El Santuario de Nuestra Señora de Lourdes conmemora este mes de mayo los 150 años de la coronación de la Virgen con un gesto que remite a lo esencial: sustituir el oro por flores, la solemnidad exterior por la expresión sencilla de la fe.
La propuesta no es decorativa. Los fieles que acuden al santuario están invitados a depositar claveles amarillos, evocando aquellas rosas doradas que, según el testimonio de Santa Bernardette Soubirous, aparecían a los pies de la Virgen durante las apariciones. Cada flor tiene un significado concreto: una intención, una súplica, un agradecimiento. Un gesto pequeño, pero cargado de sentido.
De la humildad de la gruta a la gloria de la explanada
La conmemoración pone en el centro una de las imágenes más emblemáticas del santuario: la estatua de la Virgen Coronada, situada frente a la Basílica del Rosario desde 1876. Realizada en bronce por el escultor Joseph-Hugues Fabisch, esta imagen —de más de dos metros de altura— no representa la aparición tal como la vio Bernardette, sino la exaltación de María como Reina del Cielo.
Mientras la figura de la gruta transmite recogimiento y sencillez, la estatua de la explanada expresa la dimensión gloriosa de la Virgen, en coherencia con la tradición doctrinal de la Iglesia.
Es precisamente en este espacio donde cada noche miles de peregrinos participan en la procesión de antorchas, uno de los actos más característicos de Lourdes, en el que el rezo del Rosario une a fieles de distintas lenguas y procedencias.
Un santuario nacido de las apariciones
Las raíces de Lourdes no están en una tradición difusa, sino en un hecho preciso: las 18 apariciones de la Virgen entre el 11 de febrero y el 16 de junio de 1858. En ellas, María se presentó como la Inmaculada Concepción, confirmando una verdad proclamada por la Iglesia pocos años antes.
Tras una investigación, las apariciones fueron reconocidas oficialmente en 1862. A partir de entonces, la Iglesia adquirió el terreno y comenzó a organizar el santuario, facilitando el acceso a los peregrinos y levantando los primeros espacios de culto.
Hoy, el conjunto ocupa 52 hectáreas, con basílicas, capillas, un vía crucis monumental y las conocidas piscinas donde los fieles se sumergen en el agua. Lourdes no ha dejado de crecer, pero ha mantenido intacto su núcleo: la gruta.
La memoria de una corona de oro
No es la primera vez que la Virgen de Lourdes es coronada. Existe una corona de oro, elaborada en el siglo XIX mediante suscripción popular, que fue colocada en 2007 por Benedicto XVI durante la Jornada Mundial del Enfermo.
Hoy se conserva en los archivos del santuario. Su presencia no queda anulada por la iniciativa actual, pero sí queda en segundo plano. Lourdes parece recordar, con esta conmemoración, que la devoción auténtica no depende del valor del material, sino de la intención con la que se ofrece.
