Hoy, 1 de mayo, la Iglesia celebra la memoria no obligatoria de San José obrero. Es un día de fiesta civil, y no de precepto religioso. La imagen que ilustra el texto es “el taller de José”, del retablo de alabastro del santuario de Torreciudad.
Michael P. Foley escribía en 2020 en la revista The Latin Mass que la devoción a San José puede ser un interesante “signo de los tiempos”: así como el papa Pío IX declaró a José patrón universal de la Iglesia a mediados del siglo XIX tras la pérdida de los Estados Pontificios, el papa León XIII ensalzó a José como modelo de trabajador a finales del siglo XIX, después de que la clase obrera se viera transformada por la industrialización. Por un lado, el Santo Padre temía que los empresarios capitalistas pudieran ignorar el bien del alma del trabajador y fomentar su descuido del hogar y la familia (encíclica Rerum Novarum #20]; por otro lado, León vio que los socialistas “actúan contra la justicia natural y destruyen la estructura del hogar” cuando sustituyen a la familia por el Estado (RN #14). Para León XIII, el ejemplo de José es un poderoso recordatorio de la dignidad del trabajo: “El trabajo del obrero no sólo no es deshonroso”, escribe León, “sino que, si se une a él la virtud, puede ser singularmente ennoblecido” (Quanquam Pluries #4).
Una de las palabras favoritas de León XIII para describir a José fue opifex, el término latino para trabajador u obrero. En el griego original, los Evangelios describen al padre adoptivo de Nuestro Señor como un tektōn o artesano (faber en latín; Mt 13, 55), mientras que la tradición, la revelación privada y las traducciones bíblicas posteriores designan además su oficio como el de carpintero. Al referirse a José principalmente como un trabajador, León estaba ampliando el alcance tanto como sea posible para incluir no solo a los artesanos cualificados, sino a cualquiera que deba trabajar con el sudor de su frente.
Los sucesores de León XIII se basaron en esta apreciación del santo. En 1920, Benedicto XV escribió que los trabajadores debían seguir a José como su patrón en lugar del socialismo, pues “nada es más hostil a la sabiduría cristiana» que la ideología socialista”. El 19 de marzo de 1937 (fiesta de San José), Pío XI puso “la vasta campaña de la Iglesia contra el comunismo mundial bajo el estandarte de San José, su poderoso protector”. José “pertenece a la clase trabajadora”, explica el Papa, “y soportó las cargas de la pobreza por sí mismo y por la Sagrada Familia, de la que era el jefe tierno y vigilante”. Pero José no era bolchevique. Al contrario, era “un modelo vivo de esa justicia cristiana que debe reinar en la vida social”.
Pío XII compartía las preocupaciones de los pontífices que le precedieron sobre la difícil situación del trabajador moderno, aplastado por una “maquinaria” capitalista que “no sólo no está de acuerdo con la naturaleza, sino que está en contradicción con el plan de Dios y con el propósito que Él tuvo al crear los bienes de la tierra”. El enemigo principal, sin embargo, seguía siendo el comunismo.
Pío XII consideraba asimismo a San José crucial para la defensa de la clase trabajadora por parte de la Iglesia y la oposición al comunismo global, pero en lugar de publicar una encíclica sobre el tema, convirtió su convicción en culto litúrgico. En 1955, estableció la Fiesta de San José Obrero el 1 de mayo. El Papa explicó que instituía la nueva fiesta “para que la dignidad del trabajo humano… se arraigara más profundamente en las almas”, aunque claramente otro objetivo era suplantar la celebración comunista del primero de mayo, que había comenzado a celebrarse en 1886.
Si hay alguna controversia en torno a la nueva fiesta, es a qué sustituyó. Recordemos que estamos en 1955, en plenos cambios litúrgicos de Pío XII. La Sagrada Congregación de Ritos no quedó satisfecha con la decisión del Papa porque desplazó la antigua fiesta de los santos Felipe y Santiago (que posteriormente se trasladó al primer día libre, el 11 de mayo), mientras que se suprimió la hermosa solemnidad de José, Patrono de la Iglesia Universal, que se venía celebrando el miércoles de la II semana de Pascua.
En 1969, con el nuevo Misal y calendario litúrgico de Pablo VI, la fiesta de San José Obrero fue degradada del rango más alto posible (de primera clase) al más bajo (memoria facultativa). La razón oficial es que, si bien la fiesta podía haber sido celebrada con entusiasmo por las “asociaciones de trabajadores cristianos”, otros la celebraban con menos entusiasmo (Pablo VI, Calendarium Romanum). Es una lógica curiosa. Cabría pensar que la Iglesia querría hacer todo lo que estuviera en su mano para fomentar la piedad popular, pero el calendario de 1969 revela un desdén bastante sistemático hacia santos populares como Valentín, Nicolás, Cristóbal y Catalina de Alejandría. Se percibe un aire de elitismo en las decisiones de los creadores del calendario sobre qué santos consideraban dignos de continuar con la veneración litúrgica universal. Es posible que los artífices del nuevo calendario también degradaran la fiesta porque sólo tenía catorce años. A pesar de la advertencia del papa Pío XII contra una mentalidad arqueológica que privilegia lo antiguo sobre lo nuevo e ignora el auténtico desarrollo, el comité responsable del Calendario General de 1969 abolió la fiesta de la Preciosísima Sangre del siglo XIX y la fiesta de Cristo Rey del siglo XX. Irónicamente, un calendario que abunda en novedades revela una extraña aversión hacia lo relativamente reciente.
Pero puede que hubiera una consideración adicional y más determinante. Al igual que el papa Pío XII nunca mencionó explícitamente la oposición de la fiesta al comunismo, Pablo VI pudo haberse abstenido de mencionar su propio motivo oculto para degradar la fiesta: su adopción de la Ostpolitik: su actitud generosa con los líderes comunistas, aplicando una política que a menudo resultó contraproducente y dejó en una situación de desventaja a los católicos perseguidos tras el Telón de Acero y en China.
Juan XXIII y Pablo VI veían el comunismo de manera diferente a sus predecesores. Las fuentes históricas revelan ahora que Juan XXIII deseaba fervientemente que hubiera representantes de la Iglesia Ortodoxa Rusa presentes en el Concilio Vaticano II, a pesar de que su jerarquía había sido infiltrada por el KGB. Por lo tanto, llegó a un acuerdo con la Unión Soviética: los observadores ortodoxos rusos podrían asistir y, a cambio, el Concilio no pronunciaría ni una palabra contra el comunismo o la tiranía soviética. La última encíclica de Juan XXIII, Pacem in Terris (1963), también da la impresión de que revoca la condena de la Iglesia al comunismo.
Pablo VI, que recibió a las autoridades soviéticas en 1966 y 1967 en el Vaticano, quería ayudar a los cristianos tras el Telón de Acero, y de hecho la difícil situación de la “Iglesia Silenciosa” mejoró en cierta medida durante su pontificado. Pero esto se logró a costa de traicionar a los mártires vivos. Para apaciguar al Gobierno húngaro, Pablo VI ordenó al cardenal József Mindszenty, que había sido torturado por los comunistas, que abandonara Budapest, prometiéndole solemnemente que seguiría siendo primado de Hungría mientras viviera. El Papa trasladó al cardenal a Viena y luego incumplió su promesa, nombrando como primado a otra persona que resultara más aceptable para los líderes comunistas. Mindszenty murió como un hombre destrozado.
Por eso, en la nueva era de “distensión”, una fiesta como la de San José obrero, concebida para oponerse al comunismo, resultaba un «signo de contradicción» y una incomodidad. Aún así, la memoria litúrgica logró sobrevivir en el calendario.
Acabamos de ver que el cambio de orientación de la Iglesia como institución está claro, ¿verdad?: de la condena del comunismo a la Ostpolitik.
Formulo esta pregunta a modo de inciso porque existe una tendencia entre algunas de las personas que comentan en estos textos, que son una minoría de quienes los leen, en insistir en que yo tengo alguna suerte de nostalgia enfermiza por una Iglesia idealizada del pasado y que todo ahora me parece mal. Y, sí, es cierto que me hace sufrir mucho la situación de la Iglesia, empezando por la desastrosa jerarquía. Porque ha habido una ruptura en lo que durante siglos fue un desarrollo orgánico y una fabricación de una nueva fe y una nueva liturgia que poco tienen que ver con la tradición y mucho con el mundo. Pero no es nostalgia: se trata de que los hombres, ni siquiera el papa, pueden cambiar lo que Dios reveló, lo que la Iglesia desarrolló como tradición a lo largo de los siglos y lo que enseñó constantemente el magisterio durante siglos. recordemos que la Iglesia católica ha tenido un total de 267 papas en 2000 años, de los cuales solamente 5 han reinado durante los últimos 60 años. Creo que esto nos sitúa en la correcta perspectiva. Además, las rupturas que se realizaron en el siglo XX en la Iglesia pretendieron imponerse a los fieles para ahogar lo que la Iglesia había creído y rezado durante siglos, no de manera estática, sino en un desarrollo orgánico: desarrollando las potencias que llevaba en sí desde el origen, y no añadiendo elementos ajenos, como sí se hizo en el siglo XX. Y es la novedad la que persigue a la antigüedad. No estamos en una situación en que la fe antigua se oponga a la novedad, sino que la novedad lanza improperios y acusaciones contra lo que la Iglesia dijo e hizo siempre. Al contrario de lo que esos comentaristas que creen que la Iglesia nació tras el Concilio Vaticano II, aquí no atacamos a la nueva iglesia con sus nuevos contenidos, sino que defendemos del ataque aniquilador de esa iglesia cautiva por la secta modernista lo que la Iglesia siempre creyó y enseñó.
Y fijémonos que, en el caso de hoy, ni siquiera comentamos una fiesta celebrada por la Iglesia desde siglos, sino una nueva institución como respuesta a la aparición de la ideología y praxis anticristiana del comunismo. El cambio con Pablo VI se a su negativa, que ya afirmó Juan XXIII, de condenar el comunismo, algo que sí hicieron sus predecesores, con fundadas razones. Ésta es la ruptura. Como dijo Jean Madiran, “la apertura de la Iglesia al mundo (en los años 1960) fue en realidad una apertura a las ideologías de izquierdas”.
Juan Pablo II, que venía de sufrir en Polonia el régimen comunista, rechazó la Ostpolitik de Pablo VI y unió fuerzas con el presidente Ronald Reagan y la primera ministra Margaret Thatcher para confinar el comunismo soviético al basurero de la historia. En 2007, el papa Benedicto XVI ofreció un análisis retrospectivo de un siglo de «espantosa destrucción» causada por el comunismo, condenando esta ideología calificándola como “el peor enemigo de la historia desde hace más de un siglo”.
Así que vamos a terminar este repaso histórico de la institución, evolución y ruptura en la fiesta de San José obrero observando cómo la historia está llena de ironías. El colapso de la Unión Soviética y del Telón de Acero puede que haya dejado solo un puñado de naciones comunistas en todo el mundo, pero como ideologías socialmente aceptables, el comunismo y el socialismo han ganado nuevos puntos de apoyo en la mayoría de las naciones occidentales —con la excepción flagrante de los países que realmente experimentaron un régimen comunista—. Lo que resulta aún más inquietante es que la amnesia sobre los males del comunismo parece haber afectado a las más altas esferas de la Iglesia. En segundo lugar, la fiesta de San José Obrero ofrece una importante corrección al capitalismo, o más bien a la doctrina de que «la codicia es buena» que con demasiada frecuencia lo anima. Para el católico, la libre empresa y el trabajo no tienen como fin la riqueza, sino el ejercicio de la generosidad; no son un motor para la comodidad, sino una ocasión para la santidad.
Al papa León XIV aún no le hemos oído pronunciarse sobre el comunismo o el socialismo, y no vamos a perder el tiempo describiendo la ideología marxista de Bergoglio. Sólo mencionaremos que, según algunos, los acuerdos secretos del papa Francisco con la República Popular China hicieron que la traición de Pablo VI a Mindszenty parezca leve en comparación. El cardenal emérito de Hong Kong, Joseph Zen, describe el acuerdo como un «suicidio» y una «rendición desvergonzada» que podría provocar la «aniquilación» de la Iglesia en China, y cita el resurgimiento del «doble juego» de la Ostpolitik como el culpable de esta desastrosa decisión.
Para concluir, un apunte por si puede ayudar a vivir desde la fe este día: Peter Kwasniewski señala que la fiesta de San José Obrero no es «una glorificación del trabajo», sino un deleite en la contemplación de la Visión Beatífica: uno de los mandamientos de Nuestro Señor es: «No trabajéis por el alimento que perece, sino por aquel que perdura para la vida eterna, el cual os dará el Hijo del hombre» (Juan 6, 27); siendo el alimento eterno, por supuesto, la Eucaristía. Y el hombre cuya vida ejemplifica mejor la idea de trabajar por la Eucaristía (¡aunque muriera antes de su institución!) es San José. Pues José fue el perfecto «trabajador contemplativo»; sus quehaceres diarios estaban subordinados a una amorosa contemplación de su esposa, la nueva Arca de la Alianza, y de su hijo adoptivo, el Pan de Vida, y por ella estaban impregnados.