Mons. Joseph E. Strickland publicado recientemente un artículo para advertir de un problema que, a su juicio, ya no puede seguir siendo ignorado: la confusión interna en la Iglesia y la progresiva pérdida del sentido de lo sagrado, especialmente en la liturgia.
En un extenso texto titulado “Altar: When Silence, Confusion, and the Loss of the Sacred Endanger Souls”, el obispo emérito plantea que la Iglesia atraviesa un momento en el que el silencio pastoral, lejos de ser prudente, se convierte en una forma de negligencia. No se trata —subraya— de reaccionar ante presiones externas o polémicas mediáticas, sino de asumir con responsabilidad el deber de advertir cuando las almas están en peligro.
Strickland parte de una constatación compartida por muchos fieles: la sensación de desconcierto. No tanto frente a la hostilidad del mundo, que la Iglesia ha conocido siempre, sino ante una confusión que nace en su interior y que afecta a la doctrina, a la moral y, de modo particular, al culto.
El deber de advertir
El obispo recurre a la figura bíblica del centinela del profeta Ezequiel para recordar que el pastor no está llamado únicamente a administrar estructuras ni a preservar una falsa calma. Su misión es vigilar, discernir y advertir cuando el peligro se acerca, aun sabiendo que hacerlo puede tener un coste personal.
Según Strickland, la mayoría de los católicos no buscan enfrentamiento ni ruptura. Simplemente intentan ser fieles y piden claridad. Se preguntan por qué la enseñanza directa es sustituida con frecuencia por fórmulas ambiguas, por qué hablar con precisión se considera divisivo y por qué lo que durante siglos fue presentado como firme hoy parece negociable.
La liturgia, en el centro de la crisis
El núcleo de la advertencia de Strickland se sitúa en la liturgia. No como una cuestión estética o de preferencias personales, sino como un problema teológico de primer orden. La forma en que la Iglesia celebra —insiste— modela la fe de los fieles, su comprensión de Dios y su vida moral.
En este contexto, denuncia la desaparición casi total del silencio, la pérdida de la reverencia, la horizontalización del culto y la transformación del altar en un mero espacio de reunión. Cuando el sacrificio y la trascendencia dejan de expresarse con claridad, la fe se debilita y el sentido de lo eterno se diluye.
El obispo recuerda que el Concilio Vaticano II nunca pidió rupturas con la tradición ni una creatividad sin límites. Por el contrario, habló de continuidad y desarrollo orgánico. Sin embargo, en las décadas posteriores se introdujeron prácticas que fueron mucho más allá de lo que el Concilio pretendía, con consecuencias que hoy —afirma— están a la vista.
Misericordia sin conversión
Strickland dedica también una parte importante de su reflexión a la noción de misericordia. Advierte contra una misericordia desvinculada de la verdad, presentada como acompañamiento sin conversión y compasión sin llamada al arrepentimiento. Cristo perdonó, recuerda, pero nunca dejó de advertir sobre el pecado, el juicio y la vida eterna.
Una Iglesia que evita advertir para no incomodar —afirma— no está siendo misericordiosa, sino abandonando a los fieles. En este marco, critica el silencio institucional ante problemas ampliamente conocidos y documentados, desde la pérdida de fe en la Presencia Real hasta el vaciamiento de seminarios y la confusión catequética.
“No puedo permanecer en silencio”
Mons. Strickland declara abiertamente que no puede permanecer en silencio. No por creerse por encima de la Iglesia ni por espíritu de confrontación, sino precisamente por fidelidad a su misión episcopal.
Asume que hablar con claridad puede acarrear críticas, marginación o incomprensión, pero rechaza la comodidad del silencio cuando lo que está en juego es el bien de las almas. En su llamamiento final, exhorta a los obispos a recuperar el temor de Dios, a los sacerdotes a custodiar el altar con reverencia y a los fieles a permanecer firmes, orantes y fieles a la Tradición recibida.