La jerarquía más servil a todos los poderes se disfraza de “signo de contradicción”

La jerarquía más servil a todos los poderes se disfraza de “signo de contradicción”

José Francisco Serrano Oceja firma en ABC un artículo que pretende defender la posición episcopal sobre la regularización extraordinaria de inmigrantes. El tono es correcto y el autor escribe sin estridencias. Precisamente por eso conviene responderle con dureza en los argumentos y con cuidado en las formas. El problema no es el autor. El problema es la demagogia del marco que propone.

Serrano Oceja presenta el apoyo episcopal a la regularización como un acto de libertad, incluso como un “signo de contradicción” frente a aliados sociales habituales. Y aquí está el primer falseamiento serio del análisis.

No, no hay ningún signo de contradicción. No hay gesto profético alguno. Criticar a Vox —tercer partido de España— no convierte automáticamente a nadie en héroe contracultural. Mucho menos cuando esa crítica se formula desde una posición perfectamente alineada con todos los grandes poderes reales del país.

Porque en esta cuestión los obispos españoles no están solos ni arriesgan nada. Están alineados con Podemos, con el PSOE, con el PP, con UGT y CCOO, con la patronal, con la monarquía, con los grandes grupos de comunicación, con Bruselas, con el entramado de ONG subvencionadas y, por supuesto, con Pedro Sánchez. Presentar esa posición como “contracorriente” es sencillamente inverosímil.

Si alguien va hoy a contracorriente del consenso político, mediático y económico dominante, ese no es el episcopado. Precisamente por eso resulta tan llamativo el entusiasmo con el que algunos obispos se envuelven en una épica inexistente: basta con recibir una crítica de Vox para proclamarse perseguidos, mientras disfrutan del aplauso unánime de todos los centros de poder efectivo.

Serrano Oceja sostiene que la postura episcopal se apoya en la Doctrina Social de la Iglesia y en la experiencia pastoral de Cáritas. Ambas apelaciones merecen algo más que una mención piadosa.

La Doctrina Social de la Iglesia no es un catálogo de consignas morales intercambiables. Es un cuerpo articulado de principios que exige prudencia, jerarquía de bienes y evaluación de consecuencias. Invocar la dignidad de la persona humana sin afrontar seriamente el efecto llamada, la presión sobre los servicios públicos, el impacto sobre los salarios más bajos o las tensiones sociales y de seguridad no es aplicar la DSI: es mutilarla.

El propio Serrano Oceja reconoce que los obispos “no son ciegos” a esos riesgos. Pero los neutraliza inmediatamente con una cita evangélica: «Fui extranjero y me acogisteis». El problema no es el Evangelio. El problema es su uso como comodín político.

Ese pasaje no prescribe políticas migratorias concretas ni anula la responsabilidad del Estado de ordenar los flujos, proteger a sus ciudadanos y garantizar el bien común. Convertir una exhortación moral personal en un mandato político universal es una lectura reduccionista del Evangelio.

En cuanto a la experiencia de Cáritas, conviene decirlo con respeto pero con claridad: la experiencia asistencial no equivale a competencia política. Quien acompaña situaciones individuales ve el drama concreto; quien gobierna debe considerar el conjunto. Confundir ambos planos conduce inevitablemente a decisiones bienintencionadas pero imprudentes.

El dato de las 550.000 personas acompañadas sin regularización no demuestra que la regularización masiva sea la solución justa. Demuestra, más bien, que el sistema migratorio vigente es disfuncional. Entre la compasión inmediata y la amnistía general existen alternativas que apenas se mencionan.

Por último, Serrano Oceja sugiere que la crítica de los fieles reproduce una vieja dialéctica “pueblo contra pastores”. Tampoco es cierto. No se busca separar al pueblo de los obispos. Se pide algo mucho más elemental: pastores, no gestores del consenso.

La unidad de la Iglesia no consiste en bendecir sin discusión los juicios prudenciales de la jerarquía, especialmente cuando coinciden punto por punto con el marco del poder político. La comunión no se rompe por discutir con rigor. Se debilita cuando se confunde autoridad moral con unanimidad forzada.

Responder a estas cuestiones no es atacar a la Iglesia ni a sus pastores. Es tomarse en serio la Doctrina Social, el Evangelio y la inteligencia de los fieles. Y eso, lejos de dañar la comunión, es la única manera de preservarla.

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