En una maniobra que parece cuidadosamente coordinada entre el Gobierno y ciertos sectores de la Iglesia, se ha presentado el nuevo proyecto arquitectónico para el Valle de los Caídos. Un proyecto que, lejos de buscar la conservación o la reconciliación, es una profanación material de uno de los conjuntos monumentales más significativos de la cristiandad contemporánea.
A alguien le ha parecido buena idea que el diseño principal consista en abrir una enorme grieta que atraviese la explanada del Valle, culminando en la destrucción y desaparición de una de las obras escultóricas más valiosas del conjunto: la Piedad de Juan de Ávalos. Una pieza de valor incalculable, tanto por su simbolismo espiritual como por su relevancia artística, que corona el acceso a la basílica a los pies de la Cruz. Es, además, uno de los símbolos religiosos más potentes de todo el monumento: la Madre sosteniendo al Hijo muerto, expresión de dolor, redención y esperanza.
La comparación resulta inevitable: esta grieta evoca a las bombas de los talibanes que destruyeron los budas de Bamiyán. Aquellos fanáticos acabaron con siglos de arte y memoria cultural; hoy, en el corazón de Europa, España se enfrenta a un gesto de barbarie de parecida inspiración. No con explosivos, sino con el cincel ideológico y la picota del resentimiento.
En cuanto a la basílica, las declaraciones oficiales apenas ofrecen algo más que palabras vacías. Se habla de “mínimas intervenciones”, de “paneles informativos”, de “reinterpretar el espacio”. Pero nadie ofrece garantías reales sobre la preservación de su integridad litúrgica ni artística. Los rumores sobre la expulsión de la comunidad benedictina, custodios del lugar desde su fundación, se hacen cada vez más insistentes. Y la actitud de ciertos obispos —acorralados por escándalos sodomitas, dependientes del poder político y temerosos de la confrontación— no augura una defensa firme de lo sagrado.
Así, mientras el Gobierno avanza con una intervención arquitectónica de inspiración talibán, los custodios naturales del lugar son desalojados, las esculturas religiosas más emblemáticas son condenadas a la destrucción, y la basílica queda a merced de una “redefinición” sin límites ni garantías.
Esa grieta que quieren abrir en la explanada del Valle no es solo física. Es una metáfora del proyecto ideológico que se viene ejecutando desde hace años: abrir una fisura en la memoria, en la fe y en los cimientos mismos de la civilización cristiana española. Comenzaron profanando tumbas, siguieron desmantelando símbolos, y ahora buscan quebrar la piedra misma sobre la que se alza la Gran Cruz, signo monumental de la redención.
Pero esa grieta —como toda herida injusta— algún día habrá de repararse. Porque los pueblos que conservan memoria no toleran indefinidamente la ofensa. Lo que hoy se presenta como un ejercicio de “reinterpretación histórica” es, en realidad, un acto de barbarie cultural y espiritual, y como tal será recordado.
España contempla, en la Sierra de Madrid, su propio Bamiyán moderno: el intento de borrar lo sagrado bajo el pretexto del progreso. Pero la fe y la belleza —como las raíces profundas— resisten los golpes del tiempo y del odio. Y aunque hoy quieran abrir grietas en la piedra, no lograrán abrirlas en el alma de un pueblo que no olvida.
