Spin Time Labs, el palacio ‘okupado’ en Roma al que el limosnero papal, cardenal Konrad Krajewski, devolvió la electricidad delictivamente, tuvo que suspender la ‘rave’ prevista para la noche pasada en su discoteca ilegal, ‘Amén’, por razones obvias.
Si esto hubiera sucedido antes de Internet y de las redes sociales, muy probablemente nos quedaríamos con la primera versión de los hechos, la preferida por los hombres de la Curia, la anécdota hubiera justificado, sin más, el apelativo para Krajewski del ‘Robin Hood vaticano’ y serviría incluso para una hipotética causa de beatificación. Imaginen, todo un cardenal que se aventura por las alcantarillas de Roma y desafía la ley de los hombres por amor de unos centenares de familias sin techo. Madera de leyenda.
De hecho, esa es la versión que siguen tratando de imponer, lástima que las redes sean incontrolables y la verdad acabe filtrándose, como la que nos cuenta nuestra corresponsal en Roma, Almudena Martínez-Bordiú, que pudo comprobar que dentro del edificio había una discoteca, un restaurante, un auditorio y hasta un rincón de cerveza artesanal, y cuyos ‘okupantes’ le reconocieron que “no tenían miedo a nada porque contaban con el apoyo del Santo Padre”.
Pero se intenta. Lo de disimular, digo, y así Spin Time Labs comunicó inicialmente lo que sigue: “A causa de la instrumentalización de nuestra presencia y las iniciativas que se desarrollan en el interior de Spin Time Labs, explicamos una vez más que el nombre de Amén no tiene nada que ver con los hechos eclesiásticos”, en referencia, suponemos, a la iniciativa de Krajewski de devolver la luz -jamás pagada, con un recibo que supera los 300.000 euros- a la discoteca comercial que opera en el sótano sin las obligadas medidas de seguridad, donde iba a celebrarse la mencionada ‘rave’, y al resto de los negocios que gestionan los activistas de ultraizquierda Action en el edificio.
Pero no está el horno mediático para bollos, así que terminaron anunciando la cancelación de la macrofiesta, no sin antes invitar al público a visitar la ‘okupación’, como si se tratase de un parque temático.
El caso, obviamente, es no llamar demasiado la atención sobre el hecho de que el cardenal no ha delinquido sin más para dar luz y frigorífico a unos niños de la calle, sino también a una discoteca que organiza ‘raves’ sin licencia ni pago de impuestos o alquileres o facturas de servicios básicos.
La caridad real no suele ser tan efectista, igual que la humildad real casa mal con su propia y constante propaganda. El Vaticano tiene medios para resolver la situación de los 450 okupantes, y de muchos más, con eficacia y menos alharacas y menos dramáticas escenas de bandolerismo cardenalicio.
Al fin y a la postre, gracias a nuestra era panóptica, nos hemos enterado de que un cardenal de la Curia romana ha delinquido en un país extranjero y amigo, Italia, para facilitar el negocio de una discoteca, un restaurante, una fábrica de cerveza y algunas operaciones comerciales más que compiten deslealmente al no pagar al dueño del inmueble ni al Fisco, no cumplir las regulaciones obligatorias para todos los demás y no abonar al dueño del inmueble, controlados por una organización de ultraizquierda radical, y unas familias que sí pagan algo a Action por estar ahí y a los que repetidamente se ha ofrecido alojamientos alternativos.
Maldita era de la comunicación.