El Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, monseñor Piero Pioppo, presidió la Eucaristía celebrada en la parroquia de San Nicolás de Bari de Madrigal de las Altas Torres (Ávila) con motivo del 575 aniversario del nacimiento de Isabel I de Castilla. En su homilía, pronunciada en concelebración con el obispo de Ávila y el obispo emérito, ante numerosas autoridades civiles y militares de Castilla y León, el Nuncio transmitió el saludo y la bendición del Papa León y situó la figura de la Reina en el corazón del tiempo pascual: nacida en la tarde del Jueves Santo de 1451, bautizada en los días de Pascua, su vida entera aparece jalonada —según el Nuncio— por los misterios de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. La homilía reivindicó el legado evangelizador de Isabel, su devoción eucarística y su capacidad para presentar soluciones «valientes, innovadoras y firmes» en defensa de la dignidad humana, citando expresamente las palabras del papa Francisco. El acto tuvo lugar en la iglesia que conserva la pila bautismal de la Reina.
TRANSCRIPCIÓN ÍNTEGRA DE LA HOMILÍA
Queridos hermanos, todos en Cristo resucitado y Salvador.
Agradezco al señor obispo, al señor obispo emérito, al señor cura párroco, a los sacerdotes que concelebran esta acción de gracias; como al ilustrísimo señor alcalde de Madrigal de las Altas Torres, a los señores alcaldes, a todas las autoridades, los presidentes y concejales que ennoblecen con su apreciado servicio esta comunidad de Castilla y León. Y a todos ustedes también: gracias, gracias de todo corazón. Puedo decirlo: gracias a todos ustedes por la amable invitación a unirme en acción de gracias a Dios por la Reina Isabel, en el lugar de su cuna. A todos ustedes el saludo del Santo Padre y su bendición.
Del Santo Padre León, a quien tengo la dicha y el honor de representarle, bien que indignamente, en España.
La presente celebración del quinientos setenta y cinco aniversario del nacimiento de la Sierva de Dios, Isabel la Católica, concurre y se desarrolla en el corazón de la cincuentena pascual. Un tiempo de gracia, un tiempo en el que la Iglesia no cesa de repetir con gozo el anuncio fundante y central de su fe, y por consiguiente de su vida, a lo largo de todos los siglos. El anuncio es este: Cristo ha resucitado. Es este el anuncio que, llenos de gozo —como hemos venido de escuchar en la primera lectura—, Pablo y Felipe repetían por las ciudades de Judea y de Samaría, y que los creyentes en Cristo han repetido con la palabra, pero por sobre todo con el ejemplo de su vida, a lo largo de la historia, también de la historia tan noble e insigne de nuestra nación.
Este, precisamente, es el caso de la Reina Isabel, que desde esta su cuna natal, por misteriosos designios de la Providencia, supo ponerse al servicio del Señor y de la Santa Iglesia, nuestra madre; y con su vida, palabras, decisiones y acciones, permitir a Cristo resucitado pasar, verificando y sanando a tanta humanidad en Castilla, en España y en el Nuevo Mundo, infundiendo esperanza, dando fuerza y constancia, llenando de alegría y de esperanza los corazones de todos.
No por acaso el recordado papa Francisco —ya lo recordó don Jesús, nuestro obispo— subrayaba la actuación de Isabel como levantadora de la dignidad humana, capaz de presentar, de cara a la condición humana esclava del pecado y de tantas miserias, cito al papa Francisco —del que ayer hemos celebrado el primer aniversario de su piadoso tránsito, recordándolo con afecto y con amor—: «la Reina Isabel supo presentar soluciones valientes, innovadoras y firmes, reivindicando los derechos fundamentales de los hombres y mujeres de su tiempo, por supuesto, de forma proactiva e integral». El papa Francisco, que en paz descansa, concluía: «un paso de gigante».
Y bien: la tarde del Jueves Santo, el día veintidós de abril del año mil cuatrocientos cincuenta y uno, la Sierva de Dios Isabel la Católica nacía en este histórico municipio. Es un hecho que en las horas de su feliz alumbramiento, la Iglesia se centraba en el inicio del Triduo Pascual. La celebración de la Misa —se dice en latín— In Cena Domini: la Misa en la Cena, que recuerda y repropone la Cena del Señor, la Eucaristía. El amor hasta el extremo de Cristo, la cercanía y la intimidad de Juan, el discípulo amado, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio, el lavatorio de los pies: clave de interpretación del servicio de todo poder y de caridad. Esos son todos los acentos de la tarde en que Isabel nació, y que así, vemos, por designios de la misericordia de Dios, jalonan toda su preciosa vida.
Aquí, además, en esta misma iglesia de San Nicolás de Bari, se halla la pila de su bautismo, sacramento que, conforme a la costumbre cristiana, ella recibió en los primeros días, los días inmediatos, los cuales coincidieron con estos mismos días de Pascua que, alegres nosotros, hoy celebramos.
La celebración del acontecimiento pascual, en el que nos introduce el bautismo y la Eucaristía, nos centra en el acontecimiento sustancial de nuestra santa fe. Cristo ha resucitado y vive para siempre. Él, sin mérito de nuestra parte, sino porque nos ama hasta el extremo, cargó con nuestros pecados y nuestros sufrimientos, nos reconcilió con el Padre, sanó nuestras heridas. Es lo que en cada instante, pero especialmente en este tiempo pascual, los cristianos estamos celebrando en el antiguo como en el nuevo y en el novísimo mundo.
Cristo, como entonces, pasa —ese es el significado de Pascua—. Cristo pasa ahora también haciendo el bien, curando dolencias de los hombres y mujeres de todo tiempo. Él es digno de fe y de adoración. No se trata solamente de un hombre bueno, admirable, un gran maestro y profesor que enseñó una ética exquisita de perfección humana. Se trata —como Isabel creyó firmemente— del Hijo de Dios, que nos salva, que nos reviste de una fuerza transformadora, que nos hace renacer a una vida nueva y que renueva también el mundo, la sociedad, las naciones.
Hermanos y hermanas, ¡oh, cuántas cosas podemos decir de Isabel! Todos sus biógrafos, empezando por los testimonios contemporáneos, señalan su gozo particular por el así llamado Nuevo Mundo. Toda una oportunidad evangelizadora que partió de Jerusalén —como he escuchado en la primera lectura— y que ella, la Reina Isabel, vivió desde la autenticidad interior, en contacto siempre con Cristo, el pan de vida, como el Evangelio nos ha anunciado hoy.
El pan, reposo del alma. El pan, alegría del hogar. El pan, seguridad de todos los pueblos. El pan, garantía del orden, prenda de progreso, prenda de prosperidad. Pero todo esto dura cuando está sólidamente anclado en las realidades superiores. Es decir: necesitamos a Cristo, pan de vida, nuestro bien. Con Él, y solo con Él, se hace, se construye la civilización y la vida, tanto a nivel personal como social.
En Él se fundamenta y progresa el bien, el cual debe estar en el programa de todos los hombres y mujeres que quieran asegurar su propia felicidad y, cumpliendo su misión —como la Reina Isabel nos enseña—, la felicidad, el bienestar y el auténtico progreso de cada uno de nosotros, aportando toda esta riqueza espiritual a nuestros semejantes. A los demás. Nosotros, cristianos, decimos mejor: a nuestro prójimo.
Isabel destacó por su vida, por su prudencia, su piedad y su sentido admirable de justicia. Una de las características más importantes de la Reina Isabel fue su devoción y su vivencia eucarística al Santísimo Sacramento del Altar, porque —decía— «es cosa de servicio de Dios que todo cristiano debe procurar».
¡Qué palabras más lindas estas para nosotros, que no por nuestros méritos, en diversos y diferentes estamentos somos constituidos al servicio! La Reina Isabel, madre de familia en el seno del hogar y mujer de gobierno en el reino de España, nos proporciona lecciones bien actuales. Nos enseña sabiduría para una ciudadanía cristiana que ejercita sus derechos y obligaciones de cara al bien común, y que encuentra en el sagrario la fuerza para una tarea abnegada, en la que se implica con generosidad la propia existencia en cada espacio.
Que la celebración de estos santos misterios nos otorgue con amplitud, a nosotros y a todos los pueblos hermanos, siempre este don capital del cielo.
Invocamos entonces, humildemente, la poderosa intercesión de la Bienaventurada Virgen María, a cuya veneración en el misterio de su Concepción Inmaculada la Reina Isabel contribuyó, guardando así el corazón de los cristianos como tabernáculo, como templo limpio y digno del Espíritu Santo.
Experimentando esta presencia del Señor entre nosotros, nos dejaremos conducir por Él y emprenderemos nuevos caminos en la misión evangelizadora, compartiendo de verdad, y con esperanza y con suceso, las alegrías y las tristezas, los sufrimientos y las esperanzas de la humanidad entera.
Amén.