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Sarah: “El papa Francisco nunca permitirá la destrucción del sacerdocio”

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Entrevista exclusiva de Edward Pentin con el prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos.

El cardenal Robert Sarah ha declarado que el Sínodo de los Obispos para la Amazonia, al ser una asamblea regional de obispos, no es el foro para debatir sobre el celibato sacerdotal, un tema que es “insoportable” para el mundo moderno porque “algunos occidentales ya no pueden tolerar el escándalo de la cruz”.

Este tema es uno de los muchos que aborda el prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en esta entrevista exclusiva del 13 de septiembre con el corresponsal del Register en Roma, Edward Pentin, incluyendo las razones por las que ha decidido escribir su último libro, Se hace tarde y anochece (Palabra).

Afronta el tema de la crisis actual en la Iglesia y la sociedad causada, en su opinión, sobre todo por el ateísmo, por no poner a Dios en el centro de nuestra vida y por un deseo dominante de imponer “la propia opinión personal como verdad”. Quienes anuncian “revoluciones y cambios radicales”, advierte, “son falsos profetas” que “no desean el bien de la grey”.

El cardenal guineano también explica por qué la gracia de África es seguir siendo “hija de Dios”, debate los efectos positivos y negativos de la reforma litúrgica y dice que el “demonio” quiere nuestra “muerte espiritual”, lo que lleva a muchos a prohibir la misa en la forma extraordinaria del rito romano. “¿Cómo no vamos a estar sorprendidos y conmocionados al ver que lo que ayer era la norma, hoy está prohibido?”, pregunta.  E insta a “alejarse de las oposiciones dialécticas”.

¿Cuál es la primera preocupación que usted quiere transmitir a los lectores con su libro?

No malinterprete este libro. En él no desarrollo tesis personales o investigaciones académicas. Este libro es un grito del corazón como sacerdote y pastor.

Sufro mucho viendo a la Iglesia desgarrada y confusa. Sufro mucho viendo que se menosprecian el Evangelio y la doctrina católica, y que se ignora o profana la Eucaristía. Sufro mucho viendo a los sacerdotes abandonados, desalentados o ver que su fe poco a poco se hace más tibia.

La disminución de la fe en la Presencia Real de Jesús Eucaristía es el centro de la crisis actual de la Iglesia y de su declive, sobre todo en Occidente. Nosotros los obispos, sacerdotes y fieles laicos somos todos responsables de la crisis de fe, de la crisis de la Iglesia, de la crisis sacerdotal y de la descristianización de Occidente. Georges Bernanos escribió antes de la guerra: “Repetimos constantemente, con lágrimas de impotencia, desidia u orgullo, que el mundo está cada vez más descristianizado. Pero el mundo no ha recibido a Cristo –non pro mundo rogo-,somos nosotros los que le hemos recibido; Dios no se retira de nuestros corazones, somos nosotros los que nos descristianizamos, ¡desgraciado!” (en “Nous Autres, Français”, en Scandale de la Vérité, Points /Seuil, 1984).

Deseaba abrir mi corazón y compartir una certeza: la profunda crisis que la Iglesia está atravesando en el mundo y, sobre todo, en Occidente es el resultado de haberse olvidado de Dios. Si nuestra primera preocupación no es Dios, el resto se derrumba. En la raíz de toda crisis antropológica, política, social, cultural o geopolítica está el haberse olvidado de la primacía de Dios. Como dijoel papa Benedicto XVI durante su encuentro con el mundo de la cultura en el Colegio de los Bernardinos el 12 de septiembre de 2008: «Quaerere Deum-buscar a Dios y dejarse encontrar por Él: esto hoy no es menos necesario que en tiempos pasados. Una cultura meramente positivista que circunscribiera al campo subjetivo como no científica la pregunta sobre Dios, sería la capitulación de la razón, la renuncia a sus posibilidades más elevadas y consiguientemente una ruina del humanismo, cuyas consecuencias no podrían ser más graves. Lo que es la base de la cultura de Europa, la búsqueda de Dios y la disponibilidad para escucharle, sigue siendo aún hoy el fundamento de toda verdadera cultura».

En este libro he intentado demostrar que la raíz común de todas las crisis es este ateísmo fluido que, sin negar a Dios, vive en práctica como si Él no existiera.

En la conclusión de mi libro hablo del veneno del que todos somos víctimas: el ateísmo líquido, que se infiltra en todas partes, incluso en nuestros discursos de hombres de Iglesia, y que consiste en admitir, junto a la fe, un modo de pensar y de vivir radicalmente pagano y mundano. ¡Y nos quedamos tan satisfechos con esta cohabitación innatural! ¡A demostración de que nuestra fe se ha convertido en líquida e inconsistente! Lo primero que hay que transformar es nuestro corazón. Y esta transformación consiste en no hacer más pactos con la mentira. La fe es, a la vez, un tesoro que hay que defender y la fuerza que nos permite defenderla.

Este movimiento que consiste en “arrinconar a Dios”, convirtiendo a Dios en una realidad secundaria, ha tocado el corazón de los sacerdotes y los obispos.

Dios no ocupa el centro de nuestras vidas, pensamientos y acciones. La vida de oración ya no es el centro. Estoy convencido de que el sacerdote debe proclamar la centralidad de Dios a través de su propia vida. Una Iglesia en la que el sacerdote ya no transmite este mensaje es una Iglesia enferma. La vida de un sacerdote debe proclamar al mundo que “sólo Dios basta”, que la oración, es decir, esta relación personal e íntima es el centro de su vida. Esta es la profunda razón del celibato sacerdotal.

Olvidar a Dios tiene como su primera y más grave manifestación el modo de vida secularizado de los sacerdotes. Ellos son los primeros que deben transmitir la Buena Nueva. Si su vida personal no refleja esto, entonces el ateísmo práctico se difunde en la Iglesia y la sociedad. 

Creo que estamos en un punto de inflexión en la historia de la Iglesia. Sí, la Iglesia necesita una reforma profunda y radical que debe empezar con una reforma del modo de ser y de vivir de los sacerdotes. La Iglesia es santa en sí misma. Pero con nuestros pecados y preocupaciones mundanas impedimos que esta santidad resplandezca.

Ha llegado el momento de dejar caer todas las cargas y dejar que la Iglesia sea como Dios la conformó. A veces creemos que la historia de la Iglesia está marcada por las reformas estructurales. Estoy convencido de que son los santos quienes cambian la historia. Luego siguen las estructuras, que lo único que hacen es perpetuar la acción de los santos.

La noción de esperanza es un elemento fundamental del trabajo que usted hace, a pesar del triste título del libro y las observaciones alarmantes que usted hace sobre el estado de nuestra civilización occidental. ¿Sigue creyendo que hay razones de esperanza para nuestro mundo?

El título es sombrío, pero realista. Realmente estamos viendo la caída de toda la civilización occidental. En 1978, el filósofo John Senior publicó el libro La muerte de la cultura cristiana. Como los romanos del siglo IV, vemos a los bárbaros coger el poder. Pero ahora los bárbaros no llegan de fuera y atacan nuestras ciudades. Están ya dentro. Son esos individuos que niegan su propia naturaleza humana, que se avergüenzan de ser criaturas limitadas, que piensan de sí mismos como demiurgos sin padres y sin herencia. Esta es la verdadera barbarie. Por el contrario, el hombre civilizado se siente orgulloso y feliz de ser un heredero.

Hemos convencido al hombre contemporáneo que para ser libre no debe depender de nadie. Es un error de dimensiones trágicas. Los occidentales están convencidos de que recibir es contrario a la dignidad de la persona. Y sin embargo, el hombre civilizado es fundamentalmente un heredero: recibe una historia, una religión, un lenguaje, una cultura, un nombre, una familia.

Rehusar unirse a la red de dependencia, herencia y filiación nos condena a entrar en la pura selva de la competición desde una economía autosuficiente. Porque se niega a aceptarse como heredero, el hombre se condena a sí mismo al infierno de la globalización liberal, donde los intereses individuales chocan entre sí sin más ley que la del beneficio a toda costa. 

No obstante, el título de mi libro también contiene la luz de la esperanza, porque está tomado de la petición de los discípulos de Emaús en el Evangelio de Lucas: «Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída» (24, 29). Sabemos que Jesús se manifestará a sí mismo.

Nuestra primera razón para la esperanza es, por consiguiente, Dios mismo. ¡Él nunca nos abandona! Creemos firmemente en su promesa. El poder del infierno no derrotará a la Santa Iglesia católica. Ella siempre será el Arca de la Salvación. Siempre habrá suficiente luz para quien busca la verdad con un corazón puro. 

Incluso cuando parece que todo está siendo destruido, vemos surgir las semillas luminosas del renacimiento. Me gustaría mencionar los santos ocultos que llevan adelante a la Iglesia y, en particular, a los fieles religiosos que ponen a Dios en el centro de sus vidas cada día. Los monasterios son islas de esperanza. Parece que la vitalidad de la Iglesia se ha refugiado en ellos, como si fueran oasis en medio del desierto. Pero también lo son las familias católicas, que viven de manera concreta el Evangelio de la vida, mientras el mundo se burla de ellas.

Los padres cristianos son los héroes ocultos de nuestro tiempo, los mártires de nuestro siglo. Por último, quiero rendir homenaje a los sacerdotes fieles y anónimos que han convertido el sacrificio en el altar en el centro y significado de sus vidas. Al ofrecer el Santo Sacrificio de la misa diariamente con reverencia y amor, llevan a la Iglesia sin saberlo.

¿De qué modo este libro complementa sus dos volúmenes previos, Dios o nadaLa fuerza del silencio? ¿Qué añade a los otros dos?

En Dios o nada, quería dar gracias a Dios por Su intervención en mi vida. Con Dios o nada, quería conseguir situar a Dios en el centro de nuestras vidas, en el centro de nuestros pensamientos, de nuestras acciones, en el único lugar que Él debe ocupar para que nuestro viaje cristiano pueda girar alrededor de esta Roca sobre la que cada hombre se construye a sí mismo, se estructura a sí mismo hasta que alcance «al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud» (véase Efesios 4, 13).

La fuerza del silencioes una confidencia espiritual. No podemos alcanzar a Dios, sólo podemos permanecer en Él en silencio.

Este último libro es una síntesis. Intento describir la situación actual y describir cuáles son sus raíces. Este último libro indica cuáles son las graves consecuencias humanas y espirituales para el hombre que abandona a Dios. Pero al mismo tiempo, Se hace tarde y anochecetambién afirma con fuerza que Dios nunca abandona al hombre, ni siquiera cuando este se esconde detrás de los arbustos en su jardín, como Adán. Dios le busca y le encuentra, por lo que vemos un atisbo de esperanza para el futuro.

En los últimos años, la Iglesia ha sufrido muchas controversias relacionadas con el cuestionamiento, según algunos, de la enseñanza moral de la Iglesia por parte de los líderes de la misma; por ejemplo, en Amoris Laetitia;o ignorando el magisterio de Juan Pablo II (que el Instituto Pontificio Juan Pablo II ha modificado recientemente de manera evidente); o intentando socavar la Humanae Vitae o revisando la pena de muerte, sólo por nombrar algunos. ¿Por qué está ocurriendo esto? ¿Deben preocuparse los fieles?

Nos estamos enfrentando a una verdadera cacofonía por parte de los obispos y sacerdotes. Cada uno quiere imponer su opinión personal como la verdad. Pero la verdad es sólo una: Cristo y su enseñanza. ¿Cómo podría cambiar la doctrina de la Iglesia? El Evangelio no cambia. Sigue siendo el mismo. Nuestra unidad no puede construirse sobre opiniones mundanas.

La Carta a los Hebreos dice: «Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre. No os dejéis arrastrar por doctrinas complicadas y extrañas; lo importante es robustecerse interiormente por la gracia y no con prescripciones alimenticias, que de nada valieron a los que las observaban» (13, 8-9) debido a «mi doctrina», dice Jesús: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha enviado» (Juan 7, 16). Dios mismo a menudo nos repite: «No violaré mi alianza, ni cambiaré mis promesas. Una vez juré por mi santidad» (Salmo 89, 35-36). 

Algunos utilizan Amoris Laetitiapara oponerse a la gran enseñanza de Juan Pablo II. Se equivocan. Lo que era verdad ayer sigue siendo verdad hoy. Debemos mantenernos firmes en lo que Benedicto XVI llama la hermenéutica de la continuidad. La unidad de la fe implica la unidad del magisterio en el espacio y en el tiempo. Cuando se nos da una nueva enseñanza, siempre debe ser interpretada de conformidad con la enseñanza anterior.

Si introducimos rupturas, resquebrajamos la unidad de la Iglesia. Quienes anuncian a voz en cuello revoluciones y cambios radicales son falsos profetas y no desean el bien de la grey. Buscan la popularidad en los medios de comunicación a costa de la verdad divina. Que no nos impresionen. Sólo la verdad nos hará libres. Debemos confiar. El magisterio de la Iglesia nunca se contradice a sí mismo.

Cuando arrecia la tormenta, debemos anclarnos a lo que es estable. No vayamos a la caza de novedades mundanas que desaparecen antes de que hayamos podido agarrarlas.

¿Hasta qué punto cree usted, como hacen algunos críticos, que la reforma litúrgica post-conciliar ha llevado a la actual crisis de la Iglesia de la que habla usted en su libro? 

Creo que, en lo que respecta a esta cuestión, la enseñanza de Benedicto XVI es iluminadora. Recientemente ha osado escribir que la crisis de la liturgia es el corazón de la crisis de la Iglesia. Si ya no ponemos a Dios en el centro de la liturgia, entonces no le ponemos en el centro de la Iglesia. Al celebrar la liturgia, la Iglesia se remonta a su origen. Toda su razón de ser es volver a Dios, dirigir todos los ojos a la cruz. Si no lo hace, se pone a ella misma en el centro, y se convierte en inútil. Creo que la pérdida de orientación, de esa mirada dirigida a la cruz, es el símbolo de esta crisis de la Iglesia en la raíz. No obstante, el Concilio enseñó que «la sagrada Liturgia es principalmente culto de la divina Majestad» (Sacrosanctum Concilium, n. 33). La hemos convertido en una celebración meramente humana y egocéntrica, un asamblea amigable de engrandecimiento personal.

Por lo tanto, no es el Concilio lo que debe cuestionarse, sino la ideología que ha invadido las diócesis, parroquias, pastores y seminarios en los años sucesivos. 

Pensamos que lo sagrado es un valor pasado de moda. Sin embargo, es una absoluta necesidad en nuestro viaje hacia Dios. Me gustaría citar a Romano Guardini: “Confiad en Dios: la cercanía a Él y la seguridad en Él son tenues y débiles cuando el conocimiento personal de la majestad exclusiva y la santidad imponente de Dios no las contrarrestan” (Meditations Before Mass, 1936).

En este sentido, la trivialización del altar, del espacio sagrado que lo rodea, ha sido un desastre espiritual. Si el altar ya no es el umbral sagrado tras el cual Dios habita, ¿cómo encontremos la alegría de acercarnos? Un mundo que ignora lo sagrado es un mundo uniforme, plano y triste. Al saquear la liturgia hemos desilusionado al mundo y reducido las almas a una tristeza sorda.

En su opinión, ¿qué aspectos de la reforma litúrgica han tenido un efecto positivo o negativo sobre los fieles?

Es importante subrayar el profundo beneficio que la gran variedad de textos bíblicos ofrecen para la meditación. Asimismo, la introducción de una dosis moderada de lengua vernácula era necesaria.

Por encima de todo, creo que la preocupación por una participación profunda y teológica de los fieles es una de las principales enseñanzas del Concilio. Por desgracia, se ha abusado con fines de agitación y activismo. Se ha ignorado que la participación activa de la gente no consiste en distribuir papeles y funciones, sino más bien en introducir a los fieles en la profundidad del Misterio Pascual, para que así acepten morir y resucitar con Jesús a través de una vida cristiana más auténtica y radiante, basada en los valores evangélicos.

Negarse a considerar la liturgia como opus Dei, como la “obra de Dios”, es correr el riesgo de transformarla en una obra humana. Entonces es cuando disfrutamos inventando, creando, multiplicando fórmulas, opciones, imaginando que hablando mucho y multiplicando fórmulas y opciones nos escucharán con más atención (véase Mateo 6, 7).

Creo que Sacrosanctum Concilium es un texto importante para comprender de manera más honda y mística la liturgia. Tenemos que salir de un cierto rubricismo. Por desgracia, ha sido sustituido por una mala creatividad que transforma una obra divina en una realidad humana. A la mentalidad técnica contemporánea le gustaría reducir la liturgia a un trabajo eficaz de pedagogía y, para este fin, queremos que las ceremonias sean acogedoras, atractivas y amigables. Pero la liturgia no tiene un valor pedagógico, excepto en la medida en que está totalmente ordenada a la glorificación de Dios y al culto divino y la santificación de los hombres.

La participación activa implica, en esta perspectiva, encontrar en nosotros ese sagrado asombro, ese temor gozoso que nos hace enmudecer ante la divina majestad. Debemos rechazar la tentación de permanecer en lo humano para entrar en lo divino. 

En este sentido, es lamentable que el santuario de nuestras iglesias no sea un lugar reservado para el culto divino, que entremos en él con vestimenta secular, que el paso de lo humano a lo divino no está marcado por un límite arquitectónico. Asimismo, si, como enseña el Concilio, Cristo está presente en su palabra cuando esta es proclamada, es deplorable que los lectores no lleven una vestimenta adecuada que demuestre que no están pronunciando palabras humanas, sino la palabra divina.

Por último, si la liturgia es la obra de Cristo, el celebrante no debe añadir sus propios comentarios. No es la multitud de fórmulas y opciones, o el continuo cambio en las oraciones y la exuberancia en la creatividad litúrgica, lo que le gusta a Dios, sino la metanoia, el cambio radical de nuestra vida y comportamiento, seriamente contaminados por el pecado y marcados por el ateísmo líquido.

Es necesario recordar que, cuando el misal autoriza una intervención, esta no debe convertirse en un discurso profano y humano, menos aún en un comentario sobre hechos actuales, o un saludo mundano a los presentes, sino que debe ser una breve exhortación que ayude a entrar en el misterio.

Nada que sea profano tiene lugar en las acciones litúrgicas. Sería un grave error creer que elementos mundanos y espectaculares pueden animar la participación de los fieles. Lo único que pueden hacer estos elementos es fomentar la participación humana y no la participación en la acción salvífica y religiosa de Cristo.

Vemos una bella ilustración de esto en las prescripciones del Concilio. Mientras la Constitución [sobre la Sagrada Liturgia] recomienda repetidamente la participación consciente y activa e incluso la total inteligencia de los ritos, también recomienda al mismo tiempo el latín, prescribiendo que «los fieles sean capaces también de recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la Misa que les corresponde» (n. 54).

Desde luego, la inteligencia de los ritos no es el trabajo de la sola razón humana, que captaría todo, comprendería todo, dominaría todo. La inteligencia de los ritos sagrados presupone una participatioreal en lo que expresan sobre el misterio. Esta inteligencia es la del sensus fidei, que ejercita la fe viva a través del símbolo y que conoce por afinación más que por concepto.

La pasión de Cristo también es liturgia; sólo una mirada de fe puede descubrir la obra de redención llevada a plenitud por el amor. La única [cosa] que la razón humana ve en ella es la derrota de la muerte y el horror de la cruz. Entrar en la participatio actuosa implica que, como los discípulos de Emaús, nos dejamos tocar por la partición del pan para así comprender las Escrituras.

Como nos recordó recientemente el papa Francisco, el sacerdote no tiene que tener la apariencia de un “director del espectáculo” (o presentador del espectáculo) para ganarse la admiración de la asamblea. Al contrario, debe participar en la acción de Cristo, entrar en ella, convertirse en su instrumento. Por consiguiente, no tiene que hablar sin parar y mirar hacia la asamblea, sino que tiene que actuar in persona Christi y, como si de un diálogo nupcial se tratara, implicar a los fieles en esta participación.

Por lo tanto, es apropiado que durante el Rito Penitencial, el Ofertorio y la Oración Eucarística todos miren hacia la cruz o, aún mejor, hacia el Este, para expresar su deseo de participar en la obra de adoración y redención llevada a cabo por Cristo y, a través de Él, por la Iglesia.

¿Por qué piensa que cada vez más gente joven está atraída hacia la liturgia tradicional/la forma extraordinaria?

No es que lo piense, es que lo veo, soy testigo de ello. Los jóvenes me han confiado su total preferencia por la forma extraordinaria, más educativa e insistente sobre la primacía y centralidad de Dios, el silencio y el significado de la trascendencia sagrada y divina. Pero, sobre todo, ¿cómo podemos comprender, cómo no podemos sorprendernos y sentirnos profundamente escandalizados al ver que lo que ayer era la norma, hoy está prohibido? ¿Acaso no es verdad que prohibir o sospechar de la forma extraordinaria no puede ser más que algo inspirado por el demonio, que desea nuestra asfixia y muerte espiritual?

Cuando la forma extraordinaria se celebra en el espíritu del Concilio Vaticano II, revela toda su plenitud: ¿cómo puede ser causa de sorpresa que una liturgia que ha transportado a tantos santos siga sonriendo a jóvenes almas sedientas de Dios?

Como Benedicto XVI, yo también espero que las dos formas del rito romano se enriquezcan mutuamente. Esto implica salir de la hermenéutica de la ruptura. Ambas formas tienen la misma fe y la misma teología. Oponerlas es un profundo error eclesiológico. Significa destruir a la Iglesia arrancándola de su Tradición y hacer creer que lo que la Iglesia consideraba sagrado en el pasado ahora es erróneo e inaceptable. ¡Qué decepción e insulto a todos los santos que han vivido antes que nosotros! ¡Qué visión de la Iglesia!

Debemos alejarnos de las oposiciones dialécticas. El Concilio no tenía como objetivo romper con las formas litúrgicas heredadas de la Tradición, sino al contrario, entrar y participar más plenamente en ellas.

La Constitución Conciliar estipula que «las nuevas formas se desarrollen, por decirlo así, orgánicamente a partir de las ya existentes» (n. 23).

Sería, por ende, un error oponer el Concilio a la Tradición de la Iglesia. En este sentido, es necesario que quienes celebran la forma extraordinaria lo hagan sin espíritu de oposición y, por lo tanto, en el espíritu del Sacrosanctum Concilium.

Necesitamos la forma extraordinaria para saber con qué espíritu celebrar la forma ordinaria. A la inversa, celebrar la forma extraordinaria sin tener en cuenta las indicaciones del Sacrosanctum Conciliumes arriesgarse a reducir esta forma a un vestigio arqueológico sin vida y sin futuro.

También sería deseable incluir en el apéndice de una edición futura del misal el Rito Penitencial y el Ofertorio de la forma extraordinaria para, así, resaltar que ambas formas litúrgicas se iluminan mutuamente, en continuidad y sin oposición.

Si vivimos en este espíritu, entonces la liturgia dejará de ser lugar de rivalidad y crítica y nos conducirá, por fin, a la gran liturgia celestial.

En muchas partes de África, aunque las liturgias a menudo son largas, también están caracterizadas por la libre expresión de cantos, danzas y aplausos, lo que para algunos es un abuso de una liturgia más reverente, sombría y devota. A pesar de lo cual, la ortodoxia está muy viva y presente en el continente. ¿Cómo lo explica? 

En África, los fieles a veces caminan horas para ir a misa. Tienen hambre del Evangelio y la Eucaristía. Caminan kilómetros y van a misa para pasar mucho tiempo con Dios, para escuchar Su palabra, para alimentarse de Su Presencia. Le dan a Dios su tiempo, sus vidas, su fatiga y su pobreza. Le dan todo lo que tienen. Y su alegría es haberle entregado todo.

Su alegría a veces se manifiesta también externamente, y los africanos deben aprender a interiorizar, deben aprender el silencio. Deben prohibir los aplausos y los gritos que no tienen nada que ver con el misterio de Dios; deben eliminar los discursos, el folklore, la exuberancia de las palabras que obstaculizan el encuentro con Dios. Dios habita en el silencio y la interioridad del hombre; el corazón del hombre es el Templo de Dios -porque yo sé que los africanos saben arrodillarse y comulgar con respeto y reverencia.

Creo que los africanos tienen un profundo sentido de lo sagrado. No nos avergonzamos de rendir culto a Dios, de proclamarnos dependientes de Él. Sobre todo, los africanos son felices de que les enseñen la fe sin discutirla o cuestionarla. Creo que la gracia de África es conocerse y seguir siendo hija de Dios.

En este libro evidencio que en el corazón del pensamiento occidental está su rechazo a ser hijo, a ser padre, lo que es básicamente un rechazo a Dios. En lo más hondo de los corazones occidentales percibo una profunda revuelta contra la paternidad creadora de Dios. De Él recibimos nuestra naturaleza como hombres y mujeres. Y esto se ha convertido en algo insoportable para las mentes modernas.

La ideología de género es el rechazo luciferino a recibir una naturaleza sexual de Dios. Occidente se niega a recibirla, sólo acepta lo que construye por sí mismo. El transhumanismo es el avatar definitivo de este movimiento. Incluso el hecho de que la naturaleza humana sea un don de Dios se ha convertido en algo insoportable para el hombre occidental.

Esta revuelta es, en su esencia, espiritual. Es la revuelta de Satanás contra el don de la gracia. Fundamentalmente, creo que el hombre occidental se niega a ser salvado por pura misericordia. Se niega a recibir la salvación y quiere construirla él mismo. Los “valores occidentales” impulsados y fomentados por las Naciones Unidas están basados en el rechazo a Dios, un rechazo que comparo al del joven rico del Evangelio. Dios miró a Occidente y lo amó porque hizo grandes cosas. Invitó a Occidente a ir más allá, pero Occidente le dio la espalda, prefiriendo las riquezas debidas a sí mismo. Los africanos saben que son pobres y pequeños ante Dios. Se sienten orgullosos de arrodillarse, felices de depender de un Creador y Padre Todopoderoso.

La Iglesia en África es reconocida por su sentido de comunidad, de compartición, de transcendencia y de respeto por el magisterio. ¿Cómo se pueden utilizar mejor estas características para mostrar el camino a la Iglesia universal, sobre todo en esos lugares donde más han arraigado el secularismo y el nihilismo?

Occidente está en la raíz de la crisis, y tiene que aplicar el antídoto. Para hacerlo, debemos empezar desde la experiencia de los monasterios. Son los lugares donde Dios está sencilla y concretamente en el centro de la vida. Dios es la Vida de la vida del hombre. Sin Dios, el hombre se parece a un río enorme y majestuoso que se ha desconectado de su fuente. Antes o después, este río se secará y morirá para siempre.

Debemos crear lugares donde florezcan las virtudes. Ha llegado la hora de recuperar el valor del no conformismo. Los cristianos deben tener la fuerza de crear oasis en los que el aire sea respirable, en los que la vida cristiana sea posible.

Llamo a los cristianos a abrir oasis de gratuidad en el desierto de la rentabilidad triunfante. Sí, no podemos estar solos en el desierto de la sociedad sin Dios. Un cristiano que permanece solo es un cristiano en peligro. Con el tiempo será devorado por los tiburones de la sociedad mercantil.

Los cristianos deben unirse en comunidades alrededor de sus iglesias. Deben redescubrir la importancia crucial de una vida de oración intensa, continua y perseverante. Un hombre que no reza se parece a un enfermo que sufre de una parálisis total de brazos y piernas y que ha perdido el uso de la palabra, el oído, la vista… Este hombre está separado de toda relación. Es un hombre muerto. Renovar nuestra relación con Dios es respirar, vivir plenamente.

Debemos crear lugares donde el corazón y la mente puedan respirar, donde el alma pueda dirigirse a Dios de una manera muy concreta. Nuestras comunidades deben poner a Dios en el centro de nuestras vidas, nuestras liturgias y nuestras iglesias.

Ante la avalancha de mentiras, debemos ser capaces de encontrar lugares donde no sólo se explique la verdad, sino donde esta se experimente. Es sólo una cuestión de vivir el Evangelio. No de pensar en él como una utopía, sino de experimentarlo de una manera concreta.

En muchos países, la pérdida de la piedad popular ha acelerado el proceso de descristianización, sobre todo en las clases trabajadoras. ¿Cómo explica esta pérdida de religiosidad?

En este libro explico que hemos soñado con un cristianismo “puro” e intelectual. Nos hemos negado a permitir que Dios se encarnase en nuestras vidas. Los más pobres son las primeras víctimas. Creo que la falsa oposición teológica entre fe y religiosidad está en la raíz de este error. La primera manifestación de nuestra fe es el culto religioso. El rosario, las peregrinaciones, la oración de rodillas, la devoción a los santos, el ayuno: todos han sido menospreciados y ridiculizados como prácticas semipaganas. Hoy en día, el ayuno de Cuaresma, es decir, los cuarenta días de abstinencia y privación de comida existe, para la mayoría, sólo en el ritual. Esta práctica ha sido abandonada. En cambio, existe el ayuno médico para el bienestar de nuestro cuerpo. Sin las prácticas religiosas concretas, nuestra fe corre el riesgo de convertirse en un sueño ilusorio. 

¿Por qué a tanta gente, incluyendo a algunos cardenales muy respetados, le preocupa el Sínodo para la Amazonia? ¿Qué le preocupa a usted de esta asamblea de octubre?

He oído que algunas personas quieren convertir este sínodo en un laboratorio para la Iglesia universal; que otros dicen que, después de este sínodo, nada será lo mismo. Si esto es verdad, este enfoque es deshonesto y engañoso. Este sínodo tiene un objetivo concreto y local: la evangelización de la Amazonia.

Temo que algunos occidentales secuestren esta asamblea para llevar adelante sus objetivos. Pienso, en concreto, en la ordenación de hombres casados, la creación de ministerios para la mujer o dar jurisdicción a laicos. Estos puntos atañen a la organización de la Iglesia universal. No se pueden discutir en un sínodo particular y local. La importancia de estos temas requiere una participación seria y consciente de todos los obispos del mundo. A este sínodo muy pocos han sido invitados. Aprovecharse de un sínodo particular para introducir estos proyectos ideológicos sería una manipulación impropia, una decepción deshonesta, un insulto a Dios, que guía a su Iglesia y le confía sus planes de salvación.

Además, me escandaliza e indigna que el sufrimiento espiritual de los pobres de la Amazonia sea utilizado como pretexto para respaldar proyectos que son típicos de una cristiandad burguesa y mundana.

Vengo de una Iglesia joven. Conocí a los misioneros cuando iban de aldea en aldea para ayudar a los catequistas. He vivido la evangelización en mi carne. Sé que una Iglesia joven no necesita a sacerdotes casados. Lo único que necesita son sacerdotes que testimonien la cruz vivida. El lugar del sacerdote es la cruz. Cuando celebra la misa, está en el origen de toda su vida: la cruz.

El celibato es uno de los modos concretos de vivir el misterio de la cruz en nuestras vidas. El celibato graba la cruz en nuestra carne. Por esto el celibato es insoportable para el mundo moderno. El celibato sacerdotal es un escándalo para el mundo contemporáneo, porque la cruz «es necedad para los que se pierden» (1 Corintios 1, 18).

Algunos occidentales ya no pueden seguir tolerando el escándalo de la cruz. Creo que para ellos se ha convertido en un reproche insoportable, y les lleva a odiar el sacerdocio y el celibato.

Creo que los obispos, sacerdotes y fieles de todo el mundo deben alzarse para expresar su amor por la cruz, el sacerdocio y el celibato. Estos ataques contra el sacerdocio vienen de los más ricos. Algunas personas se creen que tienen todo el poder porque ayudan económicamente a las iglesias más pobres. Pero ni su poder ni su dinero deben intimidarnos.

Un hombre arrodillado tiene más poder que el mundo. Es un baluarte inexpugnable contra el ateísmo y la locura de los hombres. Un hombre arrodillado hace temblar a Satanás. Todos los que, a los ojos de los hombres, no tenéis poder e influencia, pero sabéis estar arrodillados ante Dios, no debéis temer a quienes quieran intimidaros.

Debemos construir un baluarte de oraciones y sacrificios para que ningún abuso dañe la belleza del sacerdocio católico. Estoy convencido de que el papa Francisco nunca permitirá la destrucción del sacerdocio. El 27 de enero, a su vuelta de la Jornada Mundial de la Juventud, en Panamá, dijo a los periodistas, citando al papa Pablo VI: «Prefiero dar la vida antes que cambiar la ley del celibato». Y añadió: «Es una frase valiente. En un momento más difícil que este, eran los años 68-70. Personalmente, creo que el celibato es un don para la Iglesia. En segundo lugar digo que no estoy de acuerdo con permitir el celibato opcional, no».

Publicado por Edward Pentin en The National Catholic Register.

Traducido por Verbum Caropara InfoVaticana.

27 comentarios en “Sarah: “El papa Francisco nunca permitirá la destrucción del sacerdocio”
  1. Sarah es muy inteligente y sabe lo que debe decir. Sus palabras obligarán al susodicho a disimular más y a limitar algo lo de los viri probati, aunque está claro que va a seguir cargándose el sacerdocio poco a poco, y que algo muy grave saldrá de “sínodo”.

  2. El sacerdocio de Bergo Lío es de horizontes planos, ambientalistas, migracionistas, homosexualistas, de hermandad universal masónica. Carece de visión trascendente, de futuro, de Cielo, de infierno, de purgatorio. Para eso no es que no haga falta celibato; es que ni hace falta sacerdocio, ni sacramentos, ni obispos, ni papa. Pero no será coherente, no renunciará. Utiliza la cátedra de Pedro para perseguir todo lo católico, para destruirlo.

  3. ! Qué bien habla el Cardenal Sarah!
    Y qué odioso deberá ser para muchos, les deberá molestar su presencia, así como molestó Vincent en su enfermedad. Odiamos todo lo que nos reproche nuestra forma de vivir, que nos quite nuestro status quo. Si la forma de pensar del Cardenal fuera una enfermedad, sería bueno que se propagara.

  4. Que miedito la cara de ese cardenal. Por qué si tanto quiere colaborar con la iglesia no le dice todo esto al mismo Francisco que lo tiene viviendo ahi al lado? Tiene que andar dando entrevistas por ahí criticando al vicario de Cristo? Quien se cree que es? Es obvio que busca promocionar su librito que tan bien no le esta yendo por cierto.
    Se quiere posicionar para en un eventual conclave ser elegido? El proximo papa seguirá la linea de Francisco que se olvide de querer ser papa y que se ponga a trabajar, que para eso le pagan.

    1. Allan, el cardenal Sarah cumple con su deber de obispo de defender la fe católica de quien la denigra y persigue, aunque este sea el mismo Francisco, que está tan obligado a servir a la Iglesia como lo estamos el resto de católicos.

      Al Vicario de Cristo, Benedicto XVI, no sólo no lo critica sino que le tiene una gran estima como no podía ser de otra manera, y lo que también le digo, aunque le pese, es que su querido Francisco pasará mientras la Santa Iglesia Católica seguirá hasta el fin de los tiempos.

      1. El deber de Sarha es otro y no precisamente despotricar a su antojo contra el Sumo Pontífice. Es un cínico, vive a costillas de Francisco, come gracias a él y goza de los lujos de su apartamento gracias a la extrema bondad del papa, ademas de las sedas costosas que tanto gusta utilizar. Francisco debería removerlo de su cargo y enviarlo a alguna isla del Pacífico como lo hizo alguna vez con el sátrapa de Burke. Francisco debe sanear la Iglesia expulsando a los conspiradores que todavia viven en el Vaticano y que desde dentro como víboras ponsoñozas buscan el fin de su papado.

    2. Estás con Francisco porque aprueba el divorcio y la homosexualidad. Por eso mismo estás contra Sarah, porque no los aprueba, al igual que la doctrina católica, pisoteada por quien tenía que defenderla.

    3. Allan, ¿Y tú? ¿Quién te crees que eres? Porque hombre no, pues te da miedo la cara de un Hombre.
      Seguro tu papá te soltaba cintarazos para que ya dejaras de pintarte chapas. Sé hombre, no payaso ?. Y deja de temblar como gelatina a la vista de un caballero

  5. Allan, el cardenal Sarah cumple con su deber de obispo de defender la fe católica de quien la denigra y persigue, aunque este sea el mismo Francisco, que está tan obligado a servir a la Iglesia como lo estamos el resto de católicos.

    Al Vicario de Cristo, Benedicto XVI, no sólo no lo critica sino que le tiene una gran estima como no podía ser de otra manera, y lo que también le digo, aunque le pese, es que su querido Francisco pasará mientras la Santa Iglesia Católica seguirá hasta el fin de los tiempos.

  6. Comulgo totalmente conel cardenal Sarah. Eso de que el papa Francisco “no permitirá” que desaparezca el celibato me parece poco realista. El papa no tiene poder sobre las corrientes que están envenenando a la Iglesia, y si no adopta una postura tajante ocurrirán muchas cosas indeseables. Es la misma Iglesia, los fieles, quienes tienen que defenderse con la ayuda del Espíritu. Lo lamentable es que la gente confunde a la Iglesia con el Papado y los obispos. Ls cristianos callados que viven la fe y practican los mandamientos esos son la Iglesia de verdad. Es triste ver que el Papa Francisco se mete dia sí y dia también en berenjenales de asuntos mundanos como si le tocara a él decidir sobre ellos. Estaría más tranquilo si cada dia el Papa nos animase a vivir la fe y responder a los desafios del mundo.

    1. Los desafíos de este mundo,Vicente,su argumento me parece un tanto contradictorio,pues usted dice que se mete en berenjenales,pero al mismo tiempo,menciona los desafíos de este mundo.A mi entender le diré que para Dios ,nada de lo humano,le es ajeno,pues la segunda persona de la Santísima Trinidad,tomo carne humana,a fin de padecerlo todo y redimirlo,con su Muerte y Resurrección,así que todo lo que acontece bajo el Sol,es de interés para El,si lo lo es para El también para la Iglesia y por ende para el Papa.Nada escapa a Dios,porque de Dios es todo.

      1. Susanaa, ¿ tu le ves a Jesucristo, preocupado por los mares o el cambio climatico ?
        Es Dios quien gobierna los mares, los climas, los terremotos, las inundaciones etc.
        El ha muerto en la cruz para salvarnos, pero no de de los huracanes, sino del pecado. No solo al Papa, sino a todos los cristianos lo único que nos debería preocupar es la salvación de las almas, es que se salven el mayor número de personas, lo que pasa en este mundo solo es una prueba para ver si le amamos a Dios y poder ir a vivir con El para toda una eternidad.

        1. Argia,para que se puedan salvar el mayor número de almas posibles,tendrán que vivir mientras tanto en el lugar donde Dios provisino,y eso también afecta al mandato,que le hizo a Adán y Eva.Creced y multiplicaos y dominad la tierra,que quiere decir cuidad la tierra que os he dado.

    1. A mí me pasa lo mismo, pero hay que recocer que está en un puesto difícil. Yo me quedo con lo mejor y procuro interpretar ciertas actitudes sarianas y leer entre líneas.

  7. Susanaa, lo que ud no tiene en cuenta es que Ntro Señor tiene categorías y prioridades: Buscad el Reino de Dios y su Justicia y lo demás se os dará por añadidura. Y, Confirma a tus hermanos en la Fe. Por lo que se sigue que primero está Dios, hablar de Dios, anunciar a Dios y santificarnos con la sempiterna doctrina y los sacramentos, esto es lo importante, urgente, necesario… el resto se dará por añadidura.

    1. Mercedes lo que usted dice es correcto,pero no está en contradicción,con lo que yo digo,antes bien,se complementa.Las prioridades de Dios las conocemos:Amarás a Dios con todo tu corazón,y amarás al prójimo como a ti mismo.Este es el orden.

  8. El Sacerdocio es un llamado íntimo de Dios , y lo sabe únicamente el candidato .

    No es contrario al celibato que Dios pueda llamar al sacerdocio a hombres casados . Eso no es destruir el Sacerdocio .

    1. Teresita ;
      Está bien que seas dulce e inocente, pero no abuses. Los hombres casados, casados se quedan, Si la esposa no quiere vivir la castidad con su esposo, éste no tiene derecho a ser sacerdote católico. Para éso están los protestantes. Ellos hacen vida conyugal y son sacerdotes de SU iglesia. Pero volverás a decir lo mismo, y sé., Tú eres Marxiana.

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