El cardenal Marc Ouellet, prefecto emérito del Dicasterio para los Obispos, publicó este lunes en Vatican News una reflexión teológica sobre el nombramiento de laicos y religiosas en puestos de autoridad dentro de la Curia romana, respaldando una de las decisiones más significativas impulsadas por el papa Francisco en el marco de la reforma recogida en la Constitución Apostólica Praedicate Evangelium.
La reforma de Francisco y la lógica sinodal
En ese entonces, Francisco justificó esta innovación apelando al principio sinodal y a una mayor participación de los fieles en la comunión y misión de la Iglesia como cumplimiento del Concilio Vaticano II:
«Podemos decir que el último Concilio Ecuménico no ha sido aun plenamente comprendido, vivido y aplicado. Estamos en un camino, y una etapa fundamental de este camino es la que estamos viviendo con el Sínodo, que nos pide salir de la lógica del «siempre se ha hecho así», de la aplicación de los mismos esquemas de siempre, del reduccionismo que acaba por querer enmarcar todo siempre en lo ya conocido y practicado.»
(Francisco, prefacio del libro «Juan XXIII. Il Vaticano II un Concilio per il mondo», 2022)
Sin embargo, como bien recuerda Ouellet, la justificación canónica presentada con Praedicate Evangelium no obtuvo consenso general. Algunos especialistas consideraron que la cuestión —debatida durante siglos entre teólogos y canonistas— se resolvía de forma voluntarista, adoptando una posición doctrinal sin un diálogo previo suficientemente amplio.
Casos actuales como el de sor Raffaella Petrini —cuyo nombramiento inicial generó cuestionamientos jurídicos y fue posteriormente regularizado por León XIV mediante modificaciones normativas— o el de sor Simona Brambilla, al frente de un dicasterio, sirven de ejemplo para ver la aplicacion práctica de las decisiones de Francisco.
Lea también: El Papa nombra una mujer prefecto de dicasterio, pero con tutela cardenalicia
Una cuestión debatida en el ámbito canónico
Ouellet reconoce que esta decisión ha generado incomodidad, ya que la tradición eclesial ha vinculado históricamente el gobierno en la Iglesia al ministerio ordenado. El Concilio Vaticano II, recuerda el cardenal, afirmó la sacramentalidad del episcopado (Lumen Gentium, 21) y la relación entre el sacramento del Orden y las funciones de enseñar, santificar y gobernar.
Sin embargo, el purpurado subraya que ello no implica que el sacramento del Orden sea la única fuente de todo ejercicio de autoridad. A su juicio, el debate no puede reducirse a una cuestión de técnica jurídica, sino que requiere una lectura teológica más amplia.
Una lectura desde la pneumatología
En su reflexión, Ouellet propone considerar la cuestión desde una perspectiva «pneumatológica», es decir, desde la acción del Espíritu Santo en la Iglesia. Señala que la teología sacramental ha desarrollado ampliamente su dimensión cristológica, pero ha prestado menor atención al papel del Espíritu Santo.
El Espíritu, afirma, no solo acompaña los actos sacramentales de Cristo resucitado, sino que actúa también más allá de ellos mediante carismas y ministerios diversos. Esta dimensión carismática fue revalorizada por el Concilio Vaticano II tras siglos de menor desarrollo teológico en este ámbito.
Desde esta perspectiva, la autoridad en la Iglesia no se agota en la potestad de orden. El derecho canónico ya contempla la posibilidad de que los laicos cooperen en el ejercicio de la potestad de gobierno (c. 129 §2), lo que permite integrar carismas reconocidos en tareas administrativas, jurídicas o pastorales que no requieren ordenación sacramental.
En ámbitos como la gestión administrativa, el discernimiento cultural o político, la administración financiera o el diálogo ecuménico, puede resultar oportuno que la competencia no dependa necesariamente de la ordenación sacramental, sino de la idoneidad y experiencia de la persona designada
¿Medida provisional o desarrollo eclesiológico?
En la parte final de su reflexión, el cardenal canadiense plantea si se trata de una concesión provisional o de un avance eclesiológico. A su juicio, el gesto de Francisco abrió un camino prometedor al reconocer la autoridad de los carismas en comunión con la autoridad jerárquica, en línea con las orientaciones conciliares que invitan a los pastores a reconocer los ministerios y carismas de los laicos (Lumen Gentium, 30-33).
Ouellet considera así que esta integración puede contribuir a renovar la imagen de la autoridad pastoral, particularmente en un contexto en el que se ha denunciado el clericalismo y ciertas formas de ejercicio del poder desvinculadas del servicio.