El arzobispo Georg Gänswein, durante años secretario personal de Benedicto XVI y hoy nuncio en Lituania, ha ofrecido un testimonio de primera mano sobre uno de los periodos más delicados y singulares de la Iglesia reciente, desmontando interpretaciones sobre la renuncia de Ratzinger y arrojando luz sobre la relación entre el Papa emérito y Francisco.
“Había un solo Papa”: la clave de una convivencia inédita
La imagen de dos figuras vestidas de blanco dentro del Vaticano marcó una etapa sin precedentes en la historia moderna de la Iglesia. Sin embargo, Gänswein insiste en que esa percepción visual no debe inducir a error. “Aquí hay que distinguir bien. Había un solo Papa. El otro era llamado Papa, pero en realidad era el Papa emérito”, explica.
Benedicto XVI, consciente de la novedad de la situación, introdujo gestos concretos para subrayar esa diferencia: abandonó ciertos elementos del atuendo pontificio y modificó detalles visibles. Aun así, la coexistencia de ambos dentro del mismo espacio —el Vaticano— supuso una realidad inédita que él mismo había querido definir como la presencia de un Papa emérito junto a un Papa reinante.
Una renuncia nacida de la conciencia, no de los escándalos
Sobre uno de los puntos más controvertidos —las razones de la renuncia de Benedicto XVI— Gänswein no deja margen a la ambigüedad. Frente a las hipótesis que vinculan su decisión con el escándalo de Vatileaks o con presiones internas, responde con rotundidad: “Todo eso no tuvo nada que ver”.
Lejos de teorías conspirativas, el ex secretario de Ratzinger describe un proceso interior marcado por la fe: “La renuncia fue fruto de una profunda reflexión, de una fuerte oración: el Papa planteó la cuestión a su conciencia y luego decidió”. Una decisión, en definitiva, que se gestó en el ámbito personal y espiritual, no en el terreno de las crisis vaticanas.
El primer gesto de Francisco: buscar a Benedicto
El momento de la elección de Jorge Mario Bergoglio quedó grabado en la memoria de Gänswein como una escena cargada de expectación. Tras la fumata blanca, el nombre del nuevo Papa “corría por la sala como un incendio”. Pero más significativo aún fue lo que ocurrió inmediatamente después.
Cuando Gänswein acudió a saludar al recién elegido, Francisco se adelantó: “Quisiera encontrarme con Benedicto. ¿Puede ayudarme?”. Ese deseo de encuentro marcó desde el inicio el tono de la relación entre ambos.
No fue sencillo establecer el contacto telefónico con Castel Gandolfo —donde todos seguían el anuncio por televisión—, pero finalmente se logró. Pocos días después, ambos se encontraron en un gesto que selló simbólicamente la transición.
Castel Gandolfo: respeto mutuo y un “peso” entregado
El 23 de marzo de 2013 tuvo lugar el primer encuentro entre Benedicto XVI y el nuevo Pontífice. Gänswein recuerda detalles reveladores: al entrar en la capilla, Ratzinger quiso ceder el paso a Francisco, pero este lo rechazó. Lo mismo ocurrió con el reclinatorio. Desde el primer momento, señala, se percibía que Francisco quería tratar a su predecesor “de un modo muy fraterno”.
Aquel día, además, Benedicto entregó a su sucesor la documentación sobre el caso Vatileaks. “Si había un peso en aquella historia, se puede decir que lo dejó atrás”, afirma Gänswein. El gesto cerraba una etapa marcada por tensiones internas.
Dos estilos distintos, una misma fe
Las diferencias entre Benedicto XVI y Francisco han sido objeto de múltiples interpretaciones. Gänswein no las niega, pero las sitúa en su contexto natural: “La biografía es la biografía… la formación, la experiencia de vida, todo es distinto”. Esa diversidad, lejos de ser problemática, “es una complementariedad… algo que enriquece”.
También rechaza la idea de que el Papa emérito se convirtiera en referente de un bloque opositor dentro de la Iglesia. A su juicio, se ha exagerado la existencia de tensiones organizadas en torno a su figura.
Silencios significativos y momentos delicados
En cuestiones sensibles, como las restricciones a la misa tradicional o determinadas declaraciones del Papa Francisco, Gänswein introduce matices sin romper la línea de discreción que caracterizó a Benedicto XVI.
Asegura que el Papa emérito “no comentó nunca” el motu proprio Traditionis custodes. Sin embargo, reconoce una reacción interior: “Cuando leímos el Osservatore Romano, el corazón de Benedicto se volvió pesado”. Una expresión que, sin ser una crítica explícita, deja entrever el impacto de la decisión.
Respecto a frases como “¿Quién soy yo para juzgar?”, Gänswein admite que resultan “cuanto menos sorprendentes en boca de un Papa”, aunque insiste en que nunca escuchó comentarios directos de Benedicto sobre estas cuestiones.
Una relación marcada por el respeto hasta el final
La muerte de Benedicto XVI ofreció la última imagen de esa relación. Gänswein fue quien avisó personalmente a Francisco, siguiendo instrucciones previas. El Papa acudió de inmediato al monasterio.
Allí, junto al cuerpo de su predecesor, Francisco “lo bendijo, se sentó a su lado, permaneció en silencio unos minutos y luego rezamos todos juntos”. Un gesto sobrio, pero elocuente, que resume años de convivencia marcada por diferencias evidentes, pero también por una relación de respeto.