De la guillotina a la catedral: Mutsaerts reflexiona sobre el regreso de los jóvenes a la fe en Francia

De la guillotina a la catedral: Mutsaerts reflexiona sobre el regreso de los jóvenes a la fe en Francia

El reciente viaje apostólico de León XIV a Francia ha dejado imágenes multitudinarias, pero también una pregunta que trasciende la visita pontificia: ¿qué está ocurriendo con una generación de jóvenes que vuelve a acercarse al cristianismo en uno de los países emblemáticos de la secularización europea?

El obispo auxiliar de ’s-Hertogenbosch, Mons. Rob Mutsaerts, ha dedicado una reflexión a esta cuestión a raíz del viaje del Papa. Bajo el título El Papa León en Francia. La guillotina y la catedral, el prelado neerlandés contrapone la persecución anticatólica de la Revolución Francesa con las imágenes de jóvenes congregados para rezar junto a León XIV más de dos siglos después.

Su tesis se resume en una provocadora comparación generacional: «En 1968 era rebelde contradecir al sacerdote. En 2026 puede ser casi rebelde escucharlo».

De la guillotina a la catedral

Mutsaerts comienza su artículo recordando los tres grandes principios proclamados por la Revolución Francesa —libertad, igualdad y fraternidad— para contraponerlos a la persecución religiosa desencadenada durante el proceso revolucionario.

«Lo trágico de las revoluciones es que a menudo comienzan con una indignación perfectamente razonable y terminan con una solución completamente insensata», escribe.

El obispo reconoce los problemas existentes en la Iglesia francesa del Ancien Régime, incluidos sus privilegios y su proximidad al poder, pero sostiene que la respuesta revolucionaria terminó convirtiéndose en una ofensiva contra la propia Iglesia.

Desde 1789 fueron confiscados bienes eclesiásticos, se suprimieron comunidades religiosas y la Constitución Civil del Clero de 1790 sometió la organización de la Iglesia francesa al nuevo orden revolucionario. La radicalización posterior desembocó en la descristianización, el cierre y profanación de templos y la persecución de numerosos sacerdotes y religiosos.

Mutsaerts se detiene particularmente en el intento revolucionario de sustituir el cristianismo por nuevos cultos.

«Se quería liberar a Francia de la superstición. Y para demostrar lo racionales que se habían vuelto, inventaron un nuevo calendario, nuevas fiestas, nuevos cultos e incluso un Culto a la Razón», ironiza.

Para el obispo, aquel episodio muestra una constante antropológica: el hombre puede abandonar la religión tradicional, pero no deja por ello de buscar realidades a las que otorgar un significado absoluto.

Del Culto a la Razón a la cultura «woke»

Mutsaerts lleva entonces su argumento hasta el presente y establece un paralelismo con la cultura woke.

A su juicio, parte del liberalismo progresista contemporáneo abandonó el cristianismo porque consideraba que hablaba excesivamente «de pecado, culpa, conversión y verdad», para terminar construyendo una cultura que vuelve a hablar precisamente de esas categorías.

«Solo que sin perdón, sin gracia y sin humor», sentencia.

La reflexión sirve de antesala a la imagen que el obispo considera especialmente irónica: más de dos siglos después de la Revolución, un Papa vuelve a congregar multitudes en Francia.

Y Mutsaerts se fija especialmente en los jóvenes.

Más de 13.000 adultos bautizados este año

Para el obispo neerlandés, las multitudes reunidas durante la visita de León XIV no constituyen por sí solas una demostración de recristianización. Por eso dirige la mirada hacia otro fenómeno que viene registrándose desde hace varios años: el fuerte crecimiento del catecumenado en Francia.

Los datos oficiales de la Conferencia Episcopal Francesa respaldan esa tendencia.

En la Pascua de este año fueron bautizados 13.234 adultos, un 28% más que en 2025. En 2016 habían sido 4.124, de modo que el número se ha más que triplicado durante la última década.

A ellos se sumaron en 2026 más de 8.100 adolescentes que se preparaban para recibir el Bautismo. Entre los adultos, además, el grupo más numeroso corresponde actualmente a los jóvenes de 18 a 25 años, que representan el 42%, ligeramente por encima del grupo de 26 a 40 años.

Mutsaerts evita presentar esos datos como prueba de una inmediata restauración católica de Francia.

«No debemos proclamar inmediatamente que mañana Francia volverá a ser la Francia de san Luis», advierte. Recuerda que la secularización europea continúa, que la asistencia a Misa permanece en niveles bajos en muchos lugares y que la Iglesia arrastra heridas graves, particularmente las provocadas por los abusos sexuales.

Precisamente por ese contexto considera significativo el fenómeno.

«El cristianismo tiene la irritante costumbre de ser enterrado justo antes de resucitar»

El prelado cuestiona así la idea de que la secularización constituya un proceso histórico necesariamente irreversible.

«Quizá una civilización pueda perder su memoria religiosa sin perder su hambre religiosa», plantea.

Su reflexión apunta especialmente hacia quienes han crecido en una sociedad en la que las grandes preguntas sobre el sentido de la existencia ya no reciben necesariamente una respuesta religiosa.

El cristianismo, sostiene Mutsaerts, vuelve a ofrecer a esos jóvenes algo radicalmente distinto: la afirmación de que el universo no es indiferente, que el bien y el mal son realidades objetivas, que cada ser humano posee una dignidad que no puede perder y que Dios entró personalmente en la historia haciéndose hombre.

«Para alguien que ha crecido con el mensaje de que es una colección accidental de átomos que puede consumir durante unas décadas antes de que se apague la luz, esa noticia puede sonar sorprendentemente fresca», escribe.

De ahí surge una de las ideas centrales de su artículo: la rebeldía cambia cuando cambia aquello contra lo que una generación se rebela.

«En 1968 era rebelde contradecir al sacerdote. En 2026 puede ser casi rebelde escucharlo».

Cuando la tradición vuelve a resultar contracultural

Mutsaerts aplica la misma inversión a algunos de los principios dominantes de la cultura contemporánea.

Si la libertad se presenta como ausencia de vínculos, señala, un joven puede descubrir que el amor exige precisamente comprometerse. Si se afirma que cada uno posee su propia verdad, puede resultar contracultural preguntarse si existe una verdad objetiva. Y si la tradición es presentada como una carga, una Iglesia con dos mil años de historia puede terminar resultando más novedosa para un joven que las tendencias efímeras de las redes sociales.

Es ahí donde el obispo encuentra la gran ironía histórica de las imágenes dejadas por el viaje de León XIV.

La Revolución retiró cruces, cerró conventos, persiguió sacerdotes e incluso sustituyó el calendario cristiano. Más de dos siglos después, el cristianismo continúa presente y miles de jóvenes vuelven a llamar a las puertas de la Iglesia.

Mutsaerts no interpreta esto como garantía de una próxima conversión de Europa. Lo presenta, más bien, como una advertencia frente a quienes dieron por inevitable la desaparición de la fe a medida que avanzase la modernidad.

«El mundo ha organizado muchas veces el funeral del cristianismo», concluye el obispo. «Lo extraño es que el difunto sigue apareciendo una y otra vez».

La paradoja adquiere para Mutsaerts su expresión más gráfica en la Francia que acaba de recorrer León XIV: «La guillotina ha desaparecido. Ahora aparece allí un hombre vestido de blanco que levanta orgullosamente la cruz».

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