Por qué Pavone

Por qué Pavone
Frank Pavone

La reducción al estado laical, sin apelación posible, del famoso sacerdote provida norteamericano Frank Pavone, director de Priests for Life, ha sembrado la indignación y el desconcierto en buena parte de la opinión católica estadounidense, que ya ha hecho correr ríos de tinta (o bytes) sobre el asunto.

Ahora, lo primero que hay que decir sobre el particular es que sabemos muy poco. La carta del nuncio no entra en demasiados detalles, y las explicaciones dadas por Pavone no dejan de ser confesión de parte, declaraciones de la persona interesada que hay que tomar ‘cum grano salis’. Que Pavone ha tomado decisiones impetuosas y poco sensatas parece evidente. Que lleva tiempo chocando con su obispo, al que debe obediencia, tampoco parece dudoso. Ni siquiera sabemos cuántas advertencias ha podido tener antes de ahora.

En principio, pues, lo más natural en un católico sería presumir que la legítima autoridad ha tomado esta decisión por razones de peso, y el carismático Pavone podría haberle dado razones suficientes. Y, sin embargo, la indignación pública está perfectamente justificada, incluso en el caso de que todo lo que dicen sobre él quienes han tomado la tajante decisión sea cierto, y esto por varias causas.

La primera es que pone de manifiesto algo de lo que ya hemos tratado en otras ocasiones, a saber, lo selectiva que es la ‘misericordia’ infinita de la que hace gala este pontificado. Que existe una doble vara de medir se hace cada día más patente, al igual que sucede con un diálogo predicado para las cuestiones más inconcebibles pero practicado solo con una parte del espectro eclesial.

Puede entenderse un régimen eclesial que opte por la misericordia a ultranza, incluso arriesgando así que se confunda a los fieles y se permitan los mayores desmanes. También sería comprensible otro que juzgara y sancionara con rigor cualquier conducta que pueda escandalizar o desviar a la feligresía. Lo que nadie entiende, en cambio, es la misericordia que se aplica con infinita indulgencia para unos -el sector progresista, para que se nos entienda-, mientras a los denigrados como ‘rígidos’ se les aplica directamente el látigo, sin abrir nunca el menor diálogo con ellos.

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