Jonathan Roumie: «Después de la Pasión ya no puedo vivir la Misa igual»

Jonathan Roumie: «Después de la Pasión ya no puedo vivir la Misa igual»

Hay una constante en los actores de interpretan a Jesús —al menos en los que lo han hecho a conciencia—, Robert Powell en el clásico Jesús de Nazaret de Zeffirelli, Jim Caviezel en La Pasión de Mel Gibson y ahora Jonathan Roumie en la serie The Chosen —una producción que se inclina por un lado más «humano» y con licencias creativas cuestionables—, y es que su interpretación los acerca inevitablemente a una vida interior más profunda.

Hace unos días, Roumie fue entrevistado por el sacerdote estadounidense Mike Schmitz sobre su papel como Jesús, pero más allá de los cotilleos de la serie, el actor habla con sinceridad de su fe y reconoce que, tras encarnar la Pasión, ya no puede vivir su fe del mismo modo. La Cruz dejó de ser una imagen contemplada desde fuera para convertirse en una realidad interior que sigue actuando en su vida cotidiana.

Habla como un católico consciente de que su vida espiritual ha sido profundamente marcada por aquello que se le confió representar. Interpretar a Jesucristo, especialmente en las escenas de la Pasión, no ha sido para él un ejercicio profesional más, sino un punto de inflexión en su relación con Dios, con la Misa y con el sentido cristiano del sufrimiento.

Una fe que se profundiza en el silencio y la Cruz

Roumie explica que, antes de comenzar el rodaje de las escenas finales, pidió a Dios una gracia concreta: poder participar, aunque fuera mínimamente, en la experiencia del sufrimiento de Cristo. No buscaba dramatismo ni heroicidad, sino comprensión. Según relata, esa petición tuvo consecuencias reales, físicas y espirituales.

Lesiones, dolor prolongado y un impacto emocional que lo llevó posteriormente a buscar silencio y retiro en un monasterio marcaron esta etapa. Lejos de presentar estas experiencias como extraordinarias, las describe como parte de un proceso interior que aún sigue abierto y que probablemente lo acompañará toda la vida.

No habla de trauma, sino de transformación. De una fe que ya no se sostiene en ideas generales, sino en una contemplación más seria del sacrificio de Cristo.

La Eucaristía en el centro

Uno de los frutos más visibles de este camino espiritual ha sido un cambio concreto en su modo de vivir la Misa. Roumie confiesa que la Pasión lo condujo a una conciencia mucho más viva de la presencia real de Cristo en la Eucaristía. Esa convicción interior lo llevó a comenzar a recibir la Comunión de rodillas y en la lengua, como expresión de reverencia ante el mismo Señor que sufrió en la Cruz.

Relata incluso un episodio incómodo en el que un sacerdote le pidió que se levantara al comulgar. Lejos de convertirlo en polémica, Roumie lo presenta como un momento de discernimiento personal, acompañado por su director espiritual, que reforzó su decisión de perseverar en una forma de recibir al Señor que considera coherente con su fe.

Para él, no se trata de una preferencia estética ni de una postura ideológica, sino de una respuesta concreta a una verdad creída: Cristo está realmente presente en el altar.

La Misa como actualización del sacrificio

En su testimonio aparece con claridad una comprensión profundamente católica: la Pasión no pertenece solo al pasado ni a una representación audiovisual, sino que se actualiza sacramentalmente en cada Misa. Lo que se contempla en la pantalla se hace presente —de modo incruento— sobre el altar.

Esta certeza explica por qué Roumie afirma que ya no puede “desconectar” durante la liturgia. La Cruz que interpretó vuelve a aparecer en cada celebración eucarística, obligándolo a una participación más consciente, más reverente y más exigente.

Ofrecer el sufrimiento: una espiritualidad clásica

Lejos de discursos psicológicos o motivacionales, Roumie concluye con una afirmación sencilla y exigente: todos sufren, y el sufrimiento solo encuentra sentido cuando se ofrece unido al de Cristo. Es, dice, la única manera de atravesarlo.

Ofrecerlo por otros, por la Iglesia, por las almas del purgatorio. No huir del dolor, sino redimirlo. Esta espiritualidad, profundamente católica y tradicional, no es para él una teoría aprendida, sino una práctica diaria que se ha vuelto inseparable de su vida de fe.

Una marca permanente

Roumie reconoce que esta etapa no se cerrará con el final de la serie. Necesita silencio, oración y tiempo para seguir asimilando lo vivido. Sabe que la experiencia lo ha configurado interiormente y que no desea desprenderse de ella, porque lo mantiene unido a Cristo incluso cuando los focos se apaguen.

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