa cercanía que Jesús les ofreció; voces de un pueblo que, todavía hoy, siente la necesidad de detenerse para preguntarse: ¿qué es lo que verdaderamente cuenta?

Hermanos y hermanas, en esta ciudad corre un anhelo de vida, de justicia y de bien que no puede ser aplastado por el mal, el desaliento o la resignación. Por eso es necesario que —no solos, sino juntos— nos preguntemos: ¿qué es lo que verdaderamente cuenta? ¿Qué es necesario e importante para retomar el camino con el impulso del compromiso y no con el cansancio de la indiferencia; con el valor del bien y no con el miedo al mal; con el cuidado de las heridas y no con la indiferencia?

Nápoles vive hoy una dramática paradoja: al notable crecimiento del turismo le cuesta corresponder un dinamismo económico capaz de implicar realmente a toda la comunidad social. La ciudad sigue marcada por una brecha social que ya no separa solamente el centro de las periferias, sino que incluso aparece dentro de cada zona, con periferias existenciales escondidas también en el corazón del casco histórico. En muchas áreas se percibe una verdadera geografía de la desigualdad y de la pobreza, alimentada por problemas sin resolver desde hace tiempo: la desigualdad de ingresos, las escasas perspectivas laborales, la falta de estructuras y servicios adecuados, la acción invasiva de la criminalidad, el drama del desempleo, el abandono escolar y otras situaciones que hacen más pesada la vida de muchas personas.

Ante estas realidades, que en ocasiones adquieren dimensiones preocupantes, la presencia y la acción del Estado son más necesarias que nunca para ofrecer seguridad y confianza a los ciudadanos y quitar espacio al crimen organizado.

En este contexto, son muchos los napolitanos que cultivan el deseo de una ciudad rescatada del mal y curada de sus heridas. A menudo se trata de verdaderos héroes sociales, mujeres y hombres que se entregan cada día con dedicación, a veces simplemente cumpliendo fielmente su deber, sin aparecer, para que la justicia, la verdad y la belleza abran camino en las calles, en las instituciones y en las relaciones humanas.

Estas personas no deben quedarse aisladas y, para que su compromiso impregne el tejido profundo de la ciudad, es necesario crear conexiones, trabajar en red y hacer comunidad.

Me alegra poder decir que la Iglesia en Nápoles es un “pegamento” que contribuye notablemente a este trabajo en red, manteniendo unidos los esfuerzos individuales y conectando las energías, los talentos y las aspiraciones de muchos. Lo ha hecho promoviendo un Pacto Educativo que ha encontrado una respuesta generosa en las instituciones —el Ayuntamiento, la Región, el Gobierno— y también en numerosas realidades eclesiales y del tercer sector.

Por ello quisiera lanzar un llamamiento a todos vosotros: ¡que no se rompa esta red que os une, que no se apague esta luz que habéis comenzado a encender en medio de la oscuridad, que no pierda su color este sueño que estáis realizando por una Nápoles mejor y más bella!

Seguid adelante con este Pacto, unid fuerzas, trabajad juntos, caminad unidos —instituciones, Iglesia y sociedad civil— para levantar la ciudad, proteger a vuestros hijos de las amenazas de la marginalidad y del mal, y devolver a Nápoles su vocación de ser capital de humanidad y esperanza.

Deseo también recordar el camino emprendido por esta ciudad para redescubrir su vocación milenaria: ser puente natural entre las orillas del Mediterráneo. Nápoles no debe quedarse como una simple “postal” para visitantes, sino convertirse en un taller abierto donde se construya una paz concreta, visible en la vida cotidiana de las personas.

La paz nace en el corazón del hombre, atraviesa las relaciones, echa raíces en los barrios y periferias y se expande hasta abrazar la ciudad entera y el mundo. Por eso sentimos urgente trabajar, ante todo, dentro de la propia ciudad. Aquí la paz se construye promoviendo una cultura alternativa a la violencia mediante gestos cotidianos, procesos educativos y decisiones concretas de justicia.

Sabemos, de hecho, que no existe paz sin justicia y que la justicia, para ser auténtica, nunca puede separarse de la caridad. Desde esta perspectiva nacen y se desarrollan experiencias como la Casa de la Paz, que acoge a niños y madres en dificultad, y Casa Bartimeo, lugar de acompañamiento para jóvenes y adultos en situación de fragilidad: signos concretos de una paz que se convierte en acogida, cuidado y posibilidad de reconstrucción.

Además, juntos —comunidad eclesial y comunidad civil— os estáis esforzando por convertir Nápoles en una “plataforma” de diálogo intercultural e interreligioso. A través de congresos, premios internacionales y proyectos de acogida, incluso para jóvenes procedentes de contextos de conflicto —como Gaza—, podéis seguir dando voz, desde abajo, a una cultura de la paz, oponiéndoos a la lógica del enfrentamiento y de la fuerza de las armas como supuesta solución de los conflictos.

En este sentido, Nápoles continúa mostrando su corazón más profundo en la acogida de inmigrantes y refugiados, vivida no como una emergencia sino como una oportunidad de encuentro y enriquecimiento mutuo. Y esto es posible sobre todo gracias al trabajo de la Cáritas diocesana, que también ha transformado el puerto de Nápoles de simple lugar de llegada en un signo vivo de acogida, integración y esperanza.

Hermanos y hermanas, Nápoles necesita este impulso, esta energía desbordante del bien, este valor evangélico que nos hace capaces de renovar todas las cosas. ¡Que sea un compromiso de todos: asumidlo y llevadlo adelante juntos!

Hacedlo especialmente con los jóvenes, que no son solo destinatarios sino protagonistas del cambio. No se trata solamente de implicarlos, sino de reconocerles espacio, confianza y responsabilidad para que puedan contribuir creativamente a la construcción del bien.

En una realidad frecuentemente marcada por la desconfianza y la falta de oportunidades, los jóvenes representan un recurso vivo y sorprendente. Lo demuestra la experiencia del Museo Diocesano Difuso, donde muchos de ellos se comprometen a custodiar y transmitir el patrimonio cultural y espiritual de la ciudad con lenguajes nuevos y accesibles.

Lo demuestran también los jóvenes que, en los oratorios, se dedican con pasión a la educación de los más pequeños, convirtiéndose en puntos de referencia creíbles y testigos de relaciones sanas. Y lo muestran igualmente los numerosos voluntarios que se entregan en servicios de caridad, iniciativas sociales y acompañamiento de personas vulnerables.

Estas experiencias no son marginales: son ya signos concretos de una Iglesia joven y de una ciudad que puede regenerarse. Estoy seguro de que no dejaréis de seguir cultivándolas con valentía, pasión y entusiasmo, rasgos que os distinguen.

Os agradezco, queridos hermanos y hermanas, vuestra acogida y os encomiendo a todos a la intercesión de la Santísima Virgen María y de san Genaro. ¡Que el Señor os mantenga siempre fieles al Evangelio y bendiga la ciudad de Nápoles!

Saludo final del papa León XIV antes de abandonar la Plaza del Plebiscito:

Entonces, antes de irnos, demos las gracias al coro y a todos los músicos de esta noche. ¡Gracias! Y gracias también a todos los enfermos que nos han acompañado esta noche: ¡una bendición especial para vosotros! Gracias, gracias… Gracias a todos y ¡Viva Nápoles!

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