Pablo VI y la reforma de la Curia

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El 21 de septiembre de 1963, tres meses después de haber sido elegido Papa y pocos días antes de la apertura de la segunda sesión del Concilio Vaticano II, Pablo VI pronunciaba un discurso ante los miembros de la Curia romana en el que manifestaba la necesidad de introducir diversas reformas en este organismo.

«Como todos saben, –señalaba entonces el Papa Montini– este añoso y complejo organismo en su reorganización más reciente se remonta a la famosa Constitución Inmensa aeterni Dei, de 1588, del Papa Sixto V; lo reajustó, con la constitución Sapienti consilio, de 1908, San Pío X, y el Código de Derecho canónico en 1917 ratificó substancialmente la tal arquitectura. Han pasado muchos años: es explicable que tal ordenamiento esté lastrado por su misma edad venerable, que se resienta de la disparidad de sus órganos y de su acción con respecto a las necesidades y costumbres de los tiempos nuevos, que sienta al mismo tiempo la exigencia de simplificarse y descentralizarse, de extenderse y disponerse para las nuevas funciones. Para ello serán precisas diversas reformas.»

En su libro Concilio Vaticano II. Una historia nunca escrita, el historiador Roberto de Mattei destaca la “reforma” de la Curia como primera realización de la época conciliar y señala algunos de los puntos clave del proceso que llevó a cabo Pablo VI. Un proceso que, indica, comenzó con un acontecimiento simbólico, «la transformación de la Congregación del Santo Oficio, de la que se renovó incluso el nombre, en la víspera de la clausura del Concilio, con el Motu Proprio Integræ servandæ».

En la tarde del 6 de diciembre de 1965, L’Osservatore Romano publicó el decreto que abolía el “Índice de los Libros Prohibidos” y transformaba el Santo Oficio en Congregación para la Doctrina de la Fe, afirmando que ahora “parece mejor que la defensa de la fe se haga a través del empeño en promover la doctrina”. El “Índice de los Libros Prohibidos” (Index librorum prohibitorum) había sido creado en 1558, por obra de la Congregación de la Inquisición Romana, que después (1908) sería el Santo Oficio. El Index publicado en 1948 y que estuvo en vigor hasta 1966 fue la última edición del catálogo de los libros prohibidos que la Congregación había empezado a publicar en 1559.

Asimismo, el 21 de noviembre de 1970, Pablo VI publicó el Motu Proprio Ingravescentem ætatem, en el cual se definía la edad de los Cardenales respecto a sus funciones. Esta constitución recogía, entre otros, el límite de edad para los cargos: 70 para los funcionarios de la Curia y 75 para los jefes de los dicasterios.

La reforma sería completada, según apunta Roberto de Mattei en su libro, por la Constitución Apostólica Romano Pontifici eligendo del 1° de octubre de 1975, que excluía del electorado activo en Cónclave y de todos los cargos de la Curia a los Cardenales con más de ochenta años. «El Colegio Cardenalicio -señala Roberto de Mattei- fue así radicalmente transformado, con la creación de ciento cuarenta y cuatro nuevos cardenales, en su gran mayoría no italianos, en el curso de seis consistorios, entre 1965 y 1977. El peso de la Curia fue posteriormente limitado, tanto por la constitución del nuevo Sínodo Episcopal, como por el desarrollo de las Conferencias Episcopales, anunciadas por Pablo VI como expresión de colegialidad en el gobierno de la Iglesia.»

El historiador recuerda, asimismo, la institución, en 1967, del Consejo de los Laicos y de la Comisión Justitia et Pax, y el desarrollo de la “Curia del diálogo”, representada por tres Secretariados -para la Unidad de los Cristianos, para los No Cristianos y para los No Creyentes – que asumieron el papel de verdaderos dicasterios.

La nueva fisonomía de la Curia fue expresada en la Constitución Regimini Ecclesiæ Universæ del 15 de agosto de 1967, que exponía la reforma general de los organismos de la Santa Sede. También señalaba que los Cardenales Prefectos, los miembros de los Dicasterios, tanto Cardenales como Obispos, los Secretarios y los Consultores serían nombrados por un periodo de cinco años, pudiendo ser confirmados en su cargo por el Papa pasado el lustro. A la muerte del Pontífice, en todo caso, todos cesarían en sus funciones, dejando al nuevo elegido la posibilidad de recurrir a un grupo dirigente completamente nuevo. De esta forma, subraya Roberto de Mattei, «el principio según el cual la Curia representaba un factor de continuidad entre un pontificado y el siguiente quedaba, de este modo, definitivamente abandonado».

Sin embargo, continúa explicando, «en realidad, la Curia Romana no perdió su fuerza, sino que una nueva clase dirigente sustituyó a la antigua. La verdadera novedad fue la transferencia de poder del Santo Oficio a la Secretaría de Estado, la cual terminó dirigiendo las nuevas Congregaciones, los tres Secretariados y las varias Comisiones. Se instituyó, además, un organismo semejante a un “Consejo de Ministros” de los gobiernos civiles, formado por las reuniones periódicas de todos los Cardenales que dirigían los Dicasterios, bajo la presidencia del Cardenal Secretario de Estado, cuyas funciones vendrían así a adquirir una nueva y muy diferente importancia».

Puede conocer más sobre la obra de Roberto de Mattei y la historia del Concilio Vaticano II a través de este enlace. 

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