Una advertencia oportuna sobre ciertos “pastores” y sus frutos

Una advertencia oportuna sobre ciertos “pastores” y sus frutos

Usted, monseñor Satué, nos advierte –sin mencionarnos, por supuesto, como corresponde a un obispo sutil y prudente– de ciertas páginas que, según usted, “usan el nombre de católico en vano.”

Y aunque puede que no seamos tan perspicaces como usted, entendemos perfectamente el dardo. Nos damos por aludidos y, siguiendo su elegante ejemplo, respondemos con una advertencia propia: hoy en día, algunos pastores también pueden representar un peligro para la Iglesia. De hecho, hay ejemplos de sobra.

Hablemos, por ejemplo, de aquellos obispos que, sin reparar en esfuerzos, se dedican a sofisticadas maniobras eclesiales junto a célebres aliados, como Omella y su fiel colaborador Pérez Pueyo, en un creativo intento de arrebatar Torreciudad de las manos de quienes lo fundaron y sostuvieron. Ah, la caridad pastoral se despliega aquí con un celo conmovedor. Es reconfortante saber que el territorio es importante, aunque sea a costa de imponer el capricho del recién llegado a la grey. Al fin y al cabo, ¿quién mejor que un obispo ambicioso para decidir qué hacer con un santuario?

O podemos hablar de aquellos “pastores” que, en nombre de la “misericordia” y el “bien”, deciden saltarse alegremente las normas del derecho y lanzarse en una persecución despiadada contra el numerario profesor de Gaztelueta. Porque, claro, cuando se trata de disciplinar a los fieles, qué más da lo que la justicia dicte; lo importante es mostrar “valentía” y “rigor” para garantizar que el rebaño permanezca obediente. Misericordia, justicia… palabras útiles para engrosar discursos, aunque, a juzgar por la práctica, bastante prescindibles cuando no se ajustan a la agenda.

Y hablando de discursos, entiendo que hayan optado por «retuitear» su advertencia desde sus satélites mediáticos que no leen nadie por sus herejías. Quizá pueda aprovechar para preguntarle al obispo de Cádiz como lleva estar en el punto de mira durante casi cinco años por sus amiguetes. Pero tal vez es eso justamente lo que buscaba usted con su carta, ¿no? Porque lanzar esta advertencia desde alguna de las tres páginas católicas más leídas en español –InfoVaticana, Infocatólica, o Religión en Libertad– habría implicado arriesgarse a un público que aún se toma en serio la fe y los principios. Mejor dirigir la “advertencia” a ese rincón de aplausos seguros, siempre disponibles para un obispo cuando defiende “el Evangelio” a base de gestos vacíos y guiños complacientes.

Pero volvamos a nuestra advertencia. Lo cierto es que ni siquiera necesitamos hacerla, ya que el sensus fidelium sabe detectar perfectamente las incoherencias. Y ahí están los resultados. Los fieles no se equivocan, monseñor: ¿cuántos jóvenes han optado por ingresar a su seminario, inspirados por su ejemplo de valentía y claridad? El número es tan simbólico como concluyente: cero. Porque las advertencias, monseñor, no se predican con palabras, sino con frutos.

Por sus frutos los conoceréis.

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