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El caso de Theodore McCarrick: Un fracaso de la corrección fraterna

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Por Boniface Ramsey

Fui profesor en el Seminario de la Inmaculada Concepción desde fines de la década de 1980 hasta 1996, cuando Theodore McCarrick era arzobispo de Newark y ese era su seminario. Ahora me doy cuenta de que la palabra que utilizaba para definir lo que oía en esos días sobre el mal comportamiento de McCarrick con los seminaristas, “rumores”, no era correcta, porque el rumor sugiere incertidumbre. De que lo que los seminaristas hablaban entre ellos y con algunos miembros de la facultad eran experiencias que ellos habían vivido en primera persona, o que habían oído que otros habían sufrido. Podía haber sido un chisme, pero fue un chisme acerca de eventos reales.

La mayoría de las personas que han seguido el caso de Theodore McCarrick ya saben que tenía a disposición una casa en la playa, en la costa de Jersey, a la que regularmente invitaba a los seminaristas. Así funcionaba: él o su secretario se ponían en contacto con el seminario y pedían cinco seminaristas específicos, o simplemente se ponían en contacto directamente con los seminaristas. Es fácil de comprender que no era fácil negarse a una petición del arzobispo. Cuando McCarrick y los cinco seminaristas llegaban a la casa de la playa, había seis hombres y solo cinco camas. McCarrick enviaba a cuatro de sus invitados a cuatro de las camas disponibles y luego le decía al quinto seminarista que “utilizaría una litera” que había en su habitación. Cuando llegaba la hora de acostarse, McCarrick se desnudaba, casi siempre delante del seminarista, antes de ponerse el pijama. La expectativa era que el seminarista haría lo mismo, aunque algunos lograron evitar esto yendo al baño o por algún otro truco. A veces, me han contado, los cinco seminaristas corrían del coche a la casa para coger sus camas, y los más lentos terminaban con el arzobispo.

Cada vez que un seminarista que había dormido en la misma cama que McCarrick compartía su experiencia con un miembro de la facultad, la respuesta común era: “¿Te ha tocado?”. Cuando busqué en mi memoria lo que sucedió hace treinta años, esta también podría haber sido mi respuesta. Nunca oí que McCarrick tocara a nadie. Dado que no había tocamientos y que conceptos como el acoso sexual y el abuso de poder no eran muy familiares en ese momento, y dado que no había ningún precedente sobre cómo tratar con un arzobispo que se acostaba con sus seminaristas, pero no los tocaba, no parecía que hubiera nada más que hacer que aceptar este comportamiento inusual.

El comportamiento no sólo era inusual; también estaba mal. Pero, ¿por qué? ¿Porque era impropio de un arzobispo? ¿Porque algunos seminaristas eran objeto de la atención de su arzobispo y otros no? (Le gustaba referirse a sus favoritos como “sobrinos” y a sí mismo como su “Tío Ted”.) ¿Porque era una ocasión que llevaba al pecado? En cualquier caso, ¿qué miembro de la facultad hubiera tenido el valor para acercarse al arzobispo y decirle que eso, simplemente, no estaba bien?

Aquí debemos resaltar que no sólo el acoso sexual y el abuso de poder eran cosas por las que la gente se preocupaba menos en aquel entonces, sino también que nadie en ese momento sabía nada de las denuncias de abuso infantil que se harían contra McCarrick y que el New York Times revelaría en junio de este año. Solo existía su comportamiento inusual con los seminaristas, que parecía ser aceptado por todos.

Eventualmente, sin embargo, empecé a tener dificultades para aceptarlo. El comportamiento inusual fue exacerbado por el silencio que lo rodeaba; no sentí ninguna desaprobación al respecto, sólo una especie de resignación. Yo era un recién llegado a la escena del seminario y, en ese momento, un fraile dominico en lugar de un sacerdote de la diócesis de Newark. Quizás pude ver la situación con más distancia crítica que los otros miembros de la facultad. En busca de consejo, hablé con un compañero dominico cuyo consejo respeté. Para él era obvio que debía llevar mis preocupaciones al rector del seminario, algo que hice en los últimos años de la década de los 80 (ya no recuerdo exactamente cuándo). El rector sabía exactamente de lo que estaba hablando y prometió hacer todo lo posible para detenerlo, después de admitir que se sentía atado entre la lealtad a su arzobispo y su comprensión de que lo que estaba haciendo el arzobispo no estaba bien. Independientemente de lo que hiciera el rector -y creo que tomó algún tipo de acción-, McCarrick no se inmutó y las visitas a la casa de la playa continuaron.

En algún momento, a principios de los años 90 (de nuevo, ya no recuerdo la fecha exacta), los miembros votantes de la facultad tuvieron su reunión habitual al final del año académico para hablar sobre los seminaristas y su posible promoción para el año siguiente. Uno de esos seminaristas era un hombre que, por varias razones, yo creía que debía ser expulsado. Hice partícipes de mis preocupaciones a los otros miembros votantes; estuvieron de acuerdo conmigo, y el estudiante fue expulsado. Cuando regresé al seminario al inicio del siguiente año académico, el rector (que no era el mismo al que yo había planteados mis inquietudes algunos años antes) me dijo que McCarrick sabía que yo era en gran parte responsable de la expulsión del seminarista en cuestión, y que en consecuencia me había quitado la facultad de votar. Me dí cuenta, a posteriori, que McCarrick supo esto por medio de otro miembro votante de la facultad que estaba allí presente, y que esto significó una brecha en la confianza.

Al cabo de un tiempo telefoneé al arzobispo de Louisville, mons. Thomas Kelly, ya fallecido, que era amigo mío, para contarle lo sucedido. Recuerdo lo que dijo: “Todos nosotros sabemos” que McCarrick había “recogido” a alguien en un aeropuerto. Lo que entendí es que McCarrick había conocido a un atractivo auxiliar de vuelo y lo había invitado a convertirse en un seminarista ahí mismo. (Me han dicho que esta no fue la única invitación espontánea). Si esta persona compartió la cama de McCarrick en la casa de la playa o en cualquier otro lugar, no lo sé, pero fue claramente lo suficientemente importante para McCarrick para que este me despidiera cuando dije que este hombre tenía que ser expulsado. Comprendí que el “nosotros” de “todos nosotros sabemos” significaba los obispos compañeros de McCarrick. Este fue la primera vez que tuve la intuición de que el conocimiento del comportamiento de McCarrick no estaba restringido al seminario, o a la archidiócesis de Newark, sino que estaba muy extendido entre los obispos estadounidenses.

A finales de 1995, un cambio de asignación en la provincia dominica me imposibilitó seguir enseñando en el seminario de la Inmaculada Concepción y, en la primavera de 1996, renuncié a mi cátedra. En mi nueva tarea nunca olvidé a McCarrick y su extraño comportamiento con los seminaristas, pero no era algo que me quitara el sueño; es decir, no hasta noviembre de 2000, cuando la nunciatura en Washington anunció que McCarrick había sido nombrado arzobispo de Washington, DC. La idea de que alguien que había compartido cama con sus propios seminaristas ahora se mudaría desde Newark a la prestigiosa sede de Washington, e inevitablemente se convertiría en un cardenal, me dejó atónito y me enfureció. ¿Acaso la gente no conocía la reputación de McCarrick? Escribí todo lo que pensaba sobre este asunto al nuncio, el arzobispo Gabriel Montalvo, y le telefoneé para decirle que esperara una carta de mi parte. Decidí mencionar mi carta a un sacerdote amigo en Newark, que me advirtió que no la enviara. Dijo que se la mostraría a McCarrick, quien intentaría dañarle de alguna manera. Dos días después, telefoneé al arzobispo Montalvo por segunda vez, para decirle que no debía esperar mi carta porque temía que McCarrick la viera. (¡Vaya con la valentía que muchos me han atribuido!) Recuerdo claramente su respuesta: “¡Envíeme la carta!”, dijo. “¿Qué piensa, que somos tontos? ¡Envíe la carta!”. Nunca supe con certeza por qué Montalvo se expresó de manera tan categórica. ¿Acaso fue porque necesitaba documentación para poder utilizarla contra McCarrick? Envié la carta el mismo día, 24 de noviembre, y nunca recibí acuse de recibo.

Una carta con fecha 11 de octubre de 2006 del arzobispo Leonardo Sandri, entonces sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, al Padre Boniface Ramsey, hace referencia a una carta de noviembre del 2000 que el Padre Ramsey había escrito al arzobispo Gabriel Montalvo, nuncio del Vaticano en los Estados Unidos, advirtiendo sobre el abuso sexual cometido por el arzobispo Theodore E. McCarrick. La carta, escaneada y enviada por el Padre Ramsey al Catholic News Service el 7 de septiembre, confirma los comentarios anteriores del Padre Ramsey y también confirma los elementos del testimonio del 26 de agosto del Arzobispo Carlo Maria Viganò, ex nuncio en los Estados Unidos. (Foto del CNS / cortesía del padre Boniface Ramsey) Ver MCCARRICK-SANDRI-RAMSEY, 7 de septiembre de 2018. EDITORES: Nombre del sacerdote redactado por el padre Ramsey y CNS.

Carta con fecha 11 de octubre de 2006 del Arzobispo Leonardo Sandri, entonces sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, al Padre Boniface Ramsey (foto del CNS/cortesía del Padre Boniface Ramsey).

Sin embargo, una especie de reconocimiento llegó seis años más tarde en forma de solicitud, en octubre de 2006, del arzobispo Leonardo Sandri, un alto funcionario de la Secretaría de Estado del Vaticano. Sin mencionar el nombre de McCarrick, Sandri me preguntó si sabía si un joven sacerdote de la archidiócesis de Newark, que estaba siendo considerado para un puesto en el Vaticano, había estado implicado en las actividades que mencioné en mi carta de noviembre de 2000 al arzobispo Montalvo. Le respondí que, por lo que yo sabía, no había estado involucrado. Es importante destacar que la carta de Sandri demostraba que ciertamente el nuncio había recibido mi carta, que había sido remitida al Vaticano, donde indudablemente su contenido era conocido, no sólo por Sandri, sino también por otros.

Mientras tanto, en julio de 2004, en el transcurso de una conversación con el cardenal Edward Egan de Nueva York, quien me había recibido en su archidiócesis como sacerdote diocesano, tuve la oportunidad de poner sobre la mesa el tema del comportamiento de McCarrick. El cardenal Egan no quería discutir sobre el tema y pasamos a otras cuestiones. Pero fue obvio, por su rápida reacción, que estaba en conocimiento de lo que pasaba con McCarrick.

Entre 2006 y 2015 no estuve involucrado en nada relacionado con McCarrick. Pero no fue un tiempo sin incidentes para quienes estaban construyendo un caso en su contra. Si uno confía en el testimonio del arzobispo Carlo Maria Viganò, los informes del mal comportamiento de McCarrick con los seminaristas ya habían llegado a oídos del Papa Benedicto XVI. Y, mientras tanto, circulaban historias que iban mucho más allá de lo que había ocurrido en la casa de la playa en la costa de Jersey. Si se tiene curiosidad, basta conectarse a Internet, buscar Theodore McCarrick y se puede encontrar material difícil de imaginar, ni siquiera por quienes tienen un respeto casi nulo por este hombre.

En marzo de 2015 asistí al funeral del cardenal Egan en la catedral de San Patricio y vi a McCarrick entre los concelebrantes. Sentí rabia y perplejidad. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Acaso no tenían todos ellos conocimiento de sus acciones? ¿No lo sabía el propio Egan? Pensé en expresar mis preocupaciones al cardenal Sean O’Malley, arzobispo de Boston, jefe de la Comisión Pontificia para la Protección de Menores. Si había alguien que sabía cómo abordar el tema del acoso sexual a seminaristas, seguramente era él. Por lo tanto, escribí a O’Malley en junio de ese año y le pedí que reenviara mi carta a las autoridades pertinentes, si mis preocupaciones no estaban bajo su jurisdicción. La secretaría del cardenal respondió a los pocos días, informándome de que la información que había enviado no estaba bajo la jurisdicción del cardenal. Ni una palabra sobre el reenvío de mi carta. Sospeché que O’Malley no la había leído.

Poco después, le pregunté al mismo amigo que me había aconsejado a finales de la década de los 80 hablar con el rector del Seminario de la Inmaculada Concepción, sobre si debía o no seguir insistiendo sobre el caso McCarrick. Me dijo que en su opinión no debía hacerlo, y que McCarrick debería echar cuentas con su conciencia y con Dios en su vejez. Decidí seguir su consejo.

Qué sorpresa fue para mí leer en el New York Times, a finales de junio de este año, sobre las acusaciones de abuso infantil presentadas contra McCarrick. La mayoría de nosotros pensaba que se interesaba sólo por hombres jóvenes, y que tal vez se sentía satisfecho sólo con la proximidad física. Con las nuevas denuncias entramos por completo en otro terreno. Fue entonces cuando me puse en contacto con los reporteros del Times y les conté mis esfuerzos por informar sobre el comportamiento de McCarrick con los seminaristas. Al menos ahora salían a la luz muchas cosas que habían estado encubiertas durante años, aunque probablemente no todo. Y, por supuesto, las revelaciones sobre McCarrick fueron seguidas por el informe del fiscal del distrito de Pennsylvania. La segunda fase de la crisis de abusos sexuales de la Iglesia estadounidense había comenzado.

La ira que ha surgido entre los católicos en respuesta a la avalancha de información sobre McCarrick se debe, sobre todo, a dos cosas. La primera: los actos por los que ha sido acusado McCarrick. La segunda: el hecho de que muchos de los compañeros de McCarrick en la jerarquía parecen haber sido conscientes de al menos algunos de esos actos -concretamente, los que tienen que ver con los seminaristas- y no dijeron nada. El descaro de McCarrick y su falta de vergüenza, su indiferencia ante lo que los demás, que conocían su comportamiento, podrían haber pensado de él (y seguramente él sabía que ellos sabían), son suficientemente impactantes. El hecho de que quienes conocían, al menos parte, de su mala conducta, no la evitaron -fue aceptado e incluso festejado por sus compañeros- es igualmente sorprendente.

Ahora se habla de un mecanismo para abordar el mal comportamiento en la jerarquía. ¿Sería ingenuo si dijera que ese mecanismo ya existe y que su nombre clásico es “la corrección fraterna”? El Evangelio lo menciona: “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas” (Mateo 18, 15). Como poco, los obispos que sabían sobre McCarrick deberían haberle preguntado si lo que se decía sobre él era cierto. Quién sabe cuál hubiera sido su respuesta, pero al menos sus hermanos obispos habrían abierto la puerta a la corrección fraterna. Por supuesto, las peores acciones de las que se acusa a McCarrick ya las había llevado a cabo cuando se convirtió en obispo, y no hay ninguna razón para suponer que otros obispos supieran de ellas. Pero si le hubieran preguntado sobre su mala conducta con los seminaristas, no habrían sido arrastrados con él cuando esa mala conducta se hizo pública más tarde. Tal como están las cosas, sus pecados han caído también sobre ellos, y todos son muy conscientes de ello. El caso de Theodore McCarrick es, entre otras cosas, un caso de fracaso de la corrección fraterna.

Una forma de compensar este fracaso sería que las autoridades eclesiásticas, incluido el Papa Francisco, actuasen de una manera que no sólo fuera justa y veloz (la justicia retrasada es justicia denegada), sino que también tuviera sentido para el público en general. Un ejemplo de lo que no tiene sentido para la mayoría de las personas fue el nombramiento en 2004 del cardenal Law como arcipreste de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma después de sus pasos en falso cuando, siendo arzobispo de Boston, llevó en 2002 la crisis de los abusos a un punto crítico. El Vaticano debió considerarlo como una degradación, pero a la mayoría de los laicos les pareció una tarea bastante cómoda. McCarrick ha sido relegado recientemente a una casa religiosa en Victoria, Kansas, donde vive “una vida de oración y penitencia”, pero tal disciplina puede parecer medieval y muy alejada de la experiencia común de la mayoría de los católicos de hoy. Si él es culpable de las acusaciones, y si la prisión no es una opción debido al estatuto de limitaciones, la expulsión pública de McCarrick del sacerdocio, no sólo del Colegio de Cardenales, sería una respuesta apropiada y en general comprensible por sus crímenes y pecados. La laicización del sacerdote que tal vez ha sido la cara más pública de la iglesia institucional en los Estados Unidos demostraría que las víctimas de los abusos, tanto niños como adultos, cuentan más en la Iglesia que la institución. Después de todo, esa institución existe para la santificación de los miembros individuales del Cuerpo de Cristo; los miembros no existen para la institución. Padre, luego obispo, luego arzobispo, luego cardenal: Theodore McCarrick tenía esos títulos y las correspondientes responsabilidades por nuestro bien; traicionarlos en su propio provecho les ha quitado su sentido.

Publicado por Boniface Ramsey en Commonweal Magazine; traducido por Pablo Rostán para InfoVaticana.

12 comentarios en “El caso de Theodore McCarrick: Un fracaso de la corrección fraterna
  1. El vaticano II establece que mientras no se altere el orden publico no hay que hacer nada. Pues eso, no se hace nada hasta que se entera la prensa. Entonces, se hace algo. Sigamos malinterpretando, que nadie va a decir cual es la interpretacion correcta.

  2. ¿Fracaso de la corrección fraterna?

    Qué forma tan curiosa de decir que la Iglesia Católica es un nido de pederastas, donde al pedófilo se le protege, se le mima, se le cuida, se le esconde, se le promociona, etc…

    Eso demuestran los HECHOS, tozudos: En Pennsylvania, de 1000 sacerdotes el gran jurado encontró a +410 pedófilos. Con las confesiones por escrito de sus asquerosos delitos a sus obispo y las respuestas de “corrección fraterna” de éstos.

    El propio Benedicto XVI recomendó un trato “paternal” al pederasta condenado Stephen Keisle:

    internetpolitica . com/personas-admirables/benedicto-xvi/el-pais-miente-deliberadamente-sobre-los-abusos-sexuales-de-menores

    Fíjense cómo mienten éstos para proteger al papa. Léanse lo que dice El País y lo que dice AP, y comprobarán las MENTIRAS.

    1. Sr. Desiderio ¿Quiere que nos creamos los disparates que pueden llegar a publicar medios como El País o el AP? El odio a la Esposa de Cristo de estos grupos de poder puede ser comparable al suyo. Cuando fueron conocidas las prácticas del sr. McCarrick, a pesar de no ser constitutivas todavía de delito en el ámbito civil, S.S.Benedicto XVI lo inhabilitó para las funciones específicas de su ministerio. Sin embargo, años después, siendo evidente y notoria la homosexualidad y los abusos a menores del sr. McCarrick, Bergolio lo rehabilitó y le dio cargos de máxima confianza.

  3. El ex dominico Ramsey puso en conocimiento del nuncio y otros obispos lo que sabía del excardenal McCarrick. Hizo bien. Pero hay un punto que no termino de entender bien. ¿Por qué, pasados muchos años, se dirigió a los reporteros del Times? ¿Por el bien de la Iglesia, quizás…?

  4. Yo creo que ha habido de todo:
    Respetos humanos (en el mal sentido de la palabra), miedo, cobardía, complicidad en el mal, una mafia que en algunos casos impedía que la denuncia llegara a quien tenía que llegarle. Y por último cuando las denuncias llegaron no se actuó con suficiente contundencia, y en el caso de Francisco lo que ya sabemos por Viganó. Más que un desastre. Una promoción de la mafia lavanda.
    Evangelio según san Lucas 17, 1-6
    “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: Es imposible que no vengan escándalos; pero, ¡ay de aquel por quien vienen! Más le vale que le pongan al cuello una piedra de molino y sea arrojado al mar, que escandalizar a uno de estos pequeños. Cuidaos de vosotros mismos. Si tu hermano peca, repréndele; y si se arrepiente, perdónale…”

    1. Y en el caso Benedicto, lo que sabemos por AP:
      internetpolitica . com/personas-admirables/benedicto-xvi/el-pais-miente-deliberadamente-sobre-los-abusos-sexuales-de-menores

      Y en el caso de Juan Pablo II, lo que sabemos por el Boston Globe:
      en . wikipedia . org/wiki/Catholic_Archdiocese_of_Boston_sex_abuse_scandal

      Admítalo, pequeña. No es “una mafia que en algunos casos”… es un auténtico nido de pederastas que EN TODOS Y CADA UNO DE LOS CASOS no hizo lo que tenía que hacer: Denunciar al pedófilo en comisaría y darle una patada en el culo y a la calle con él.

      Es un nido de pedófilos con un 30% de sacerdotes pedófilos.

      1. Sr. Desiderio, su falta de sentido del ridículo no tiene límites. ¿Como se va a denunciar a un “pedófilo” si posiblemente sus prácticas no sean consecutivas de delito? ¿Sabe Vd. la diferencia entre pecado y delito?

        Que denuncie la víctima, o sus allegados, y denuncien al agresor que es una persona, y dejen en paz a la Iglesia, que es Santa. Los delitos los cometen las personas.

        1. Los delitos los cometen las personas, efectivamente. De lo cuál, digo yo, deduce usted que Stalin era un asesino, pero el comunismo es una ideología respetable. ¿No?

          No entiendo que diga usted que las prácticas de un “pedófilo” no sean constitutivas de delito (posiblemente)… ¿No es delito violar a un menor? ¿No es delito meterle mano a un menor? En fin…

          Su “que dejen en paz a la Iglesia” es una afirmación ridícula. La Iglesia Católica ha tenido que pagar muchos millones de dólares a las víctimas de los abusos. Tuvo que pagar porque SE DEMOSTRARON LOS HECHOS. Y seguirá teniendo que pagar…

          Si es Santa, la verdad que no lo parece en absoluto. Más bien todo lo contrario: Pedófilos, homosexuales, robos, sobornos, conspiraciones, asesinatos, etc, etc… tiene de toó.

          Yo entiendo que cualquier católico debería estar interesado en “saber” lo que pasa en su amada Iglesia Católica.

    1. ¿Si? Él hace mal en decir que hizo mal en escribirla. Precisamente ha hecho un gran bien a la Iglesia.
      Él otro día alguien me dijo que es del movimiento carismático, no lo sabía.

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