El Arzobispo de Madrid, Carlos Osoro, ha vuelto a repetir el mensaje del Papa para que acojamos sin reservas -y sin limitación, al parecer- los inmigrantes que nos llegan de África.
El Cardenal Carlos Osoro, Arzobispo de Madrid, se ha reunido con el presidente regional Ángel Garrido y la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena en el Centro Cultural Conde Duque, con motivo de una conferencia en la que la edil ha anunciado que el próximo mes se empezarán a repartir las «tarjetas de vecindad», que servirá para que los inmigrantes sin documentación accedan a servicios municipales como alquileres de vivienda o cursos de empleo remunerados.
Su Eminencia ha aprovechado, asimismo, la ocasión para recordar los «cuatro verbos» que el Papa quiere aplicar a las políticas de inmigración: «Acoger, proteger, promover e integrar a los inmigrantes». El tercero es el más alarmante.
Osoro se ha lamentado de «la globalización de la indiferencia», mientras se preguntaba si «nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro». La realidad «se nos impone en el puerto de Valencia o en Tarifa», dice, instando a los gobernantes a que acojan «a los inmigrantes como seres humanos».
Se necesita, advierte el prelado, «un cambio de mentalidad» que nos lleve a no «mirar al otro como una amenaza».
Es evidente, por este entusiasmo con que Su Eminencia se ha apuntado a la causa, que la sintonía de nuestro arzobispo capitalino y Su Santidad no puede ser más estrecha, al punto de repetir consignas prácticamente idénticas.
¿El problema? Ese precisamente: que son solo consignas. Y, si se me apura, un poquito tramposas.
Ese «mirar al otro como amenaza», por ejemplo: sin decirlo explícitamente, deja en el oyente la impresión de que la única razón para apoyar una política de inmigración ordenada y racional, como la que se ha aplicado en casi todas partes casi todo el tiempo, es que miramos al «otro» como una amenaza.
Lo cual es absurdo; si don Carlos no abre cada noche las puertas del Palacio Arzobispal a cuantos sintecho pululan por su diócesis no es, estamos seguros, porque «vea al otro como una amenaza».
Aplicar esas dosis mínimas de sentido común a sus otras declaraciones produce un efecto similar, como el de disipar una silueta formada por el humo soplando. ¿La «globalización de la indiferencia»? ¿En serio puede alguien creer que vivimos la «globalización de la indiferencia»? En la propia reacción continuada de Osoro, que se hace perfecto eco de mil discursos hoy repetidos por políticos como su amiga Carmena o el presidente del Gobierno, advertimos más bien la «globalización» de un sentimentalismo blando, dulzón, fácil y cortoplacista.
Dudo que haya mucha gente en España dispuesta a acoger a los pasajeros del Aquarius como otra cosa que «como seres humanos», a excepción de los políticos, que los acogen como a estrellas de Hollywood, y de los traficantes de personas, que los ven como carga y mercancía a la que extraer el máximo beneficio posible.
Yo querría de verdad que nuestros prelados no vieran «al otro como una amenaza», y tampoco como una ocasión de lucimiento barato. Me gustaría que no vieran como una amenaza esos «otros» que son los países africanos que están, como recordaba recientemente el senador italiano Toni Iwobi, perdiendo a chorros su recurso más preciado, sus jóvenes, una vez más en beneficio del rico Occidente.
Porque, efectivamente, son seres humanos. Y porque «promover» esa inmigración masiva, ilegal, inasumible, dependiente de mafias y basada en la codicia de tantos, es, realmente, haberse acostumbrado «al sufrimiento del otro».