Siendo el Sínodo de la Amazonía, que quiere servir para dar a la Iglesia “un rostro amazónico”, ¿por qué se celebra en Roma? ¿Por qué no en la propia Amazonía? Sería un gesto tan bello, tan profundo, tan ejemplarizante.
Entendemos que esto fuera inviable con los Papas anteriores al Concilio Vaticano II, que apenas salían de Roma si podían evitarlo. Pero Juan Pablo II innovó en esto, como en tantas cosas, y recorrió el mundo durante su largo pontificado. También viajó con cierta frecuencia Benedicto XVI, y el pontífice felizmente reinante, sin temer a las emisiones contaminantes de los aviones ni preocuparse por el hecho de que el Estado italiano haya dejado de hacerse cargo de los gastos del vuelo, no busca metas cercanas en sus frecuentes viajes apostólicos. Así que, ¿por qué no celebrar el Sínodo de la Amazonía en la Amazonía?
Podría ser en medio de la región, en Manaos, aunque, siendo una ciudad considerablemente grande -más de dos millones de habitantes-, quizá no fuera lo más apropiado para dirigirse a los amazones perdidos en la selva ecuatorial. No, lo ideal sería preparar para los padres unas chozas en la selva, al modo del ‘congreso de las cabañas’, entre franciscanos y los dominicos en vida de sus fundadores. Ahí sí podrían oír el grito de la Tierra, que sin duda en Roma llegará sofocado por el tráfico romano, en particular, y por una forma de vida occidental capitalista que le ha dado la espalda a la naturaleza, en general.
Allí podrían ser realmente esa “Iglesia pobre para los pobres” por la que suspira Su Santidad desde el primer día, lejos de los escándalos financieros irresolubles que amenazan la imagen de la Santa Sede y, sobre todo, cerca de esos pueblos originarios de cuya espiritualidad conectada con el bosque tanto tenemos que aprender los católicos. Allí, y no en la Roma ya otoñal, incluso, tendría mucho más sentido la directiva de Baldisseri de permitir a los padres sinodales abstenerse de la sotana y las vestimentas desfasadas de una Iglesia cuyos cambios no debemos temer; y no habría, en suma, inoportuno que entristeciera al Papa con comentarios jocosos sobre tocados de plumas, que serían allí la norma. ¿No vale la pena que por algo así renuncien los cardenales a los ‘rigatoni alla norcina’ en Borgo Pio?
Sobre todo, todo sería más creíble, más convincente. Podríamos pasar por alto el hecho de que quienes hablan sobre estas tribus sean blancos occidentales en su abrumadora mayoría e incluso, si me apuran, con un predominio un tanto escamante de nombres alemanes como Hummes o Kräutler.
Este último, de origen austriaco, Erwin Kräutler, quedaría mucho más verosímil cuando lamenta amargamente que pongamos el celibato por encima de la eucaristía y que la Iglesia se resista a ordenar ‘viri probati’ entre los (escasísimos) indígenas sacramentalmente casados del lugar.
Claro que, estando allí, informando urbi et orbi desde un claro del bosque amazónico, tal vez se advertirían cosas, detalles, sobre los que los responsables del sínodo no quieren hacer excesivo hincapié.
Como el escaso deseo de los misioneros católicos de comportarse desde hace medio siglo como misioneros católicos en esa vieja práctica de convertir a los paganos; podrían colarse voces de la selva que nos dejaran claro que la eucaristía, como el matrimonio por la Iglesia, no tiene una gran demanda entre las tribus.
Podríamos, quizá, ver que en la idílica espiritualidad prelapsaria de los indios hay algunos puntos oscuros, la práctica ocasional del infanticidio, o el maltrato a las mujeres, o la costumbre de demostrar la virilidad con continuas guerras entre poblados vecinos.
Nada, me apresuro a aclarar, que haga a estas inocentes criaturas distintas del resto de la humanidad, pero sí que recuerdan que ellos, como todos los demás, están dañados por el Pecado Original y que, después de todo, quizá su paganismo paleolítico no tenga tanto, tanto, que enseñar a la Iglesia fundada por el Hijo de Dios. Después de todo, no es como si el paganismo ‘en contacto con las fuerzas de la naturaleza’ nos fuera extraño a los hijos de Roma y Grecia.
Incluso, puestos en lo peor, podríamos advertir un detalle aún más desconcertante: que en la primera potencia demográfica mundial del catolicismo, Brasil, los indígenas están más que dispuestos a escuchar el mensaje salvífico de Cristo y aceptarlo como su Salvador… de los pentecostales. En algunas regiones amazónicas, los indios convertidos a versiones protestantes del cristianismo alcanzan el 80%, quizá porque, en lugar de estar a la ‘escucha’ y aprender de su profunda espiritualidad en conexión con la Madre Tierra, los misioneros evangélicos les anuncian la salvación, sin más.
Ayer en Santa Marta, Su Santidad pronunció una dura homilía a partir del ejemplo del profeta Jonás, afirmando que “Jonás es el modelo de esos cristianos “siempre que”, cristianos con condiciones. “Yo soy cristiano pero siempre que las cosas se hagan así. No, no, esos cambios no son cristianos. Eso es herejía. Eso no va…”. Cristianos que condicionan a Dios, que condicionan la fe y la acción de Dios”.
No sé, Santo Padre, quizá sea un poco duro con los indios amazónicos.