El Vaticano, esa pequeña joya rodeada de murallas y guardias suizos, nos regala una normativa de inmigración que es, cuanto menos, inspiradora.
Porque si algo nos enseñan los sermones progres es que las fronteras son un invento del heteropatriarcado nacionalista, menos cuando esas fronteras rodean la Plaza de San Pedro.
Para muestra, un botón:
¿Que entras sin permiso al Estado Vaticano con un poco de entusiasmo revolucionario? Entre 1 y 4 años de prisión y una multa que llega hasta los 25.000 euros. Pero no te preocupes: si lo haces con armas, sustancia corrosiva o disfrazado de algo raro (¿quizá de oveja descarriada?), la multa puede subir a casi 37.500 euros. ¡Ojo al dato!
Si a tu espíritu libre le da por forzar la entrada con un coche, la cosa se pone seria: hasta 6 años y medio de cárcel y 41.700 euros. No es precisamente una invitación a cenar con vino de consagrar.
Pero espera, hay más. Si te pillan y te condenan, el castigo no se limita a la cárcel. Diez años sin pisar el Vaticano. Es decir, te aplican lo mismo que a los disidentes, pero sin necesidad de sinodalidades. Y si, en un momento de iluminación, decides volver a cruzar la frontera prohibida: ¡sorpresa! Ahora te caen 15 años de veto.
Ahora bien, las normas no son solo para los alocados que sueñan con pasearse por los jardines vaticanos sin invitación. También le meten mano a los anfitriones caritativos. ¿Tienes un pisito acogedor en el Vaticano y se te ocurre ofrecerlo sin autorización oficial? Prepara entre 10.000 y 25.000 euros para pagar tu generosidad.
¿Y en España?
Mientras tanto, en nuestras parroquias, los obispos nos invitan a abrir las puertas, las ventanas y hasta los patios traseros, porque «Cristo está en el otro». Pero resulta que en Roma, Cristo no se encuentra si alguien trepa el muro sin permiso.
Seamos claros: nadie está pidiendo levantar muros de mármol de Carrara en la Castellana ni que los agentes de seguridad vistan uniformes tan pintorescos como los de los guardias suizos. Solo pedimos algo sencillo: aplicar en España las mismas leyes que tiene el jefe. Si es tan bueno regular entradas con multas y prohibiciones en la Santa Sede, ¿por qué no replicarlo aquí?
¿O acaso la hospitalidad solo es obligatoria en nuestras casas y no en la suya? Quizá deberíamos empezar a hablar de coherencia pastoral. Porque, si vamos a ser «iglesia en salida», que al menos nos expliquen por qué los que mandan viven en «iglesia en muralla».
Bienvenidos al circo de las contradicciones. Aquí, la entrada es libre… siempre que no sea por los muros vaticanos.