Mi nostalgia de las herejías

Mi nostalgia de las herejías

Sé que el titular es provocador, pero no es irónico: tengo nostalgia de las herejías, es decir, de un tiempo en que la verdad se tomaba lo bastante en serio como para que el propio concepto de herejía -y, por contraposición, de ortodoxia- tenía una importancia decisiva.

Si tuviera que resumirle a un cristiano de tiempos pasados el estado de la Iglesia de hoy con una sola frase, se me ocurren pocas mejores que esta: ya no hay herejías.

Quizá el lector se me subleve en este punto, y alegue que claro que las hay, que abundan, incluso. Pero no es cierto. No hay herejías que la Iglesia condene con el formalismo necesario y aclaratorio, por lo mismo que tampoco hay explicaciones adecuadas y claras del dogma.

Y no hay herejías porque, como dice el padre Dwight Longenecker en estas mismas páginas, “los dogmas nunca se niegan; simplemente se ignoran”.

Añorando la era de las herejías, naturalmente, añoro el tiempo del ‘skin in the game’ teológico, de un mundo en el que la gente creía que valía la pena, no solo montar un auto de fe contra quien negaba la Santísima Trinidad, sino arder por negarla.

Hoy nadie niega abiertamente en círculos teológicos que Jesucristo sea el Hijo de Dios, Segunda Persona de la Santísima Trinidad, y no necesariamente porque se crea, sino porque tampoco hay enfrente nadie que lo afirme con firmeza tajante. Estamos a otras cosas, no vamos a discutir ahora por esas nimiedades.

La estrategia eclesial hoy, lo que se premia y promociona con el oportuno capelo, es “lo pastoral”, un concepto que se vuelve más vago y difuso por días, lleno de inanes ‘escuchas’ e inacabables ‘diálogos’, de acompañamientos no se sabe a dónde y discernimientos que siempre disciernen a favor de la moda mundana.

Pero es la verdad, no el acompañamiento o el diálogo, lo que nos hace libres. Podemos mirar por encima del hombro a nuestros abuelos cuando montaban la mundial distinguiendo entre homoiousios y homoousios, pero ellos sabían que esa humilde iota cambiaba todo el universo en el que vivimos, y que el dogma es la base de toda acción pastoral, de toda caridad.

Sin dogma, la Iglesia se disuelve en una ONG edulcorada que nos dice que todos somos hermanos sin insistir demasiado en quién es el Padre que nos hace tales; que nos pide infinita misericordia sin contarnos por lo menudo Quién es la Fuente de la Misericordia.

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