Nuestra Revolución Francesa fue el Vaticano II, aunque obviamente, el desastre se fue fraguando lentamente mucho antes.
Stat rosa pristine nomine, nomina nuda tenemus. Así concluye la famosa novela de Umberto Eco “El nombre de la rosa”. O lo que viene a ser lo mismo, “permanece la rosa puramente en el nombre, tenemos nombres desnudos”. Umberto Eco, que a lo largo de su obra nos va desgranando las disputas intelectuales del siglo XIV, no podía concluirla de un modo más coherente con su desarrollo. En ella se retrata al defensor del realismo filosófico, el monje ciego Jorge de Burgos, como un fanático religioso. En cambio, el protagonista fray Guillermo de Baskerville, cuyo nombre es clara referencia a Guillermo de Ockham, uno de los más destacados miembros de la escuela nominalista, es presentado como el hombre tolerante y sabio que no se cree en posesión absoluta de la verdad. La frase final de la obra es la síntesis del pensamiento del autor, un adalid de la posmodernidad.
Cabe preguntarse qué nos importa a nosotros que en el siglo XIV discutieran las mentes preclaras de la época sobre si los nombres de las cosas expresan de alguna manera la esencia de lo que denominan (postura realista) o si bien solo tenemos “nombres desnudos”, es decir, que las palabras son pura convención humana para podernos entender unos con otros, sin expresar en forma alguna la esencia de lo que significan (postura nominalista). Se podría pensar que son cuestiones bizantinas que en nada nos afectan en nuestra sociedad y nuestra Iglesia. Pero muy al contrario, el nominalismo es el fundamento de la sociedad occidental, del Estado moderno y de la Iglesia posconciliar.
El nominalismo, versión medieval de los sofistas griegos, no es otra cosa que la negación de la capacidad humana de conocer la verdad. El entendimiento humano sería incapaz de alcanzar a un verdadero saber sobre la naturaleza de las cosas, quedándonos únicamente en un conocimiento superficial: aquello que nuestros sentidos alcanzan a percibir es lo único real para nosotros. Lo demás que está en nuestra cabeza (conceptos, razonamientos) serían puras construcciones mentales sin conexión con la realidad.
Las consecuencias del nominalismo son devastadoras. Al negarse la verdad objetiva, o sea, al reducirla a opinión (y por lo tanto, pueden sostenerse como verdad a la vez dos proposiciones contradictorias) y al minusvalorarse el poder de la razón humana, necesariamente se erige la voluntad como una dictadora implacable. Ésta ya no tiene por qué orientarse al bien razonable que le presenta el entendimiento, sino que quedará esclava de sí misma y de lo que los sentidos y los sentimientos le ponen por delante. La libertad degenera en libertinaje. La naturaleza humana deja de existir para el nominalista, sustituyéndose la verdad, la ética, la moral y la Ley divina por diferentes ideologías, todas ellas totalitarias, porque solo se cimientan el poder, en el voluntarismo. Ideologías todas que, de una manera u otra, prometen forjar “un hombre nuevo”, un paraíso sin Dios. La fe en Dios queda relegado a una elección privada totalmente irrelevante en la práctica, en lugar de estimarlo como Quien es, la Causa primera y nuestro último fin. En religión, el nominalismo acaba en el modernismo, es decir, en la negación de Dios inmutable y de la Verdad revelada, corrompiéndose la fe, en el fondo, en una ideología más, moldeable al gusto de la voluntad dictatorial y servil a la vez y a las conveniencias del momento. En resumen, se acaba cayendo en un antropocentrismo salvaje, y más adelante en el más burdo nihilismo y destrucción de la propia humanidad, por negación de sí misma.
El nominalismo ha tenido muchísimos hijos a lo largo de la historia. Tal vez el primer gran triunfo fue la extensión del luteranismo. Lutero llamará a la razón “la ramera del diablo”, reducirá la fe a puro acto de voluntad y acabará por reducir el contenido de esa fe a lo que cada uno quiera en virtud del principio de la libre interpretación de la Escritura. De ahí las múltiples sectas protestantes. Pero la consagración definitiva del nominalismo en nuestro entorno se dará en la Revolución Francesa, a la postre heredera en muchos aspectos del protestantismo, que por las razones ya explicadas se convierte en una religión secularizada antropocéntrica.
La Revolución bebe de los ideales liberales de Locke, Rousseau y otros “ilustrados”. “Ilustrados”, entre comillas. Porque si bien el nominalismo puede tomar el derrotero de una exaltación pura de la voluntad por sí misma, con desprecio de la razón (como el luteranismo, o de manera aún mas explícita, Nietzsche o Schopenhauer), puede tomar también el camino del racionalismo, que es propio del mal llamado siglo de las luces. El racionalismo viene a afirmar la desconexión entre el conocimiento sensible y la razón. Para el racionalista, el conocimiento sensible carece de valor, y entroniza las ideas de la razón pura como el verdadero conocimiento. Aquí el error radica en obviar que el entendimiento extrae la verdad de las cosas por la mediación ineludible de los datos que nos facilitan nuestros sentidos. La razón racionalista, aparentemente ensalzada por encima de la voluntad, en verdad está encerrada en sí misma y sus ideas totalmente desenlazadas de la realidad exterior, e incluso desligadas de la razón misma. Por eso, la idea mental del racionalista es igualmente ideología, ya que el racionalista no adecua el entendimiento a la verdad de las cosas, sino que trata de encajar la realidad de las cosas a la idea. Esta es la causa de que la razón del racionalista, creyendo endiosar a la Razón en un altar, paradójicamente la encierran en una oscura celda, con la Voluntad como carcelera.
La idea revolucionaria liberal nominalista-racionalista se condensa en el abandono de toda ley divina y natural como fundamento y límite del poder político, haciendo soberano absoluto a la “voluntad general”, a la “nación”. De aquí nacerán los Estados modernos actuales que, bien con la piel de lobo de dictaduras de izquierdas o de derechas, bien con la piel de cordero de las democracias liberales, todos olvidan su fin que es la consecución del bien común, y favorecer la vida virtuosa de los gobernados, colaborando así en el orden natural a la salvación de las almas. Así, se convierten en voraces estructuras, cada vez más gigantescas y opresivas, donde el fin del poder es el poder mismo, y en lugar del bien común se persigue acomodar las cabezas de los gobernados a las ideologías imperantes, como instrumento de dominación mental y forma de perpetuarse ciertas elites en el poder. Se quiere forjar a ese “hombre nuevo” y la “sociedad nueva”, sea esta comunista, o multicultural relativista con evidente desprecio de la naturaleza humana, del pasado, de lo que hemos recibido de nuestros ancestros. Toda ideología abomina la tradición, de la historia, o bien la deforman a su conveniencia, para, desarraigando a sus víctimas de la familia, de la patria, de sus costumbres e incluso de sí mismos, se conviertan en pobres hombres fanatizados, que creyendo que son libres, son meros títeres obedientes del poder. En definitiva, la sociedad aherrojada manipulada hasta ser absorbida por el Estado, en lugar del Estado al servicio de la sociedad. La voluntad de poder de los gobernantes antes que el bien de los gobernados.
Enfocando nuestra atención en la Iglesia, nuestra Revolución Francesa fue el Vaticano II, aunque obviamente, el desastre se fue fraguando lentamente mucho antes. El modernismo, descendiente directo del nominalismo, se fue infiltrando poco a poco a lo largo del siglo XIX y XX. Asimismo, la forma totalitaria revolucionaria de gobierno, en cierto modo, fue calando en el seno de la Iglesia, que ya desde el siglo XIX fue sufriendo un proceso de estatalización. Signos de este proceso son el crecimiento de la figura del papado hasta límites antes desconocidos, así como la inflación del Magisterio hasta confundirlo con la Tradición (“la Tradición soy yo», exclamó Pío IX) , el recurso cada vez mayor a la ley canónica positiva, en detrimento de la costumbre como fuente del derecho o la apelación a la autoridad y a la obediencia, antes que a la verdad incluso para fines buenos.
Mientras el modernismo estuvo contenido, el proceso de estatalización no supuso graves males para la Iglesia. Se tenía claro, a pesar de todo, la naturaleza y misión divinas de la Iglesia, la necesidad de sujetarse a la ley de Dios y de perseguir la salvación de las almas. Pero al alzarse con el poder el modernismo nominalista oficialmente en el concilio y posconcilio, el proceso de conversión de las estructuras eclesiales en algo similar a las estructuras de poder del Estado moderno se ha acelerado hasta puntos insospechados al dia de hoy. Al haber apostatado buena parte de la jerarquía eclesiástica de la fe, optando por la ideología progresista o conservadora, pero ambas revolucionarias y hondamente anticatólicas, su misión se reduce a mantener la propia estructura de poder. El nominalismo, tanto en su versión sensualista (sentimentalismo religioso, indiferentismo, falso ecumenismo), como racionalista (ideologías conservadora y progresista, absolutización del poder de los obispos y del papa, el derecho trocado por la arbitrariedad del funcionario eclesiástico de turno, pastoralismo de despacho sin nexo con la situación eclesial, etc.) infectan el día a día de la Iglesia militante actual, hasta el punto de que, sin dejar de ser la Esposa de Cristo, sus estructuras humanas trabajen activamente por la descristianización de la sociedad en lugar de por la cristianización.
Por todo lo expuesto, no nos extrañe que en el Papa Francisco no rija el principio de no contradicción. O que diga o mande una cosa y su contradictoria. O que ejerza el poder despóticamente, promulgando leyes abiertamente injustas, sin consideración a la salvación de las almas. O que su grandes preocupaciones sean la ecología y la fraternidad universal masónicas (aquí tenemos presente el paraíso sin Dios). Es un político profundamente nominalista que gobierna unas estructuras estatalizadas, depravadas, secularizadas, antropocéntricas, nihilistas y por eso necesariamente estériles.
Afortunadamente, de Nuestro Señor Jesucristo no nos queda solo el Nombre.
El Abate Faria