«Sin mí no podéis hacer nada»: la advertencia de Varden a los cristianos autosuficientes

«Sin mí no podéis hacer nada»: la advertencia de Varden a los cristianos autosuficientes

Mons. Erik Varden, monje trapense, obispo de Trondheim (Noruega) y actual presidente de la Conferencia Episcopal Nórdica —quien además predicó este año los ejercicios espirituales de Cuaresma al Papa— ofrece una meditación exigente sobre la ayuda de Dios, desmontando las ilusiones de autosuficiencia, desesperación y falsa esperanza que desfiguran la vida cristiana. Un tema para meditar en este Sábado Santo a la espera de Cristo resucitado.

El obispo recuerda una verdad que el hombre moderno tiende a olvidar: la vida cristiana no comienza en el esfuerzo humano, sino en la dependencia radical de Dios. No se trata de una idea devota, sino de una realidad concreta. Como él mismo afirma con claridad: «La ayuda de Dios no es algo ocasional para nosotros; es un atributo de su ser que nos mantiene en la existencia».

Esta afirmación sitúa la cuestión en su justo lugar. No estamos ante un Dios al que se acude en momentos de apuro, como si fuera un recurso de emergencia. Estamos ante el fundamento mismo de la vida. Y, sin embargo, el hombre actúa con frecuencia como si pudiera prescindir de esa ayuda.

La ilusión de la autosuficiencia espiritual

Uno de los errores más sutiles —y más peligrosos— es el de quien cree que puede sostenerse por sí mismo. No es una actitud necesariamente irreligiosa. Al contrario: puede crecer dentro de una vida aparentemente ordenada, disciplinada, incluso fervorosa.

Pero esa construcción tiene una grieta. Cuando el hombre empieza a apoyarse en sus propias obras, deja de habitar en la ayuda de Dios. Como advierte Varden, existe el riesgo de instalarse en «una seguridad perniciosa» que degenera en superficialidad, arrogancia y juicio constante hacia los demás.

El problema no es la práctica religiosa en sí, sino el desplazamiento interior que convierte la vida espiritual en una forma de autoafirmación. En ese punto, la fe deja de ser dependencia y se convierte en control.

La otra cara: el encierro en la debilidad

Frente a la autosuficiencia, Varden señala otra desviación igualmente estéril: la de quienes, impresionados por su propia fragilidad, renuncian a buscar la ayuda de Dios.

No se trata de humildad verdadera, sino de una forma de estancamiento. El alma queda atrapada en sí misma, repitiendo su miseria, incapaz de salir de ella. Es lo que el autor describe como una especie de fascinación enfermiza por la propia necesidad, que puede llegar a convertirse en «un becerro de oro».

Aquí también se rompe la relación con Dios. No por orgullo, sino por una especie de resignación que, en el fondo, niega la eficacia de la gracia.

La falsa esperanza que no exige conversión

Hay, sin embargo, una tercera actitud que atraviesa buena parte de la mentalidad contemporánea: la presunción. Es la idea de que la misericordia de Dios está garantizada, independientemente de la disposición del hombre.

Varden lo señala sin ambigüedades: se trata de una esperanza vacía, «una esperanza que carece de caridad» y que nace de una lógica de derecho, no de amor. En otras palabras, el hombre deja de convertirse porque da por hecho que no es necesario.

Esta forma de pensar desfigura profundamente el cristianismo. Porque elimina la tensión moral, la llamada a la transformación, y reduce la relación con Dios a una expectativa cómoda.

Caer, pero no quedar destruido

Frente a estas desviaciones, la meditación introduce un criterio decisivo: no es el hecho de caer lo que define al hombre, sino lo que sucede después de la caída.

«Los que viven dentro de la ayuda de Dios pueden caer sin ser aplastados», afirma Varden. Y añade una imagen de gran fuerza bíblica: Dios «pone su mano debajo» de ellos.

Esto cambia completamente la perspectiva. La vida cristiana no es la de quien nunca falla, sino la de quien, incluso en la caída, permanece sostenido por una ayuda que no desaparece.

Por el contrario, quien vive al margen de esa ayuda —ya sea por orgullo o por desaliento— queda expuesto a una caída sin horizonte de levantamiento.

El silencio de Dios y la experiencia del abandono

Pero la cuestión más difícil no es esa. El verdadero escándalo aparece cuando el creyente busca a Dios y no encuentra respuesta. Cuando la oración parece perderse en el vacío.

Varden no esquiva este problema. Al contrario, lo sitúa en el centro de la experiencia cristiana. Y lo hace recurriendo a la figura de Job, paradigma del hombre que sufre sin comprender.

Aquí emerge lo que el autor, siguiendo a Marion Muller-Colard, identifica como el “Lamento”: una expresión radical del dolor humano que no busca explicaciones ni acepta consuelos fáciles.

«El lamento no tiene objeto», señala. «No necesita palabras; las palabras son solo un pretexto». Es una forma de sufrimiento que no se resuelve con argumentos. Y, por eso mismo, exige otro tipo de respuesta.

No explicar, sino acompañar

Ante ese sufrimiento, la tentación habitual es intervenir con discursos, con respuestas, con intentos de justificar a Dios. Pero esa reacción, lejos de ayudar, suele cerrar aún más la herida.

La meditación es clara en este punto: el alma herida no necesita explicaciones, sino ser reconocida. «Necesita oír que ha sido escuchada, que su señal ha sido recibida y comprendida».

Esto exige una forma de presencia que no es fácil. Supone renunciar a tener la última palabra, aceptar el misterio y situarse, simplemente, al lado del que sufre.

Una fe que atraviesa la oscuridad

El recorrido de Job, tal como lo presenta Varden, conduce finalmente a un punto decisivo. Después del lamento y de la experiencia de amenaza —cuando el hombre descubre que no está protegido como pensaba— emerge algo nuevo.

No una explicación. No una solución. Sino una forma distinta de conocer a Dios.

Cuando Job afirma: «De oídas te conocía, pero ahora te han visto mis ojos», no está resolviendo su problema. Está reconociendo que ha entrado en una relación más profunda, despojada de ilusiones.

Volver a habitar en la ayuda de Dios

La conclusión de la meditación es exigente. Vivir en la ayuda de Dios no significa buscar seguridades, ni construir una fe a medida, ni reducir a Dios a un garante de estabilidad.

Significa aceptar que la vida cristiana pasa por la prueba, por la oscuridad y por la renuncia a controlarlo todo.

Porque, como recuerda Varden, «sin mí no podéis hacer nada» no es una advertencia moral, sino una descripción de la realidad.

Y la pregunta que nos queda es directa: ¿vive el hombre dentro de esa ayuda… o sigue intentando vivir como si no la necesitara?

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