Por Casey Chalk
El hombre estaba en la cima de su carrera. Su vida profesional iba a toda marcha, de un éxito a otro. Y, además, se lo admiraba por su amor y sus sacrificios por su familia. Aunque muchos disentían de sus convicciones religiosas, nadie cuestionaba su virtud ni su sinceridad. Todo lo que tocaba pareca convertirse en oro.
Entonces, sin previo aviso, lo golpe una enfermedad debilitante. Su riqueza y su prestigio le aseguraron una atención médica de calidad, pero de poco le sirvieron. Su estado no dejaba de empeorar. En poco tiempo, el hombre falleció.
Quizá hayas conocido a alguien así. Yo he conocido a algunos, y sus historias son sin duda tragedias, sobre todo cuando el cónyuge y los hijos quedan a llorar una partida dramática e inesperada. Uno no puede evitar preguntarse si podra convertirse en esa persona, pese a una juventud relativa o a una buena salud. «Eso no me va a pasar a mí», decimos. Pero a muchas personas a las que pensbamos que nunca les podría ocurrir bueno, les ocurrió.
El gran polímata francés del siglo XVII Blaise Pascal bien podría haber batallado con pensamientos así. Hizo contribuciones impresionantes a las matemáticas, la ciencia y la filosofía antes de cumplir treinta años —incluida la creación de una calculadora a la que se ha llamado la primera «computadora». El sistema de carruajes tirados por caballos que desarrolló para la ciudad de París le vali el reconocimiento como padre del transporte público.
Y, sin embargo, mientras hacía estas contribuciones increíbles, Pascal sufría una enfermedad dolorosa y progresivamente debilitante, con migrañas intensas, hipersensibilidad a la luz y al sonido, dolores abdominales severos, abscesos dentales y, con el tiempo, parálisis parcial. Tras cuatro años de ese tormento, murió en 1662.
Durante ese período Pascal escribió «Oración pidiendo a Dios el buen uso de la enfermedad», una reflexión católica impactante y espiritualmente penetrante sobre el sufrimiento humano. Pascal’s Prayers, un libro nuevo del profesor de filosofía William C. Hackett, presenta tanto la oración como un comentario esclarecedor, y ofrece adems un valioso contrapeso a las obsesiones por la salud y la longevidad de la América moderna.
Una de las cualidades más impactantes de Pascal’s Prayers es cómo el sabio francés comprende el sufrimiento como una extensin de la providencia bondadosa de Dios: «No solo las bendiciones, sino incluso las desgracias que sobrevienen a tus elegidos son efectos de tu compasión sin límites… No eres menos Dios cuando afliges y disciplinas que cuando consuelas y muestras misericordia». Aunque reconozcamos la mano de Dios en nuestro sufrimiento, nosotros, los modernos votarios de una catequesis del confort—, queremos que el sufrimiento termine, volver a como eran las cosas.
Pascal nos empuja aún más lejos. Percibe su enfermedad como una forma de disciplina divina para ayudarlo a desprenderse de las cosas mundanas: «Hazme incapaz de gozar de este mundo, ya sea por la debilidad del cuerpo o por el celo de la caridad, para que halle mi alegría solo en ti. Pues me has hecho incapaz de gozar de las comodidades de la salud y de los placeres del mundo; ya has aniquilado para mi bien los ídolos engañosos.
Esto lleva a preguntarse: si Dios nos bendice tan evidentemente con bienes materiales —la belleza natural, la comida y la bebida deliciosas, el arte hermoso, ¿tiene sentido que nos pida desprendernos de ellos por él?
Parte de la respuesta parece ser que, aunque las criaturas están de hecho diseñadas para nuestra felicidad, también están destinadas a generar gratitud y adoración: Sí, Señor, confieso que estimé la salud como un bien. No porque sea un medio fácil para servirte con utilidad, para dedicar más cuidado y vigilancia a tu servicio y para ayudar a los demás, sino porque mediante ella podía abandonarme con menos restricción a la abundancia de los placeres de la vida y saborear mejor sus alegrías destructivas».
Pascal se da cuenta de que su aprecio por las cosas buenas a menudo oscurecía a Dios.
Pero hay aún más. Los bienes menores y contingentes nos presentan una oportunidad de verlos correctamente en relación con Dios, el bien infinito y eterno. «Quítame, Señor, la tristeza que el amor propio me hace sentir por mi sufrimiento», implora Pascal. «¡Cómo conozco las cosas del mundo que no pueden satisfacer las inclinaciones de un corazón no preocupado por tu gloria! ¡Quítalas!»
El sufrimiento le dejó claro a Pascal que enfrentamos una elección: Dios o las cosas. él eligió a Dios. «Por tanto, Señor, haz que, tal como soy, me conforme a tu voluntad, y estando tan enfermo como estoy, pueda glorificarte en mis sufrimientos.
Podemos apreciar esto en un plano natural. El matrimonio es estimulante cuando somos jóvenes y estamos apasionadamente enamorados de nuestro nuevo cónyuge. Esa emoción se desvanece con los años a medida que la familiaridad, los hijos y las cuestiones prácticas tensan ese compromiso romántico. Y, sin embargo, estamos llamados a mantenerlo, a decir cada día «te elijo» y a actuar en consecuencia. Ahí es cuando el amor o se demuestra verdadero o naufraga contra las rocas de la vida.
Amar y ser amado cuando no nos apetece mucho, o cuando hemos sido heridos profundamente: eso es hermoso, transformador y un signo de gracia.
En su sufrimiento «intempestivo», Pascal reconoce que el dolor y la muerte, lejos de ser cosas que hay que eludir a toda costa, son en realidad medios agudos y aleccionadores para hacernos santos: No pido estar exento del dolor, porque es la recompensa de los santos. Haz como quieras. Dame o quítame, pero alinea mi voluntad con la tuya… que me prepare para recibir los mandatos de tu eterna providencia y abrazar por igual todo lo que viene de ti».
Nuestra obsesión contemporánea por la salud y la longevidad es un intento equivocado de eludir los mismos medios por los cuales estamos más ntimamente unidos a Cristo, una negativa a abrirnos a Dios en nuestra debilidad y finitud. Aunque la salud y una vida larga son bienes autnticos, un enfoque desordenado en ellos niega el hecho de que es en el sufrimiento y la vulnerabilidad donde hallamos a Cristo. Es ahí donde más aprendemos a recibirlo a él y su poder santificador. El dolor y la muerte, ya vengan hoy o dentro de décadas, aunque se sientan como una carga, son una gracia.
Sobre el autor
Casey Chalk es el autor de The Obscurity of Scripture y The Persecuted. Es colaborador de Crisis Magazine, The American Conservative y New Oxford Review. Tiene ttulos en historia y enseñanza de la University of Virginia y una maestría en teología de Christendom College.