El Papa Francisco o el nombre de la rosa

Por el Abate Faria Papa Francisco nombre rosa
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Nuestra Revolución Francesa fue el Vaticano II, aunque obviamente, el desastre se fue fraguando lentamente mucho antes.

Stat rosa pristine nomine, nomina nuda tenemus. Así concluye la famosa novela de Umberto Eco “El nombre de la rosa”. O lo que viene a ser lo mismo, “permanece la rosa puramente en el nombre, tenemos nombres desnudos”. Umberto Eco, que a lo largo de su obra nos va desgranando las disputas intelectuales del siglo XIV, no podía concluirla de un modo más coherente con su desarrollo. En ella se retrata al defensor del realismo filosófico, el monje ciego Jorge de Burgos, como un fanático religioso. En cambio, el protagonista fray Guillermo de Baskerville, cuyo nombre es clara referencia a Guillermo de Ockham, uno de los más destacados miembros de la escuela nominalista, es presentado como el hombre  tolerante y sabio que no se cree en posesión absoluta de la verdad. La frase final de la obra es la síntesis del pensamiento del autor, un adalid de la posmodernidad.

Cabe preguntarse qué nos importa a nosotros que en el siglo XIV discutieran las mentes preclaras de la época sobre si los nombres de las cosas expresan de alguna manera la esencia de lo que denominan (postura realista) o si bien solo tenemos “nombres desnudos”, es decir, que las palabras son pura convención humana para podernos entender unos con otros, sin expresar en forma alguna la esencia de lo que significan (postura nominalista). Se podría pensar que son cuestiones bizantinas que en nada nos afectan en nuestra sociedad y nuestra Iglesia. Pero muy al contrario, el nominalismo es el fundamento de la sociedad occidental, del Estado moderno y de la Iglesia posconciliar.

El nominalismo, versión medieval de los sofistas griegos, no es otra cosa que la negación de la capacidad humana de conocer la verdad. El entendimiento humano sería incapaz de alcanzar a un verdadero saber sobre la naturaleza de las cosas, quedándonos únicamente en un conocimiento superficial: aquello que nuestros sentidos alcanzan a percibir es lo único real para nosotros. Lo demás que está en nuestra cabeza (conceptos, razonamientos) serían puras construcciones mentales sin conexión con la realidad.

Las consecuencias del nominalismo son devastadoras. Al negarse la verdad objetiva, o sea, al reducirla a opinión (y por lo tanto, pueden sostenerse como verdad a la vez dos proposiciones contradictorias) y al minusvalorarse el poder de la razón humana, necesariamente se erige la voluntad como una dictadora implacable. Ésta ya no tiene por qué orientarse al bien razonable que le presenta el entendimiento, sino que quedará esclava de sí misma y de lo que los sentidos y los sentimientos le ponen por delante. La libertad degenera en libertinaje. La naturaleza humana deja de existir para el nominalista, sustituyéndose la verdad, la ética, la moral y la Ley divina por diferentes ideologías, todas ellas totalitarias, porque solo se cimientan el poder, en el voluntarismo. Ideologías todas que, de una manera u otra, prometen forjar “un hombre nuevo”, un paraíso sin Dios. La fe en Dios queda relegado a una elección privada totalmente irrelevante en la práctica, en lugar de estimarlo como Quien es, la Causa primera y nuestro último fin. En religión, el nominalismo acaba en el modernismo, es decir, en la negación de Dios inmutable y de la Verdad revelada, corrompiéndose la fe, en el fondo, en una ideología más, moldeable al gusto de la voluntad dictatorial y servil a la vez y a las conveniencias del momento. En resumen, se acaba cayendo en un antropocentrismo salvaje, y más adelante en el más burdo nihilismo y destrucción de la propia humanidad, por negación de sí misma.

El nominalismo ha tenido muchísimos hijos a lo largo de la historia. Tal vez el primer gran triunfo fue la extensión del luteranismo. Lutero llamará a la razón “la ramera del diablo”, reducirá la fe a puro acto de voluntad y acabará por reducir el contenido de esa fe a lo que cada uno quiera en virtud del principio de la libre interpretación de la Escritura. De ahí las múltiples sectas protestantes. Pero la consagración definitiva del nominalismo en nuestro entorno se dará en la Revolución Francesa, a la postre heredera en muchos aspectos del protestantismo, que por las razones ya explicadas se convierte en una religión secularizada antropocéntrica.

La Revolución bebe de los ideales liberales de Locke, Rousseau y otros “ilustrados”. “Ilustrados”, entre comillas. Porque si bien el nominalismo puede tomar el derrotero de una exaltación pura de la voluntad por sí misma, con desprecio de la razón (como el luteranismo, o de manera aún mas explícita, Nietzsche o Schopenhauer), puede tomar también el camino del racionalismo, que es propio del mal llamado siglo de las luces. El racionalismo viene a afirmar la desconexión entre el conocimiento sensible y la razón. Para el racionalista, el conocimiento sensible carece de valor, y entroniza las ideas de la razón pura como el verdadero conocimiento. Aquí el error radica en obviar que el entendimiento extrae la verdad de las cosas por la mediación ineludible de los datos que nos facilitan nuestros sentidos. La razón racionalista, aparentemente ensalzada por encima de la voluntad, en verdad está encerrada en sí misma y sus ideas totalmente desenlazadas de la realidad exterior, e incluso desligadas de la razón misma. Por eso, la idea mental del racionalista es igualmente ideología, ya que el racionalista no adecua el entendimiento a la verdad de las cosas, sino que trata de encajar la realidad de las cosas a la idea. Esta es la causa de que la razón del racionalista, creyendo endiosar a la Razón en un altar, paradójicamente la encierran en una oscura celda, con la Voluntad como carcelera.

La idea revolucionaria liberal nominalista-racionalista se condensa en el abandono de toda ley divina y natural como fundamento y límite del poder político, haciendo soberano absoluto a la “voluntad general”, a la “nación”.  De aquí nacerán los Estados modernos actuales que, bien con la piel de lobo de dictaduras de izquierdas o de derechas, bien con la piel de cordero de las democracias liberales, todos olvidan su fin que es la consecución del bien común, y favorecer la vida virtuosa de los gobernados, colaborando así en el orden natural a la salvación de las almas. Así, se convierten en voraces estructuras, cada vez más gigantescas y opresivas, donde el fin del poder es el poder mismo, y en lugar del bien común se persigue acomodar las cabezas de los gobernados a las ideologías imperantes, como instrumento de dominación mental y forma de perpetuarse ciertas elites en el poder. Se quiere forjar a ese “hombre nuevo” y la “sociedad nueva”, sea esta comunista, o multicultural relativista con evidente desprecio de la naturaleza humana, del pasado, de lo que hemos recibido de nuestros ancestros. Toda ideología  abomina la tradición, de la historia, o bien la deforman a su conveniencia, para, desarraigando a sus víctimas de la familia, de la patria, de sus costumbres e incluso de sí mismos, se conviertan en pobres hombres fanatizados, que creyendo que son libres, son meros títeres obedientes del poder. En definitiva, la sociedad aherrojada  manipulada hasta ser absorbida por el Estado, en lugar del Estado al servicio de la sociedad. La voluntad de poder de los gobernantes antes que el bien de los gobernados.

Enfocando nuestra atención en la Iglesia, nuestra Revolución Francesa fue el Vaticano II, aunque obviamente, el desastre se fue fraguando lentamente mucho antes. El modernismo, descendiente directo del nominalismo, se fue infiltrando poco a poco a lo largo del siglo XIX y XX. Asimismo, la forma totalitaria revolucionaria de gobierno, en cierto modo, fue calando en el seno de la Iglesia, que ya desde el siglo XIX fue sufriendo un proceso de estatalización. Signos de este proceso son el crecimiento de la figura del papado hasta límites antes desconocidos, así como la inflación del Magisterio hasta confundirlo con la Tradición (“la Tradición soy yo», exclamó Pío IX) , el recurso cada vez mayor a la ley canónica positiva, en detrimento de la costumbre como fuente del derecho o la apelación a la autoridad y a la obediencia, antes que a la verdad incluso para fines buenos.

Mientras el modernismo estuvo contenido, el proceso de estatalización no supuso graves males para la Iglesia. Se tenía claro, a pesar de todo, la naturaleza y misión divinas de la Iglesia, la necesidad de sujetarse a la ley de Dios y de perseguir la salvación de las almas. Pero al alzarse con el poder el modernismo nominalista oficialmente en el concilio y posconcilio, el proceso de conversión de las estructuras eclesiales en algo similar a las estructuras de poder del Estado moderno se ha acelerado hasta puntos insospechados al dia de hoy. Al haber apostatado buena parte de la jerarquía eclesiástica de la fe, optando por la ideología progresista o conservadora, pero ambas revolucionarias y hondamente anticatólicas, su misión se reduce a mantener la propia estructura de poder. El nominalismo, tanto en su versión sensualista (sentimentalismo religioso, indiferentismo, falso ecumenismo), como racionalista (ideologías conservadora y progresista, absolutización del poder de los obispos y del papa, el derecho trocado por la arbitrariedad del funcionario eclesiástico de turno, pastoralismo de despacho sin nexo con la situación eclesial, etc.) infectan el día a día de la Iglesia militante actual, hasta el punto de que, sin dejar de ser la Esposa de Cristo, sus estructuras humanas trabajen activamente por la descristianización de la sociedad en lugar de por la cristianización.

Por todo lo expuesto, no nos extrañe que en el Papa Francisco no rija el principio de no contradicción. O que diga o mande una cosa y su contradictoria. O que ejerza el poder despóticamente, promulgando leyes abiertamente injustas, sin consideración a la salvación de las almas. O que su grandes preocupaciones sean la ecología y la fraternidad universal masónicas (aquí tenemos presente el paraíso sin Dios). Es un político profundamente nominalista que gobierna unas estructuras estatalizadas, depravadas, secularizadas, antropocéntricas, nihilistas y por eso necesariamente estériles.

Afortunadamente, de Nuestro Señor Jesucristo no nos queda solo el Nombre.

 

El Abate Faria

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Comentarios
25 comentarios en “El Papa Francisco o el nombre de la rosa
  1. Exactamente, son básicamente lo mismo. Aquí eso no se ha entendido, y así les va, a veces glorificando al renunciador como verdadero pontifice, a veces reclamando que los trapos sucios se laven en casita, a veces amenazando con un Jesus que al parecer solo puede actuar de verdad en el reino de la muerte, dónde ajustará cuentas con los que, de vivos, son «santidades». Así viven, en la más odiosa tiniebla, creyendo ser iluminados.

    1. Vaya patochada de argumento: no creer en un «Jesus que al parecer solo puede actuar de verdad en el reino de la muerte» ni soluciona los problemas del mundo, ni la injusticia, ni la impunidad. Así que, no sé dónde está su «iluminación» (indemostrable e indemostrada), que además no le librará de ese Jesús (la verdad no cambia porque uno la niegue). Entonces verá que el mundo de la impunidad en el que usted cree era falso, fruto de las tinieblas en las que vive. Quien elige tinieblas, tendrá tinieblas.

  2. Un estudio y exposición que merece ser leido meticulosamente y por ello agradecer la publicación.
    La verdad integra se encuentra en la Santa Iglesia, no en esa pantomima falsa que figura como cupula visible de jerarquia que hoy en dia siguen los errores descritos.
    Los Iscariotes actuales son muchos, ya huelen a podredumbre inservible y están desacreditados.
    Recemos por la Iglesia fiel, la Iglesia Santa, la Iglesia de Nuestro Señor Jesucristo.

  3. El Nombre de la Rosa es una novela muy bien escrita, muy bien estructurada y muy anticristiana, cuyo protagonista «demuestra» en un momento dado que Dios no existe. Jorge, el «villano», es un monje que sostiene la verdad absoluta, nunca relativa. Eco lo construye como una persona ciega. No sólo en el sentido físico, sino para mostrar que ese monje no se abre más que a una sola verdad, y por tanto, permanece ciego a las «otras verdades». La novela no deja escapar la oportunidad de mostrar a algún monje sodomita con predilección por jovencitos efebos, así como a otros monjes que abusan sexualmente de campesinas a cambio de comida. En otro momento muestra a un monje obsesionado con los pechos de la Virgen. En fin, una novela muy bien escrita, eso sí, con un ritmo que no decae y que tras leérsela de un tirón se puede decir: «Satanás no habría destilado tanto odio por la Religiónr».

    1. Eso mismo pensè al leerla, y todo se muestra màs claramente en la pelìcula… como en la tan obvia apelaciòn al odio con la quema de la supuesta bruja…trayendo a cuento los eternos falsos cargos de crueldad e inhumanidad de la Iglesia Catòlica. «Cuando habla la ignorancia, la inteligencia se retira…»

  4. Me encanta el final del artículo: «De nuestro Señor Jesucristo no nos queda solo el nombre.» Es una clara alusión, a la inversa, respecto a la pérfida novela de Umberto Eco, que por cierto fue muy aclamada por la Iglesia profunda.
    Los errores del Vaticano II, y pontificados decadentes como el de Pablo VI y sobre todo el de Francisco, no podrán derrotar a la Iglesia. ¡Christus vincit!

  5. La curiosidad mató al gato. Cuanta obra nociva ha llevado a cristianos a perder la fe, por no saber apartarse de esa basura, que se sabe a priori que lo es, pero hay que ser modernos y tragarse toda la bazofia del mundo que al final indigesta y te mata. Igual le pasó a tantos afrancesados españoles que durante el siglo XVIII se atiborraron de las obras de los gárrulos sofistas franceses, que hoy yacen llenos de polvo y polilla en un rincón de la historia, y acabaron trayendo la revolución liberal y tres guerras carlistas. 250 años todavía no hemos tocado fondo,.

  6. «Enfocando nuestra atención en la Iglesia, nuestra Revolución Francesa fue el Vaticano II…Al haber apostatado buena parte de la jerarquía eclesiástica de la fe, optando por la ideología progresista o conservadora, pero ambas revolucionarias y hondamente anticatólicas, su misión se reduce a mantener la propia estructura de poder.»

    Como lean esto los de Infocatolica, que apoyan el CVII, empiezan a botar espuma por la boca….

    1. Para que el proceso de descristianización se acelerara lo máximo, junto a los documentos heréticos del concilio, que lo eran casi todos, el anti papa Pablo VI, decidió darle el tiro de gracia al pueblo cristiano, prohibiendo para siempre el llamado INDEX LIBRORUM PROHIBITORUM para que pudieran engolfarse en el mal libremente, bajo las órdenes de la masonería, que había perseguido esta medida desde hacia siglos, en base a su sagrado derecho al libre pensamiento. Desde entonces, junto a la supresión de la unidad católica y la promoción de la libertad de cultos, la jerarquía emprendió una campaña suicida nunca vista, para destruir su magisterio milenario y provocar la apostasía generalizada. Esta situación no ha hecho nada mas que empeorar en los últimos tiempos. Hoy ya no es posible distinguir a la jerarquía con una logia masónica que se precie, donde se adora al hombre auto erigido como dios.

  7. Es curioso y llamativo el lenguaje agresivo que se utiliza por estos lados. «Ecclesia semper reformanda». Esos es todo. Las bases son la Escritura y la Tradición. Y su máxima expresión para nosotros es el Concilio Ecuménico Vaticano II y la palabra fresca y oportuna que actualiza el mensaje evangélico es la de Francisco y sus documentos. Releamos esos documentos y se renovará nuestra mente y nuestro corazón. Ni okhamismo ni modernismo, solo la fuerza del Espíritu siempre actuante. Pero hace falta humildad. La crisis de la Iglesia actual no es ideológica sino moral: los abusos a menores son el mayor escándalo de la jerarquía eclesiástica de todos los tiempos. Las ideas están en los libros; siempre serán discutibles y aproximadas; la moral del Evangelio es el amor, el perdón y la misericordia.

    1. «…la palabra fresca y oportuna que actualiza el mensaje evangélico es la de Francisco y sus documentos»

      ¿»Palabra fresca y oportuna» los disparates de Francisco? Usted bromea. Documentos como «Amoris laetitia» no «actualizan» ningún mensaje evangélico: lo contradicen completamente, como también contradicen el magisterio de los 265 Papas anteriores.

      «los abusos a menores son el mayor escándalo de la jerarquía eclesiástica de todos los tiempos»

      En absoluto. El mayor escándalo de una parte significativa de la jerarquía actual es la falta de fe. Lo que usted señala es una consecuencia (una de tantas), no la causa.

      «la moral del Evangelio es el amor, el perdón y la misericordia»

      La moral del evangelio es cumplir los Mandamientos, que comienzan por el amor a Dios; y a los demás, sólo por Dios. El perdón y la misericordia no se dan sin la justicia. No hay ni una cosa ni la otra para quien no se arrepiente, aunque usted evite decirlo.

    2. Precisamente el turbión de los abusos sexuales del clero se ha desatado a partir del post-Concilio. Y los perpetradores han sido, por goleada, las órdenes y congregaciones más progresistas, a saber: jesuitas, salesianos, maristas, escolapios, Montserrat… Parece mentira que no haya hojeado las investigaciones del diario «El País».

  8. Tostón, no nos tome el pelo, que ya estamos mas quemados que la pipa de un indio. Que la base del concilio es el Evangelio y la Tradición, deje fumar porros, la base del concilio son las ideologías sectarias que dieron lugar a la Revolución francesa, y que derrocaron a Cristo e instauraron como diosa a la razón, todas condenadas por la iglesia hasta que fueron rehabilitadas por Pablo VI y el concilio masónico. La crisis del concilio es primeramente moral, por haber rechazado a la Ley de Dios para instaurar las ideologías perversas del siglo XIX. Y en donde, por cierto, el Espíritu Santo está ausente, por que no puede haber inspirado las herejías del mundo en el concilio.

  9. El voluntarismo de los nominalistas viene de considerar el orden y los mandamientos como la voluntad de Dios, no sujeta a ningúna razón universal de fondo, ya que según ellos, ni la hay ni la puede haber. Si Dios hubiera puesto el mandamiento de Matar en vez de no matar, entonces deberíamos matarnos unos a otros con la misma devoción. Es evidente que hay razones objetivas para que las cosas sean como son y la razón de este ejemplo se puede encontrar claramente.

    Cuando falla la concupiscencia, la voluntad de Dios pasa a ser la voluntad «interprete de Dios» es decir al hereje iluminado; el Lutero de turno.

    Y cuando falla la fe, ya en la ilustración, la voluntad que se hace verdad se traslada desde Dios al ser humano que decide. Es decir, pasa a ser la voluntad del que manda via la correspondiente ideología que impone a los demás sin ningún freno de ninguna moral universal.

  10. Un autor tan celebrado y para mi gusto, bastante coñazo, solo puede llegar a donde ha llegado siendo anticristiano y sirviendo a la ideología los que mandan.

  11. Francisco Tostón de la Calle

    Dice usted: «y la palabra fresca y oportuna que actualiza el mensaje evangélico es la de Francisco y sus documentos»

    Esta usted de coña?

    Le parece a usted oportuno que en la Amoris Laetitia Bergogloio afirme y despues se ratitique en que se puede comulgar en pecado y sin arrepentimiento? Le parece usted oportuno que trate el adulterio como si no fuese pecado? Le parece a usted oportuno que se cargue de un plumazo la confesión y el matrimonio?
    Si quiere contestar conteste o si no no, pero por favor no lo haga con majaderías.

  12. No inventen. Lean despacio y no pongan palabras en boca del papa Francisco que él no ha pronunciado. Y para no traicionar su pensamiento, hagan citas literales. No perderé mi tiempo contestando cosas discutibles, pero reafirmo que el problema de los abusos a menores y jóvenes en el clero es el mayor escándalo de toda la historia de la Iglesia. Y de ahí no hemos salido.

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