El diálogo de Steinbeck
—Dicen que hay trescientos mil como nosotros ahora mismo en California, y me apuesto a que todos han visto esa misma hoja naranja.
—Ya, pero entonces, si no necesitan tantas manos, ¿para qué se llevan el trabajo de hacerlas? ¿Para qué se gastan el dinero que cuestan?
—A ver… tú, usa la cabeza.
—Ya, ya, pero no acabo de entenderlo.
—Mira —dijo el joven—, figúrate que vas a pagar un jornal por un trabajo y sólo hay un hombre para hacerlo. Pues ¿qué pasa?, que tienes que pagarle lo que él te pida. Pero ¿y si son cien hombres? (…) Figúrate que son cien hombres los que quieren ese trabajo, y que todos tienen críos pequeños y que los críos no tienen qué comer. Ya saben que con diez centavos pueden comprar un paquete de harina de maíz, que con cinco ya les pueden quitar un poco el hambre. Figúrate que son cien hombres los que quieren el trabajo. Bueno, pues les ofreces esos cinco centavos y se matarán entre ellos por quedarse con el trabajo. ¿Sabes cuánto pagaban en el último trabajo que tuve? Quince centavos la hora. Diez horas por un dólar y medio, y encima no te podías quedar allí. Tenías que gastar en gasolina yendo y viniendo. (…)
—Eso huele mal; es asqueroso —dijo Tom.
(…)
—Pero trabajo tiene que haberlo —insistió Tom—. Con todos esos frutales y viñedos y huertas… Los he visto. Necesitan brazos. He visto todo lo que hay.
Quédate un tiempo por aquí, y si hueles a rosas alguna vez, ven a decírmelo, que las huelo yo también.
Europa y el “ejército de reserva” de inmigrantes
Lo que Steinbeck describe en California de los años treinta es exactamente lo que hoy hace Europa. Se llenan barcos y aviones de jóvenes africanos, hacinados en pisos donde se turnan la cama, para que la abundancia de brazos empuje los salarios a la baja. ¿Resultado? Trabajos que “los españoles no quieren hacer”. Claro, porque a quince centavos la hora nadie puede dar de comer a sus hijos.
Los obispos que repiten ese mantra deberían leer esta página. Lo que ocurre no es que los españoles sean vagos, sino que la patronal y los políticos han descubierto que un inmigrante sin papeles ni derechos se conforma con salarios de hambre, porque detrás hay otros cien dispuestos a ocupar su lugar. Es un sistema tan cruel como eficaz, un “juego del hambre” que convierte la desesperación humana en negocio.
La dignidad del trabajo cristiano
El Magisterio de la Iglesia —desde Rerum Novarum hasta Laborem Exercens— ha sido siempre claro: el trabajo no es una mercancía, el obrero no es un esclavo, y el salario debe permitir mantener dignamente a una familia. Lo que estamos viendo en los invernaderos andaluces, en la fruta catalana o en los viñedos franceses es exactamente lo contrario: hombres tratados como piezas fungibles para abaratar costes.
Steinbeck lo retrató con rabia y compasión. Hoy Europa lo institucionaliza con cinismo, y hay obispos que aún se atreven a decir que “hay trabajos que los españoles no quieren hacer”. No: hay trabajos que no se pueden hacer a quince centavos.