El arzobispo emérito de Tánger, Santiago Agrelo, nació en España, un país próspero de Europa con una fuerte tradición católica. Se hace franciscano y sacerdote, y acaba siendo arzobispo.
Sus opiniones y declaraciones coinciden milimétricamente con lo que ahora más se insiste en Roma, lo que le convierte en un prelado sumamente cómodo y grato para sus superiores en la Curia.
El cardenal Robert Sarah es negro. Parece banal señalarlo, pero para el discurso renovador resulta crucial, el colmo de esa ‘periferia’ que tanto les absorbe. Nació en una familia animista en un país de mayoría abrumadoramente musulmana, Guinea Conakry, en una tribu minoritaria, en una aldea remota de la savana. Le circuncidan con 12 años y le inician en la dura vida adulta de la selva. Sus padres, atendidos por misioneros franceses, se convierten. Estudia para ser sacerdote y lo consigue, mientras su país gime bajo el régimen sanguinario del marxista Sekou Touré, con el obispo de Conakry, la capital, encarcelado y torturado.
Va a Roma a estudiar, pero vuelve como humilde párroco a Guinea, donde camina a pie por la savana para llegar al último de sus fieles. En 1978 Pablo VI lo nombra obispo de Conakry, el más joven del mundo, a los 33 años, enfrentado a un Sekou Touré cada vez más enfurecido contra este nuevo pastor, indómito defensor de la fe. Después de la muerte repentina del tirano, en 1984, se descubrirá que Sarah era el primero en la lista de los enemigos que había que eliminar.
Se ha mostrado fidelísimo al Papa Francisco en todas sus declaraciones, lo que no le ha impedido recordar una y otra vez aspectos gravemente olvidados de nuestra fe en afirmaciones que le han valido un ostracismo de hecho, en ocasiones humillante, y el ataque concertado de quienes hablan de ‘cisma tradicionalista’.
Pero, al decir de Agrelo, el cristianismo de Sarah es “fácil”, y el suyo propio, imaginamos, terriblemente arriesgado y difícil.