El Papa ha dedicado su intención de oración del mes de febrero a rezar por las mujeres que sufren violencia. Estupendo, pero, ¿habrá alguna intención que no coincida milimétricamente con las obsesiones del mundo de hoy?
Antes de que nadie lo pueda entender mal, nos parece espantosa la violencia ejercida contra las mujeres, especialmente porque suele ejercerla alguien que tendría una particular obligación de amarla y protegerla, y porque en cualquier caso se aprovecha de una posición de superioridad física. En ese sentido, todos estamos resueltamente contra la violencia hacia la mujer.
Mi objeción estaría, precisamente, en ese ‘todos’. Cualquier español, cualquier occidental, en realidad, se ve diariamente bombardeado por una legión de mensajes contra la violencia de la mujer, hasta el punto de hacer parecer que fuera una plaga en aumento, cuando en realidad, gracias a Dios, es una excepción cada vez más minoritaria.
Es decir, nos encontramos ante un problema que, por terrible que sea un solo caso, va a menos, no a más, como la propia discriminación de la mujer. Está, como vemos a diario, abrumadoramente cubierto, no puede decirse que el mensaje papal venga a llenar un necesario hueco en nuestra atención, muy al contrario. Y, por último pero no menos importante, tenemos la experiencia de que buena parte de ese alarmismo es interesado, es decir, se propala para colar una ideología feminista radical que culpa al ‘patriarcado’ de todos los males de la humanidad y pretende que la mujer continúa oprimida, demandando nuevas leyes y nuevos privilegios.
Lo más preocupante, en cualquier caso, es la pérdida de la misión profética de la Iglesia. Que la Iglesia es profética, que lo ha sido a lo largo de la historia, no quiere decir que predique lo que conviene, lo que es necesario, sino que le dice al mundo lo que no quiere oír, es decir, lo que, siendo bueno y necesario, nadie está diciendo.
La Iglesia, en su misión de anunciar el Evangelio, tiene como misión subsidiaria recordar las verdades olvidadas, llamar ‘bueno’ a un bien que la moda del momento considera malo, o ‘malo’ a un mal que la sociedad de cada época ve como un bien. Y eso es lo que echamos en falta a veces en la predicación del Papa.
Naturalmente, eso es difícil. Puede calificarse de “valiente” tronar contra las empresas contaminantes o contra el olvido de los marginados o a favor de los inmigrantes, pero, ¿no está exactamente en lo mismo, y con pareja insistencia, todo el mundo mediático de algún peso? ¿No es lo que repiten incesantes desde nuestra televisión pública a la CNN, desde El País al New York Times? O, dicho de otro modo, cuando denuncia la violencia contra la mujer, ¿va alguien a rebatirle el caso públicamente, va a haber medio alguno que se confiese partidario de lo que condena?
No decimos en absoluto que haya nada de malo en lo que dice el Papa, muy al contrario, pero, ¿es necesario? ¿No es exactamente lo mismo que oímos a todas horas desde todos los medios?
Está claro que defender lo que todos los poderosos defienden y atacar todo lo que atacan es un modo de no arriesgar una popularidad sobre la que todas las fuentes coinciden. Pero, ¿es la misión del Pontífice caer bien? Sobre todo, ¿caer bien al mundo, ese mundo del que el Maestro dijo: “si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí primero”?
Hay, en cambio, muchas verdades que los medios ignoran, cuando no pretenden refutar y negar. Verdades que, ahora que los pastores se han sumado con entusiasmo a la repetición clericalizada de consignas de moda, nadie las recuerda. No son siempre agradables, y desde luego su predicación garantiza ataques automáticos de los poderes de este mundo. Pero son, por eso mismo, más necesarias.