Cada palabra es un prejuicio

Cada palabra es un prejuicio

Cada palabra es un prejuicio. Nietzsche, con la elocuencia que le caracteriza, expresa en este aforismo de forma brillante una gran verdad, que es el poder del lenguaje para orientar nuestra manera de percibir y entender la realidad. Y, consiguientemente, el poder del lenguaje para
manipular las mentes de las masas en el sentido que convenga a las oligarquías gobernantes.

En 1984, obra cumbre de George Orwell, se desarrolla esta idea hasta sus últimas consecuencias. En el mundo distópico en el que transcurre esta novela, el todopoderoso Partido Estado fabrica una “neolengua” destinada a ir sustituyendo paulatinamente al viejo idioma, el inglés
común. La neolengua es un proceso de progresiva destrucción del lenguaje hasta llegar al punto de que a los súbditos les sea imposible razonar cualquier argumento contrario a la dominación política del Partido. La neolengua busca lograr un empobrecimiento intelectual tal, que por falta de la herramienta idiomática más elemental, se haga literalmente impensable cualquier heterodoxia
respecto a la ideología oficial.

El otro elemento del lavado cerebral orwelliano es el llamado “doblepensar”. Esta práctica consiste en la capacidad de sostener como verdaderas o como falsas dos proposiciones contradictorias en el mismo tiempo y en el mismo sentido, según interese al Partido. Hasta tal punto de que si el Partido en un determinado momento ordena que 2+2=5, se pueda sostener el error sin rubor alguno, y al momento siguiente defender que 2+2=3 si así lo impone la autoridad. Se llega al extremo del autoengaño sobre la existencia de una persona que ha sido “vaporizada”, o sea, borrada de la Historia por el Partido como si jamás hubiera nacido. Este racionalismo, llevado a sus últimas
consecuencias, queda condensado en las tres consignas del Partido:
a) La guerra es la paz.
b) La libertad es la esclavitud.
c) La ignorancia es la fuerza.

Puede parecernos harto exagerado el grado de desquiciamiento que Orwell describe, pero sus oscuros presagios se están cumpliendo en Occidente, tanto en lo social y político como en lo religioso. No se le escapará al perspicaz lector la íntima relación que el tema tratado en el presente artículo guarda con el precedente, titulado El Papa Francisco o el nombre de la rosa, hasta el punto de que debe entenderse como una continuación de aquél.

La realidad en sí, lo conocido por nuestro entendimiento y lo expresado por medio del lenguaje forman un todo armónico en la teoría del conocimiento realista, que no es un constructo filosófico artificioso, sino la descripción de la forma de conocer humana. O como Chesterton
apuntaba: “es la filosofía del sentido común que posee cualquier pastor de ovejas de Glasgow”.

Si somos capaces de conocer la realidad tal cual es, y también al mismo Dios por la fe y la razón, entonces nuestro lenguaje podrá comunicar la verdad objetiva que el entendimiento ha aprehendido, es decir, ha asimilado. En cambio, si nos dejamos arrastrar por alguna de las dos
grandes corrientes nominalistas, bien sea la sensualista, o bien la racionalista, necesariamente el lenguaje deja de estar al servicio de la verdad. Dicho lenguaje pasará a ser siervo de las ideologías, de los prejuicios, de la mentira y la manipulación institucionalizadas.

Traigamos como ejemplo, de nuevo, en el ámbito civil, a la Revolución Francesa y al racionalismo “ilustrado” que la precede y fundamenta. La tríada revolucionaria por excelencia, Libertad, Igualdad y Fraternidad, es un conjunto de nobles conceptos tomados de la tradición cristiana, pero pervertidos para darles un significado secularizado totalmente opuesto al original.

a) La libertad para elegir el bien, convertida en la soberanía absoluta de la voluntad para
elegir lo que le plazca.
b) La dignidad de toda persona creada por Dios “a Su imagen y semejanza”, degenerada en
el igualitarismo que abomina de todas las diferencias y jerarquías naturales entre los seres humanos.
c) La fraternidad cristiana, hermandad en Cristo por ser constituidos hijos en el Hijo,
transformada en la falsa fraternidad de la torre de Babel.

El fenómeno nominalista no ha hecho sino acrecentarse sin medida, promovido por las oligarquías dominantes, puesto que el corrompido y corruptor lenguaje actual es un poderoso instrumento de ingeniería social. Las palabras que expresan las ideas más sublimes se alteran para
acabar significando lo contrario de su sentido original, conservando, no obstante, todas sus connotaciones positivas. Sirvan como ejemplo los ya citados de la tríada revolucionaria. O bien, términos que designan virtudes, se cargan de connotaciones negativas para volverlas odiosas, como ocurre con la religión, el matrimonio o la castidad. Por último, algunos conceptos se vuelven equívocos, es decir, se les vacía de contenido para poder rellenar el significante con significados ambiguos y connotaciones incluso contrapuestas, dependiendo de la ideología que los utilice. Esto ocurre con el término político “liberal”, que dependiendo de quien lo utilice puede suponer desde el más elevado de los elogios al más ofensivo de los insultos.

Toda la confusión lingüística que se ha fomentado, tiene como objetivo el control de las mentes, sin que sus víctimas sospechen siquiera de la existencia de las cadenas que las aprisionan. Aparentemente, se disfruta de libertad de pensamiento y de expresión. Puede votarse al partido que se prefiera, ser de izquierdas o de derechas. Pero no hay que indagar mucho para darse cuenta de que nos hallamos ante una libertad de cartón piedra. Cualquier discurso que no encaje dentro de los parámetros del pensamiento único queda relegado al ostracismo y sus defensores condenados a la muerte social. Igualmente ocurre con los medios de comunicación, que, simulando pluralidad, reproducen fielmente el discurso dictado por los intereses de las elites. Ya no hace falta debatir con los disidentes de la dictadura relativista para dejarlos en mal lugar. El propio lenguaje corriente, trastornado por la propaganda de las ideologías, se encarga de desautorizarlos ante la masa, sin
necesidad de entrar a considerar el fondo de los pensamientos discrepantes.

Este fenómeno se ha replicado también en el ámbito eclesiástico. Cuando aún no imperaba el nominalismo en sus dos ramas, el lenguaje eclesial se caracterizaba por su concisión y precisión. Cada término utilizado en teología, liturgia y moral tenía asignado un sentido muy concreto y definido. Esta precisión es imprescindible para poder hacer una reflexión teológica seria, y así poder ahondar nuestra comprensión de la Revelación sin desviarnos de la verdad. Esta es la razón por la que la Iglesia no dudó en apropiarse de vocablos filosóficos de la tradición griega y del derecho romano. Es más, se ha apoyado en la filosofía perenne de base aristotélica para asentar con
firmeza el edificio imponente del saber teológico.

Así pues, no solo los términos de la ciencia teológica, sino también los magisteriales, los litúrgicos y los catequéticos, han permanecido estables a lo largo de los siglos. La reflexión teológica fue afinando con el paso del tiempo la terminología. El magisterio se limitaba
simplemente a definir las verdades de razón y de fe cuando éstas se veían amenazadas por diversas herejías. Posteriormente, los catecismos recogieron de una manera sencilla pero rigurosa el contenido esencial de la fe y moral católicas con los que los cristianos estaban familiarizados.

Al infiltrarse el nominalismo en la Iglesia, dicha estabilidad lingüística fue reemplazada por una “neolengua eclesial”. Las nuevas corrientes teológicas abogaron por alterar los términos teológicos tradicionales, que construían también el lenguaje litúrgico y magisterial, con la excusa de que ya no eran comprensibles para el hombre moderno. Su pretensión consistía en deformar la fe misma, para adaptarla al pensamiento ya predominante en la sociedad, en lugar de predicar la fe para cristianizar el mundo.

Al triunfar el nominalismo en el Vaticano II, se percibe con claridad la abismal diferencia en el lenguaje utilizado antes y después de dicho concilio. Todavía no se ha llegado al punto de renunciar a las profesiones de fe tradicionales heredadas de los concilios de Nicea y Constantinopla para formular otras nuevas, como postulaban supuestos “teólogos católicos» de la relevancia de Karl Rahner, el nominalista-racionalista por excelencia más influyente de la era posconciliar. Ahora bien, es patente la manipulación del lenguaje en todos los ámbitos eclesiales.

En los textos conciliares, contrariamente a todo el magisterio precedente, se optó por adoptar una ambigüedad tan calculada como envenenada que sembrara el caos posterior reinante hasta el día de hoy.

En teología, se ha abandonado no solo la terminología precisa que se había ido asentando con el poso de los siglos, sino también cualquier método científico, cualquier argumentación ordenada y exposición lógica. La consecuencia está a la vista. La teología ha devenido en mero
flatus vocis, charlatanería en el mejor de los casos, cuando no en un panegírico de toda clase de herejías.

En el magisterio, se percibe meridianamente la tendencia a crecer más y más en extensión, disminuyendo a la vez en precisión, orden y profundidad. Con el papa Francisco, el magisterio ha caído en un descrédito lamentable, al entrar a dirimir asuntos que no le conciernen, con criterios políticos izquierdistas y sociologistas ajenos a la fe. Además, ha entrado en contradicción con el magisterio previo en numerosos puntos. Mantiene, sin embargo, una vaguedad e indeterminación manifiestas para que las contradicciones no sean tan llamativas, abiertas e innegables.

En la liturgia, la misa nueva eliminó el 86% de las oraciones del antiguo misal romano, reduciendo al mínimo la presencia de nociones como pecado, penitencia, reparación, sacrificio, justicia e ira divinas, milagros, purgatorio, etc. La gran mayoría del misal Novus Ordo Missae
(NOM) es una invención de laboratorio fraguada por un “comité de expertos”, con desprecio horrorizado de la riquísima tradición litúrgica consolidada a lo largo de veinte siglos. En el oficio divino, se mutiló la Palabra de Dios para censurar los versículos incómodos para la mentalidad moderna. Asimismo, los textos de los Santos Padres que se rezaban en el breviario fueron segados en su mayor parte, especialmente aquellos que incidían en la perfidia del pueblo judío, en su responsabilidad en la muerte de Nuestro Señor y en la maldad de los herejes.

La catequesis y la predicación se han hundido en la insustancialidad propia de la teología posmoderna. Incontables homilías, catequesis y charlas “formativas” se limitan a repetir una serie de lugares comunes, sin transmitir ningún contenido objetivo sobre la fe y moral católicas. Al mismo tiempo, la jerarquía eclesiástica oculta su absoluto fracaso vital con palabras triunfalistas, y estadísticas trucadas. A los realistas los llaman catastrofistas; a los católicos fieles, rígidos fariseos; a los apóstatas, hijos de Dios. Se pregona la misericordia y la escucha atenta, mientras hipócritamente se persigue a todo lo que huela a Tradición.

En pocas palabras, la jerarquía posconciliar ha abominado del lenguaje multisecular de la Iglesia, para minar por medio de la “neolengua clerical” la esencia de la fe y moral católicas, que tanto molestan a los amos globalistas. Esta es la razón por la que los católicos que se empeñan en conservar el lenguaje tradicional de la Iglesia, tan políticamente incorrecto en la posmodernidad que sufrimos, son ridiculizados y señalados por la clerigalla apóstata como peligrosos ultras trasnochados. No es de extrañar. El funcionariado eclesiástico vive instalado en la dictadura de lo políticamente correcto, cómodamente sometido a los presupuestos mundialistas y esclavo de sus componendas con el mundo. A esta terrible servidumbre quieren someter a todos los miembros de la Iglesia. Para lograr este inicuo objetivo, el lenguaje tradicional es un gran enemigo a batir.

No desesperemos. De Nuestro Señor Jesucristo no solo nos queda el Nombre. La Palabra no es un prejuicio, sino el Verbo eterno del Padre, la Verdad que no perecerá jamás.

El Abate Faria

El Papa Francisco o el nombre de la rosa

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