Un cuore inquieto

Sedici secoli dopo, l'africano che provò tutto prima di ritrovarsi continua a parlarci all'orecchio.

Un cuore inquieto

A punto de cumplir diecinueve años, era el mejor alumno de su promoción en la escuela de retórica de Cartago. Ambicioso, brillante, un poco pedante —él mismo lo reconoce: «disfrutaba con vanidad y pedantería»—. Su plan estaba claro: vender bien la palabra, cosechar laureles, ganar dinero. Entonces, dentro del programa académico, cayó en sus manos un libro de un tal Cicerón, el Hortensio. No era gran literatura ni lo pretendía; era una exhortación a la filosofía. Pero aquella lectura, escribe, «cambió mi mundo afectivo, mis proyectos y mis deseos». De golpe, las expectativas de su frivolidad perdieron crédito y empezó a desear la sabiduría «con increíble ardor». Un libro, al comienzo de un curso, le torció la vida entera.

Aquel estudiante se llamaba Agustín y llegaría a ser uno de los hombres que más han pesado en la historia de Occidente. Tanto, que Roger-Pol Droit pudo titular un editorial de Le Monde con solo dos palabras: «Nombre: Agustín; sobrenombre: Occidente». Nació en el año 354 en el norte de África romana y murió el 28 de agosto del 430 —de ahí su fiesta— mientras los vándalos asediaban Hipona, la ciudad de la que era obispo. Le tocó ver el derrumbe de un imperio que se creía eterno y, entre las ruinas, seguía escribiendo.

Pero antes de ser santo fue un hombre inquieto. Buscó la felicidad en el placer y no la encontró: «Con sus amigos se había echado en brazos del hedonismo mediterráneo, pero no era feliz». La buscó también en la ambición, en sectas y filosofías, en amores que confiesa sin adornos. Nada le bastaba. Toda esa historia cabe en la línea con que abren las Confesiones y que resume su vida entera: «Nos has hecho, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

El descanso llegó en un huerto de Milán, y otra vez por un libro. Agustín oye una voz infantil que repite «Tolle lege» —toma y lee—. Abre al azar la carta de san Pablo y algo se rompe por dentro. Años después escribirá la que quizá sea la confesión de amor más hermosa de la literatura: «¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!». No es la voz de quien renuncia a la vida, sino de quien por fin la ha encontrado.

Lo que lo hace perdurable es que Agustín no da lecciones: se busca en voz alta, y su pregunta no ha envejecido. «¿Y qué es lo que amo cuando te amo a ti?», escribe, e interroga al mar, al cielo, a las estrellas. Un hombre inteligentísimo puesto de rodillas ante su propio deseo. Por eso lo leyeron, y siguieron leyéndolo, Petrarca y santa Teresa, Pascal y Montaigne, Kierkegaard y Simone Weil.

El final del verano tiene algo de umbral. Se acortan los días, vuelve la agenda, empieza el curso: el académico, el laboral y también el interior. Es el tiempo de los buenos propósitos que rara vez sobreviven a septiembre. Y pocos compañeros hay mejores para ese tránsito que un hombre que lo intentó todo antes de encontrarse, y que tuvo la honestidad de contarlo.

A esa figura se acerca Bibliotheca Homo Legens con San Agustín en tu camino, con selección de textos e introducción de José Ramón Ayllón. Segundo título de la colección que abrió Séneca en tu camino, ordena las Confesiones como una vida —de la infancia al huerto de Milán— y deja hablar a Agustín en primera persona, sin aparato erudito, en fragmentos breves que invitan a detenerse. La clase de lectura que ayuda a cruzar el umbral con hondura en lugar de con prisa. Y, quién sabe, a que un libro nos tuerza el curso como a él le torció el suyo.

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