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‘Entender Amoris Laetitia’: la reflexión del cardenal Ouellet sobre la exhortación apostólica postsinodal

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El pasado 8 de noviembre, L’ Osservatore Romano publicaba la reflexión sobre la exhortación apostólica Amoris Laetitia del prefecto de la Congregación de los Obispos, el cardenal Marc Ouellet. A continuación, puede leer el mensaje del cardenal Ouellet traducido por Helena Faccia Serrano para InfoVaticana: 

El título de la Exhortación postsinodal de Francisco Amoris Laetitia contiene, en dos palabras, la totalidad del mensaje. Vincula la alegría con el amor, como si fueran las dos caras de la misma moneda, una moneda marcada con el sello de la Santísima Trinidad, «misterio del que brota todo amor verdadero» (63). Eligiendo este título, el Santo Padre confiesa su fe en el amor humano que fluye del amor divino y está imbuido de su gracia, hasta el punto que la familia es celebrada en las páginas del texto como un reflejo imperfecto, pero genuino, de la Santísima Trinidad: «El Dios Trinidad es comunión de amor, y la familia es su reflejo viviente» (11).

Mantengamos ante nuestros ojos, de manera firme y clara, esta visión bíblica y teológica presente en todo el texto, porque es una visión que garantiza la profundidad, originalidad y correcta interpretación del mismo ante la simplificación de su significado causada por una lectura superficial. Amoris Laetitia es mucho más. Es el descubrimiento de una valiosa antropología trinitaria que responde a los apremiantes desafíos de una cultura sin Dios ni alegría y que al enseñarnos el camino eficaz hacia una nueva evangelización, nos propone un diálogo pacífico con la transformación antropológica que estamos viviendo.

Propongo ilustrar esta directriz de la Exhortación apostólica Amoris Laetitia, para así dar respuesta a la búsqueda apasionada que lleva a cabo la Iglesia desde el Concilio Vaticano II, no sólo ofreciendo una visión llena de esperanza, sino también un enfoque pastoral que ha sido profundamente renovado y adaptado a la situación actual de las parejas y las familias. Vale la pena leer y releer esta larga reflexión, porque en sí misma merece más atención que el debate público causado por sus puntos controvertidos.

El desafío de leer de nuevo

Si juzgamos por las reacciones contrastantes que siguieron a su publicación, la Exhortación postsinodal del Papa Francisco Amoris Laetitia ha entrado con fuerza en la opinión pública, deleitando a algunos, preocupando a otros, pero sin dejar a nadie indiferente. Hay quienes han visto en ella la buena noticia de una apertura, aunque pequeña, al acceso a los sacramentos de los divorciados que se han vuelto a casar; otros han lamentado dicha apertura, pues en su opinión se corre el riesgo de una ruptura con la doctrina tradicional y la enseñanza de la Iglesia Católica. El capítulo ocho, que aborda esta cuestión, capturó inmediatamente la atención de la gente y, dependiendo de las expectativas del lector, proporcionó una clave interpretativa para todo el documento que, de este modo, ha sido juzgado, por algunos, positivo y abierto y, por otros, ambiguo y arriesgado [1].

Más allá de esta mirada inicial, influenciada por la publicidad mediática relacionada con los dos sínodos sobre la familia (2014-2015), lectores menos impacientes se han tomado el tiempo necesario para evaluar un texto intenso y complejo, mucho más profundo y rico en posibilidades de lo que una interpretación sugeriría a primera vista. El propio Papa Francisco ha proporcionado claves de lectura que nos invitan a una reconsideración completa del mensaje de Amoris Laetitia con el objetivo de no malinterpretarlo. Ha identificado en los capítulos cuatro y cinco, sobre el amor, el centro del documento, que debe ser leído como un todo para, así, comprender correctamente los límites y el alcance de una serie de orientaciones pastorales que han sido ampliamente comentadas, a menudo fuera de su contexto. En resumen, tras el entusiasmo que suscitó su publicación, siguió una pausa de reflexión, de nueva lectura y de desarrollo para apreciar su valor y garantizar una implementación adecuada del mismo. Algunas conferencias episcopales ya han publicado directrices más precisas para sus propios contextos, con un punto de vista claro y que busca la inculturación.

Creo que esta tarea es especialmente urgente y necesaria en Canadá, donde existe una gran brecha entre la enseñanza oficial de la Iglesia y la experiencia viva de parejas y familias; esta brecha se ha ido agrandando progresivamente a partir del Concilio Vaticano II, influenciada por la cultura de los anticonceptivos, el divorcio y el aborto, hasta tal punto que nuestro país se destaca en el mundo por su legislación, que favorece el aborto sin restricción, la eutanasia, el pseudo-matrimonio entre personas del mismo sexo, el suicidio asistido, etcétera, reflejo de lo que San Juan Pablo II llamaba «la cultura de la muerte». Podemos añadir que, en este contexto, las declaraciones magisteriales sobre la familia, como la Encíclica Humanae Vitae y la Exhortación apostólica Familiaris Consortio, han sido silenciosamente acogidas, incluso con una pasiva discrepancia por parte de los teólogos y pastores, que no han ayudado a que se implementaran pastoralmente. Estas observaciones, que por desgracia no suceden sólo en nuestro país, conciernen a las actitudes predominantes en nuestras sociedades occidentales secularizadas, y nos obligan a reflexionar seriamente y a llevar adelante esa «conversión pastoral» a la que nos insta el Papa Francisco si queremos proponer «la alegría del Evangelio» y el «Evangelio de la familia», en diálogo con la realidad hodierna.

En mi opinión, AL es el centro de esta conversión, siguiendo las orientaciones generales de Evangelii Gaudium, gracias al duro trabajo llevado a cabo por los sínodos de 2014 y 2015, que han hecho balance de las transformaciones culturales actuales, a las que intentaron adaptar los métodos pastorales, más allá de las críticas amargas y estériles de los excesos seculares de la sociedad contemporánea. A este respecto, el Papa Francisco es un ejemplo a seguir: sus continúas declaraciones en los medios de comunicación social, su predicación hecha a través de gestos de cercanía y compasión, su atención a la dignidad de cada persona y, especialmente, de los más necesitados, nos demuestran que es consciente que para evangelizar el mundo de hoy primero debemos amarlo y encontrar modos de conectar con sus valores, incluso cuando estos están invadidos por ideologías opuestas al cristianismo.

De ahí el tono constructivo de AL, su lenguaje incisivo y la viva esperanza que transmite en apoyo de las familias y la reestructuración de la atención pastoral de la familia. La «alegría del amor» que el Papa Francisco propone a los hombres y mujeres de hoy tiene lo necesario para avivar y fortalecer a todas las familias, pero lo que busca, sobre todo, es renovar la misión de la familia como Iglesia doméstica mediante la proclamación de la belleza y la gracia inherentes en ella. Sin embargo, la historia recordará, indudablemente, la contribución que ha hecho a la atención pastoral mediante las actitudes que propone, y con los medios de acompañamiento y discernimiento que buscan conectar con las esperanzas y respetar las distintas experiencias de vida de las parejas y familias de hoy en día. Desde las primeras líneas el Papa afirma, junto a los padres sinodales, que a pesar de la gran cantidad de signos que indican que el matrimonio está en crisis, «el deseo de familia permanece vivo, especialmente entre los jóvenes, y esto motiva a la Iglesia» (AL 1).

Hacia una hermenéutica correcta

Por consiguiente, debemos volver a leer Amoris Laetitia con un espíritu de conversión pastoral que tenga, primero de todo, una receptividad genuina y libre de prejuicios al magisterio pontificio; segundo, un cambio de actitud respecto a las culturas alejadas de la fe; tercero, un testimonio convincente de la alegría del Evangelio que surge de la fe en la persona de Jesús y en su amorosa y misericordiosa mirada sobre toda la realidad humana. La hermenéutica del Papa empieza con la Palabra de Dios y la mirada de Jesús sobre la familia para describir la alegría del amor desde una perspectiva evangélica y realista, contemplando, por un lado, el ideal de amor «Trinitario» y el primado y la eficacia de la gracia en la vida de la pareja, y por el otro, la cualidad gradual y progresiva de la experiencia humana del amor, sus trampas culturales, sus fragilidades e imperfectas (y a veces pecaminosas) manifestaciones. Una perspectiva como ésta presupone la antropología personalista del amor encontrada en la Biblia, como también la pedagogía correspondiente que imita la paciencia de Dios, su atenta cercanía a las heridas de sus hijos y, por encima de todo, su misericordia.

Utilizando las palabras del Papa Francisco, «los dos capítulos centrales están dedicados al amor». Estos dos capítulos contienen las reflexiones más importantes respecto a la propuesta original del Papa de ampliar y completar la enseñanza de la Iglesia sobre este tema. Estas notables y densas páginas describen el amor conyugal y familiar de un modo que concreta la gracia del sacramento del matrimonio. Basándose en el «don» del sacramento que consagra el don oblativo definitivo, total y mutuo de los esposos, el Papa describe el amor de la familia utilizando las palabras del himno a la caridad de San Pablo, que es el ideal de todo bautizado y, sobre todo, el ideal de quienes han emprendido el viaje hacia la perfección de la caridad conyugal. Dicha perspectiva, descendente en el modo de hablar puesto que la caridad procede de la gracia, está complementada por una visión antropológica ascendente inspirada por Santo Tomás de Aquino, que también describe el amor de los esposos como una amistad; en otras palabras, como un compartir íntimo que implica el mutuo aprecio y el apoyo de otras personas, más allá de los elementos estrictamente conyugales de su vínculo.

El hecho que la gracia y la caridad sean los primeros aspectos abordados, no relega la naturaleza específica del amor conyugal y familiar a un segundo lugar; al contrario, encontramos en Amoris Laetitia un análisis delicado de la psicología del amor, de los sentimientos y emociones que lo acompañan, de la dimensión erótica y de la dimensión de la pasión; todo ello desarrolla y confirma la antropología trinitaria del amor que, de manera explícita, integra la premisa doctrinal de Pablo VI sobre la apertura a la vida del amor conyugal (Humanae Vitae), como también la esencia de las catequesis de San Juan Pablo II sobre la «teología del cuerpo», en concreto su carácter especialmente nupcial grabado en la dinámica del amor y en la complementariedad física y espiritual del hombre y la mujer. Volveremos más tarde sobre la imagen de Dios en el hombre, que funciona como la base doctrinal para todo este enfoque pastoral sobre la familia en viaje.

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La clave para la atención pastoral de la familia: la educación al amor

La entusiasmada y realista propuesta de amor conyugal y familiar en la Exhortación apostólica Amoris Laetitia sería ilusoria e inútil sin el énfasis que pone en la educación. El objetivo del Papa Francisco es ofrecer una apología genuina para formar en el amor verdadero, que es una realidad fundamental que se vive en el tiempo y que requiere un proceso de crecimiento y maduración que se realiza por caminos claramente marcados y acompañados, para que así el amor se comprenda y se viva como una realidad mucho más profunda y bella que un fugaz romance puramente emocional. Dicha formación se fundamenta en el plan de Dios, que revela que la humanidad, hombre y mujer, ha sido creada a imagen suya para reflejar su amor a través de un compromiso permanente y el don total de las personas en una «íntima comunidad conyugal de vida y amor» (GS 48) que constituye una unidad básica de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo y su Esposa. La educación al amor tiene lugar en el contexto de la familia, la Iglesia doméstica, incluyendo la transmisión de la fe, el aprendizaje de las virtudes humanas y cristianas, la educación sexual y el acompañamiento de los prometidos y su adecuada preparación al matrimonio sacramental a través de una catequesis apropiada, que les ayude a tomar conciencia de cómo el matrimonio sacramental está enraizado en la consagración bautismal.

En este contexto de diálogo, los futuros esposos están acompañados por sus mayores, que les ayudan a recorrer el camino de maduración y amor, marcado por el descubrimiento del otro tal como verdaderamente es, aceptando las diferencias, respetándose mutuamente y con el fin de alcanzar una comprensión, un apoyo y un perdón cada vez mayor. Están invitados a empezar de nuevo cuando surjan las incomprensiones y a seguir madurando para hacer que su amor sea cada vez más profundo. El Papa Francisco basa esta pedagogía en determinados principios fundamentales, sobre los que vuelve una y otra vez en distintos contextos, como por ejemplo, «el tiempo es superior al espacio», «el todo vale más que la parte», «lo real predomina sobre la idea», lo que nos permite trazar un enfoque pastoral efectivo de acompañamiento que imita al de Dios. En otras palabras, una pedagogía conformada por la misericordia, la paciencia y la luz derramada sobre la verdad y el amor, pero también por el realismo ante las limitaciones humanas, por una apertura con el fin de reconocer valores, cuyos aspectos culturales sólo ahora reconocemos y, así, abrazarlos progresivamente mediante decisiones conscientes. De ahí la necesidad y la exigencia de tomar en consideración a las parejas en situaciones «irregulares», sumergidas en el mar de una cultura hedonista y relativista que les impide reconocer plenamente los defectos morales y sacramentales de su situación.

Elementos de conversión pastoral

Es por esta razón que los pastores están invitados a la conversión de su modo de ver y su actitud de acogida, para que adquieran una que no pierda de vista el ideal cristiano de amor conyugal y familiar, pero que también luche por afirmar lo bueno que ya existe en la vida de la gente y que les acompaña progresivamente para que, así, respondan con plenitud al proyecto de Dios para sus vidas. Esto presupone, primero, que uno vea los valores que se viven concretamente en una gran variedad de situaciones; segundo, que se acompañe a la gente en su búsqueda de la verdad y en las correspondientes decisiones morales; y tercero, que se disciernan los pasos que hay que tomar para vivir plenamente el sacramento recibido, o para progresar poco a poco hacía una acogida consciente y provechosa del sacramento, o si no para regularizar una situación que es objetivamente irregular, pero no siempre moralmente imputable.

La conversión de un pastor en su modo de ver los hechos consiste en percibir no sólo una norma que es vivida perfecta o imperfectamente, sino a la «persona» concreta en su tendencia hacia el bien, en su afirmación del bien que está viviendo, y así acompañarla en su discernimiento gradual respecto a las posibles opciones para una mayor santidad o integración en la comunión eclesial, sin importar su estatus público, ya sea un creyente respetable, un catecúmeno en camino o un bautizado que se ha alejado y cohabita o que se ha divorciado y vuelto a casar. Sin esta conversión que afirma a la persona en su progresión gradual, es imposible adoptar una actitud pastoral adecuada de acogida, escucha, diálogo y misericordia. El Papa llama explícitamente a «toda la Iglesia [a] una conversión misionera» (201), sugiriendo en diversos lugares que para la misión es más importante luchar por integrar a la gente que está en proceso gradual de conversión, que mantener a los fieles en una pertenencia que puede ser jurídicamente correcta, pero superficial (201, 293-295, 305, 308).

Dicho enfoque es típicamente misionero porque no se detiene en verificar si los fieles cumplen con las obligaciones que han contraído a través del bautismo o el matrimonio, sino que más bien consiste en extender la mano a toda persona que sintamos que está siendo marginada o alejada de la comunidad. Presupone una capacidad para discernir las semillas de la Palabra difundidas en toda la creación y en el corazón humano, que son también el anuncio de la proclamación del Evangelio de la familia en toda su belleza y exigencia. Tomar en consideración los factores culturales y los obstáculos morales «que limitan la capacidad de decisión» y, en consecuencia, la «imputabilidad y la responsabilidad de una acción» (301-302), presupone también un mayor respeto por la conciencia moral de las personas y por la complejidad de sus decisiones. Además, la formación de una conciencia recta e iluminada que pueda afrontar los retos morales de una decisión puede necesitar tiempo y, por lo tanto, implica respeto por las decisiones personales, incluso si las opciones no son totalmente acordes al ideal evangélico enseñado por la Iglesia.

Atención pastoral de los divorciados que se han vuelto a casar

A este respecto, el capítulo ocho de la Exhortación apostólica merece ser abordado de forma separada, dada la complejidad de las cuestiones planteadas y las implicaciones de determinadas propuestas que pueden causar dificultades en la interpretación y aplicación de los criterios que guían la atención pastoral de los divorciados que se han vuelto a casar. Acompañar, discernir e integrar las debilidades: estos son los tres verbos cruciales que indican muchas posibles direcciones pastorales para atender a las personas en situación de debilidad y, así, reconciliarlas, en la medida de lo posible, con Dios y con la Iglesia. Acompañar significa confiar en la gracia, que actúa en la vida de la gente, con el ideal cristiano claramente presente, pero, también, teniendo en cuenta el principio de la gradualidad, que no significa «la gradualidad de la ley», sino la gradualidad en interiorizar sus valores por parte de esas personas que, de manera concreta, viven fuera de ella [2]. El arte de discernir en situaciones irregulares se basa en estos mismos principios y en los de la teología moral que nos permiten definir las situaciones y sus causas, mitigando las circunstancias, haciendo los ajustes posibles dependiendo de la conciencia moral de la persona, valorando los casos excepcionales que surgen dada la brecha entre las normas generales y las circunstancias particulares e, incluso, considerando la posibilidad de estar viviendo en una situación subjetiva de gracia pero objetiva de pecado (301, 305). Esto tal vez abra la puerta a recibir la ayuda de los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía «en determinados casos», tal como leemos en la nota a pie de página, pero no de un modo general o trivial, sino en uno que discierna cuidadosamente y con una lógica de misericordia pastoral. De hecho, en este punto estamos tratando con las «excepciones», lo que no significa aportar cambios a la doctrina o a la disciplina sacramental, sino aplicarlas de modo que sean más diferenciadas y adaptadas a las circunstancias concretas y la bondad de las personas (300). Quiero poner en evidencia que cualquier interpretación alarmista de condena de una posible ruptura con la tradición, o una interpretación permisiva que celebre el acceso a los sacramentos concedidos, por fin, a los divorciados que se han vuelto a casar no es fiel al texto y a la intención del Supremo Pontífice. En resumen, todo el capítulo se basa en una nueva conversación pastoral que puede consolar a muchas personas que sufren, ayudándolas a caminar hacia una mayor integración en la comunidad y a un cumplimiento más perfecto de su vocación.

¿Qué esperanza hay ante los desafíos actuales?

La visión global que hemos realizado ahora del documento en su conjunto nos sirve como un marco general para una propuesta pastoral, cuyo valor y potencial podemos apreciar ahora. Su primera ventaja es, tal vez, aplicar, con valentía y de manera realista, el legado bíblico y la tradición de la Iglesia para oponerse a las tendencias culturales y limitar los enfoques pastorales existentes.

En este sentido, Amoris Laetitia es una respuesta a los mayores desafíos que entorpecen la comprensión y recepción de la doctrina de la Iglesia sobre la familia. Estos desafíos son, en primer lugar, culturales, y el que está por encima es sobre todo el difundido «individualismo» que se manifiesta, entre otras cosas, en una cierta «libertad de elección» ilimitada que «degenera en una incapacidad de donarse generosamente» (33). De ahí el estupor ante «el ideal matrimonial, con un compromiso de exclusividad y de estabilidad, [que] termina siendo arrasado por las conveniencias circunstanciales o por los caprichos de la sensibilidad» (34). Otro desafío consiste en reconocer que «nuestro modo de presentar las convicciones cristianas y la forma de tratar a las personas» requiere «una saludable reacción de autocrítica» (36). Por ejemplo, la insistencia exclusiva en un determinado periodo sobre el «deber de la procreación» o la «idealización excesiva» del matrimonio, sin el complemento fundamental de confianza en la gracia, «no ha hecho que el matrimonio sea más deseable y atractivo, sino todo lo contrario» (36).

Otros factores culturales son contrarios a la visión cristiana de la familia: el fracaso de muchos matrimonios; la noción puramente emotiva y romántica del amor; una afectividad narcisista, inestable y cambiante; una mentalidad antinatalista cultivada por política coercitivas; condiciones materiales desfavorables y extrema pobreza, migraciones forzadas y el envejecimiento de la población, que conllevan nuevas amenazas a la familia. Además de la eutanasia y el suicidio asistido (48) debemos añadir numerosas adicciones, violencia, abusos sexuales, la imposición en todas partes de la ideología de «género» y, por último, pero no menos importante, la omisión de Dios en las sociedades secularizadas. El Papa concluye: «No caigamos en el pecado de pretender sustituir al Creador. Somos criaturas, no somos omnipotentes. Lo creado nos precede y debe ser recibido como don» (56).

Los desafíos que acabamos de enumerar afectan a la transmisión del Evangelio de la familia, lo dificultan, pero no hacen imposible encarnarlo, porque al contrario de lo que sucede con la sabiduría del mundo, el Evangelio de la familia descansa en el don de la gracia, que es Jesucristo, que renovó el proyecto de Dios para la familia y lo convirtió en una institución clave en su Reino, un sacramento de su propio Amor. Esto es lo que explicita el segundo capítulo de Amoris Laetitia, que empieza con la proclamación del kerygma de la muerte y resurrección de Cristo, que restablece el amor conyugal y familiar «a imagen de la Santísima Trinidad, misterio del que brota todo amor verdadero» (63). Esta proclamación no es sólo la declaración de un ideal, sino que es el anuncio de un don concreto y encarnado ofrecido, primero de todo, a la Sagrada Familia de Nazaret y extendido luego a cada familia en la que mora la gracia de Cristo. Francisco evidencia la gracia del sacramento repitiendo la visión cristológica del Concilio Vaticano II: «Cristo Señor “sale al encuentro de los esposos cristianos en el sacramento del matrimonio”, y permanece en ellos» (67).

En este contexto, el sacramento del matrimonio demuestra ser un estatus muy superior que no puede ser reducido a «una convención social, un rito vacío o el mero signo externo de un compromiso». Es un «don» que no es una «cosa» o una «fuerza», sino Cristo mismo que ama a su Iglesia y hace ese amor presente en la comunión de los esposos (73). Sus vidas enteras están santificadas y reforzadas por la gracia del sacramento que brota del misterio de la Encarnación y de la Pascua. Por su parte, los esposos «están llamados a responder al don de Dios con su empeño, su creatividad, su resistencia y su lucha cotidiana, pero siempre podrán invocar al Espíritu Santo que ha consagrado su unión, para que la gracia recibida se manifieste nuevamente en cada nueva situación» (74).
Esta síntesis del sacramento hecha por el Santo Padre la completa un recordatorio oportuno y relevante relacionado con determinados datos de la enseñanza de la Iglesia, sobre todo del vínculo intrínseco entre amor conyugal y procreación (68), afirmado por el Beato Pablo VI en su Encíclica Humanae Vitae. «Ningún acto genital de los esposos puede negar este significado» (80). También insiste en la mirada misericordiosa de Cristo sobre los fieles que «viven juntos, o están casados sólo civilmente, o están divorciados y vueltos a casar». Respecto a este tema, recuerda con prudencia y determinación la Exhortación de San Juan Pablo II a los pastores en lo que atañe a un «cuidadoso discernimiento de las situaciones» y a un acompañamiento que es paciente y misericordioso, y que tiende a un cumplimiento más total de la realidad sacramental del matrimonio.

El himno a la caridad conyugal, la plenitud del eros

El Papa Francisco dedica 70 páginas a consideraciones sobre el amor, lo que significa casi una tercera parte del documento (89-199), indicio de la importancia de este tema al cual añade unos pocos elementos que complementan las enseñanzas de sus predecesores. A falta de un resumen, quiero llamar la atención acerca de unas cuantas características originales de Amoris Laetitia. Primero, el himno a la caridad de la Primera Carta a los Corintios meditado en estrecha conexión con las virtudes que son indispensables para la vida diaria de las parejas y familias (89-119): paciencia, servicio humilde, amabilidad, desprendimiento, perdón y esperanza. El Papa escribe que «en la vida familiar hace falta cultivar esa fuerza del amor, que permite luchar contra el mal que la amenaza. El amor no se deja dominar por el rencor, el desprecio hacia las personas, el deseo de lastimar o de cobrarse algo. El ideal cristiano, y de modo particular en la familia, es amor a pesar de todo» (119).

Luego pasa a hablar explícitamente de la caridad conyugal, que une a los esposos en virtud de la gracia del sacramento del matrimonio.  «Es una “unión afectiva” [cfr. Sto. Tomás], espiritual y oblativa, pero que recoge en sí la ternura de la amistad y la pasión erótica, aunque es capaz de subsistir aun cuando los sentimientos y la pasión se debiliten» (120). Es un amor que «refleja» el amor que Dios nos tiene, aunque de manera imperfecta, como un signo efectivo que implica –como el Papa advierte, junto con San Juan Pablo II– «un proceso dinámico, que avanza gradualmente con la progresiva integración de los dones de Dios» (122, FC 9). Es, además, la «máxima amistad» (Sto. Tomás) y supone buscar el bien del otro, intimidad, ternura, estabilidad; a lo cual el matrimonio añade la pertenencia mutua exclusiva y el carácter permanente del amor conyugal (123). Este amor también integra la sexualidad, por supuesto, dentro de su naturaleza universal, su exigencia de fidelidad y su apertura a la procreación. «Se comparte todo, aun la sexualidad, siempre con el respeto recíproco» (125).

«En el matrimonio conviene cuidar la alegría del amor» (126), repite el Santo Padre, una observación aparentemente trivial, pero que es la clave de todo su mensaje. Una expresión así presupone una «dilatación de la amplitud del corazón» creada por la caridad que surge de la gracia, una caridad que protege contra el egoísmo. «Cuando la búsqueda del placer es obsesiva, nos encierra en una sola cosa y nos incapacita para encontrar otro tipo de satisfacciones» (126). La alegría del amor puede coexistir con penas y limitaciones, porque el matrimonio no es simplemente un romance emocional, sino una combinación inevitable de «gozos y de esfuerzos, de tensiones y de descanso, de sufrimientos y de liberaciones» que pide la apreciación del «alto valor» de la otra persona incluso si pierde su belleza, su salud o su buen humor.

El Papa escribe en otro lugar sobre el cuidado pastoral del vínculo conyugal que debe estar fundado en la importancia de «casarse por amor» a través de un compromiso público, porque el amor apela a la «institución» del matrimonio por su estabilidad y su crecimiento real, concreto. «Su esencia está arraigada en la naturaleza misma de la persona humana y de su carácter social» (131), implicando por este mismo hecho una serie de obligaciones que brotan del mismo amor, «tan decidido y generoso que es capaz de arriesgar el futuro» (131).

Después de varias reflexiones delicadas sobre la importancia y las condiciones para el diálogo entre esposos, Francisco insiste sobre el amor apasionado, reino de las emociones. Con la ayuda de sus predecesores defiende la dignidad del eros y la naturaleza positiva de la enseñanza de la Iglesia sobre la educación de la emotividad y del instinto (148). «La sexualidad no es un recurso para gratificar o entretener, ya que es un lenguaje interpersonal donde el otro es tomado en serio, con su sagrado e inviolable valor». Con su dimensión erótica, no es solamente una fuente de fertilidad y procreación, sino que posee «la capacidad de expresar el amor: ese amor precisamente en el que el hombre-persona se convierte en don» (Catequesis del 16 enero de 1980) (151).

Por consiguiente, Francisco concluye diciendo que no podemos entender «la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia, sino como don de Dios que embellece el encuentro de los esposos» (152). Añade, con realismo, que el don sigue estando susceptible, sin embargo, al pecado, egoísmo, violencia y manipulación, recordando que la sexualidad «debe conllevar comunicación entre los esposos» (cfr. 1Co 7,5). Comentando Efesios 5, 22 en la misma línea que Juan Pablo II, afirma fuertemente que «el amor excluye todo género de sumisión, en virtud de la cual la mujer se convertiría en sierva o esclava del marido […] La comunidad o unidad que deben formar por el matrimonio se realiza a través de una recíproca donación, que es también una mutua sumisión» (11 de Agosto de 1982) (156).

Apertura a la fecundidad del amor

En el quinto capítulo, «Amor que se vuelve fecundo», el horizonte se amplía para acoger una nueva vida como una apertura a las sorpresas y dones de Dios. Esto es cierto en todas sus instancias, incluso cuando el bebé no es querido o esperado. El hijo siempre es digno de amor porque «los hijos son un don. Cada uno es único e irrepetible […] Se ama a un hijo porque es hijo, no porque es hermoso o porque es de una o de otra manera; no, porque es hijo. No porque piensa como yo o encarna mis deseos. Un hijo es un hijo» (Catequesis del 11 de febrero de 2015) (170).

El amor de un padre y una madre es indispensable para el crecimiento de un hijo. A las madres embarazadas les ofrece este consejo prudente: «Cuida tu alegría, que nada te quite el gozo interior de la maternidad. Ese niño merece tu alegría» (171). Y a los padres: «El problema de nuestros días no parece ser ya tanto la presencia entrometida del padre, sino más bien su ausencia, el hecho de no estar presente» (176), demasiado absorbido en su trabajo, olvidando la prioridad de la familia por encima de su realización personal.

El Papa amplía estos horizontes todavía más allá extendiendo el tema de la fecundidad para incluir la adopción, especialmente para las parejas sin hijos, y exhortándonos a estar abiertos a la familia en el sentido amplio cuyos vínculos fraternales debemos cultivar, prestando especial atención a las personas mayores y organizando un generosa ayuda mutua entre las familias de una parroquia o vecindario. «Un matrimonio que experimente la fuerza del amor, sabe que ese amor está llamado a sanar las heridas de los abandonados, a instaurar la cultura del encuentro, a luchar por la justicia» (183).

Me ocuparé de otras perspectivas pastorales en mis reflexiones sobre acompañamiento, discernimiento e integración de parejas y familias, especialmente aquellas que están pasando por circunstancias difíciles. Permítanme decir antes de concluir que la orientación general del Papa Francisco es insistir en el hecho de que las familias cristianas, a través de la gracia del sacramento del matrimonio, son los principales agentes del cuidado pastoral de la familia, no tanto por su apostolado, sino a través del «testimonio gozoso» de cónyuges y familias como «iglesias domésticas» (200).

Conclusión: La alegría del amor, esperanza del mundo

Al final de esta visión de conjunto de la Exhortación apostólica postsinodal Amoris Laetitia, me parece evidente que el tema de la familia se merece no solamente una atención renovada frente a los cambios culturales, sino también un nuevo planteamiento pastoral que el Papa Francisco resume en tres verbos: acompañar, discernir e integrar.

Uno de los aportes significativos de Amoris Laetitia es cómo amplía y profundiza en la reflexión de la Iglesia sobre «la ley de gradualidad», que quizás no ha tenido suficiente atención y desarrollo. De hecho, el deterioro continuo del matrimonio y la vida familiar en Occidente, causado por ciertas corrientes negativas en la sociedad de los últimos treinta años, ha hecho esta reflexión profunda más urgente.

Este acercamiento universal no está limitado a las situaciones consideradas «irregulares». Está basado en la primacía de la gracia y la caridad en la experiencia cristiana del amor conyugal y familiar. Su objetivo es renovar el diálogo pastoral entre pastores y fieles para cerrar la brecha que se ha abierto en las pasadas décadas.

La fuerza de su mensaje es que propone una visión abierta y atractiva del amor humano, a imagen de la comunión trinitaria, rodeado de la misericordia y, por lo tanto, rico en esperanza. Si se acoge con entusiasmo y sin prejuicios, esta enseñanza puede representar un paso importante hacia adelante con la esperanza que todas las familias puedan llegar a ser el gran recurso para la evangelización del mundo. La familia es el camino y el oasis en nuestros días, donde Cristo y la Iglesia se encuentran y habitan, y donde, a través de la gracia de la fidelidad de los esposos junto con sus hijos, el testimonio trinitario de la Alegría del Amor puede brillar.

Card. Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación de los Obispos

[1] Cfr. AA.VV., Amoris laetitia: bilancio e prospettive, Anthropotes 2016/2, Cantagalli, pp. 219-354; Philippe Bordeyne con Juan Carlos Scannone, Divorcés remariés, ce qui change avec François , Salvator, Paris, 2017, 142 pp.
[2] «No es una “gradualidad de la ley”, sino una gradualidad en el ejercicio prudencial de los actos libres en sujetos que no están en condiciones sea de comprender, de valorar o de practicar plenamente las exigencias objetivas de la ley» (295). Ver también FC 34.

(Artículo publicado en L’ Osservatore Romano. Traducción de Helena Faccia Serrano para InfoVaticana)

5 comentarios en “‘Entender Amoris Laetitia’: la reflexión del cardenal Ouellet sobre la exhortación apostólica postsinodal
  1. «Por consiguiente, debemos volver a leer Amoris Laetitia con un espíritu de conversión pastoral que tenga, primero de todo, una receptividad genuina y libre de prejuicios al magisterio pontificio; segundo, un cambio de actitud respecto a las culturas alejadas de la fe; tercero, un testimonio convincente de la alegría del Evangelio que surge de la fe en la persona de Jesús y en su amorosa y misericordiosa mirada sobre toda la realidad humana». Magníficas palabras para describir nuevas actitudes en la Iglesia siempre protegida por el Espíritu Santo.

  2. Ouellet es el furgón de cola del Papa de Saint Gallen, ahora sumando una nueva función inerte a su decorativa presencia al frente de la Congregación de los Obispos: articulista y mensajero del periódico del politburó vaticano.

    Este inane artículo, contiene una catarata de palabras que eluden escrupulosamente las cuestiones planteadas en las dubia por los Cuatro Cardenales Católicos, revelando el miedo de Ouellet de tocar el tema que realmente importa: la contradicción del entregador de curas a la dictadura argentina al multisecular magisterio sobre matrimonio y divorcio de la Santa Madre Iglesia admirablemente expresado por San Juan Pablo II.

  3. La reconciliación en el sacramento de la penitencia —que les abriría el camino al sacramento eucarístico— puede darse únicamente a los que, arrepentidos de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos» : Familiares Consortio 84. Si la cuestión ya estaba resuelta ¿ porqué la Amoris ? pues para posibilitar lo que rechazaba la FC84. y encima se quejan de que tantos estemos alarmados. Quien tiene que rechazar las interpretaciones permisivas es el mismísimo Francisco, el que ha creado intencionalmente la quizás mayor división de la historia de la Iglesia.

  4. Tambien un asesino tiene que estar dispuesto a no volver a matar y asegurarse el confesor que así será porque de lo contrario le daría la comunión a quien viola un mandamiento sin el perfecto propósito de enmienda. Y si vuelve a matar y es absuelto y comulga desde luego que el cura es un permisivo. Parece que las cosas son mas complejas.

  5. Cualquier persona con una cierta formación espiritual o, dicho de otra forma, que tenga un mínimo de lectura de cualquiera de los cuatro evangelios y, que a su vez haya leído la parte más polémica del documento «Amoris Laeticia», en concreto el cap. VIII, sabe que dicho documento es indefendible teológicamente. La constante referencia por parte de ciertas autoridades de la iglesia, tanto obispos como cardenales, insistiendo una y otra vez que Amoris Laeticia está en la línea del Magisterio, es la EVIDENCIA que demuestra que dicho documento atenta directamente al Magisterio, a la Tradición y al propio Evangelio.

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