TRIBUNA: San Juan Nepomuceno, mártir del secreto de confesión

Por: Mons. Alberto José González Chaves

TRIBUNA: San Juan Nepomuceno, mártir del secreto de confesión

Su silencio brilla como una corona porque no nació del miedo, sino del amor. San Juan Nepomuceno fue mártir del sigilo sacerdotal que custodia el alma como un santuario inviolable: un silencio sellado por la fidelidad; no por la cobardía o la prudencia humana, sino por el temor de Dios. La Iglesia lo celebra el 16 de mayo, y su figura en el puente de Carlos, en Praga, sobre las aguas oscuras de Europa Central, es un centinela de piedra que recuerda al mundo moderno que existen principios que no se venden ni se negocian ni se traicionan jamás.

La sacralidad de la conciencia

Nació hacia 1345 en Nepomuk, en la actual República Checa, en el corazón de la antigua Bohemia. La hermosa Praga medieval, llena de campanas, monasterios y callejuelas húmedas, sería el escenario principal de su vida. Estudió derecho canónico y teología, y llegó a ser vicario general del arzobispo de Praga.

Las fuentes históricas más antiguas, aunque mezcladas posteriormente con elementos legendarios y devocionales, coinciden en presentar a Juan como un sacerdote culto, prudente, recto y extraordinariamente fiel a la Iglesia en tiempos difíciles. La tensión entre el poder político y la autoridad eclesiástica marcaba entonces buena parte de Europa. Los reyes querían muchas veces gobernar también las conciencias. Y ahí, en ese lugar invisible donde termina el poder humano y comienza el misterio del alma, surgió el drama. Porque el rey quiso entrar en una conciencia. La tradición arraigada en la piedad católica afirma que el rey Wenceslao IV deseaba conocer lo que su esposa había confesado sacramentalmente. Juan Nepomuceno, confesor de la reina Sofía, se negó rotundamente.

¡Qué grandeza en aquella negativa! Hoy, en el extraño formato de no pocos movimientos eclesiásticos, todo son palabras, testimonios, confesiones públicas, llantos y gritos en común… hasta profecías y lenguas extrañas. Todo se expone, las almas se exhiben, el pudor espiritual parece haberse evaporado. Sin embargo, para la Iglesia, el secreto de confesión no es una mera norma disciplinar: obliga al confesor hasta dar su vida por no quebrantarlo. En el sacramento, el sacerdote escucha, conoce, pero no puede utilizar lo sabido. Las palabras humanas quedan sepultadas para siempre en el abismo de la misericordia divina: después de la absolución, aquellas miserias del pecado ya no pertenecen ni siquiera al penitente ni a su historia, como ahora se dice: las borró el mismo Dios. Por eso el confesor no puede revelar nada. Nunca. Bajo ningún pretexto.

Asi lo dispone el actual Código de Derecho Canónico: «983 § 1. El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo. § 2. También están obligados a guardar secreto el intérprete, si lo hay, y todos aquellos que, de cualquier manera, hubieran tenido conocimiento de los pecados por la confesión». Pero mucho antes de que el derecho lo formulara, los mártires ya lo habían sellado con sangre.

La elegancia de guardar secreto

La negativa de Juan desencadenó la ira del rey: fue encarcelado, torturado cruelmente y finalmente arrojado desde el puente de Praga al río Moldava, la noche del 20 de marzo de 1393.

La iconografía lo representa con cinco estrellas sobre la cabeza. La tradición dice que aparecieron sobre las aguas cuando su cuerpo cayó al río. Esos luceros expresan la gloria invisible de quien prefirió perder la vida antes que profanar un sacramento. Porque Juan Nepomuceno no murió defendiendo un secreto humano, ni una conspiración política, ni una intimidad banal. Murió defendiendo el derecho del pecador a abrir su alma a Dios sin miedo. Murió defendiendo el carácter sagrado de la conciencia. Murió para que el penitente pudiera arrodillarse tranquilo.

¡Cuántas lágrimas no se habrán derramado en los confesonarios, cuando estos se usaban, y gratis, no suplantados aun por las consultas de los psicólogos! ¡Cuántas miserias confesadas temblando, cuántos pecados dichos en voz baja, cuántas vergüenzas arrojadas al Corazón de Cristo! Porque existía la garantía absoluta de que nadie podría jamás arrancar esas palabras del silencio de Dios.

El sacerdote puede olvidar muchas cosas de la vida; lo que escucha en confesión está obligado no sólo a callarlo, sino a no utilizarlo jamás ni siquiera indirectamente. Santo Tomás de Aquino enseña que el sacerdote conoce los pecados “non ut homo, sed ut Deus”, no como hombre, sino como ministro de Dios (cf. Supplementum, q. 11, «De sigillo confessionis», a. 1). Por eso el sigilo sacramental es sobrehumano: no depende de simpatías, amistades o prudencia psicológica; obliga siempre, incluso ante amenazas o persecución. Incluso ante la muerte.

Cada cierto tiempo resurgen voces que consideran intolerable el secreto de confesión. Algunos lo ven como una anomalía jurídica, otros como un privilegio incomprensible. Pero la Iglesia sabe bien que, si el penitente sospechara siquiera que aquello pudiera ser revelado, muchos (de los pocos que hoy siguen haciéndolo) jamás volverían a acercarse al tribunal de la misericordia divina.

En realidad, el sigilo sacramental protege algo inmensamente más grande que una confidencia: protege la libertad del alma delante de Dios. En una civilización donde todo se registra, todo se filtra y todo se convierte en espectáculo, la confesión permanece como uno de los últimos lugares verdaderamente inviolables del mundo. Un pequeño recinto de humildad donde el hombre puede dejar caer sus máscaras.

El santo del puente y las estrellas

Quien pasea en Praga por el Puente de Carlos se encuentra con la antigua imagen de San Juan Nepomuceno, la más célebre de las treinta esculturas barrocas del puente. El bronce gastado y brillante de su pedestal, acariciado durante siglos por miles de manos, guarda algo de la fe sencilla de quienes siguen viendo en aquel sacerdote arrojado a las aguas del Moldava un protector silencioso. Hoy los viajeros, quizá sin conocer su historia, se acercan instintivamente a tocar la imagen de un santo cuya vida quedó asociada para siempre al misterio de la conciencia, al consuelo del perdón y a la fidelidad sacerdotal. Las cinco estrellas de su aureola continúan reflejándose sobre las aguas como una pequeña constelación de esperanza en medio de la noche.

Juan Nepomuceno, señor del puente, recuerda al sacerdote que él también precisamente eso: un puente, entre la miseria humana y la misericordia divina, entre la culpa y el perdón, entre la noche del pecado y la paz de Dios.

La imagen barroca del santo —con sobrepelliz, muceta de armiño, bonete y crucifijo apretado contra el pecho— parece transmitir la verguenza torera y la serenidad de quien sabe que la fidelidad y la gracia valen más que la vida.

Las cinco estrellas de San Juan Nepomuceno siguen brillando sobre el río de la historia, con un fulgor que hoy es más necesario que nunca: para recordar a los sacerdotes la inmensa dignidad y gravedad del confesionario; para recordar a los fieles que la confesión no es una conversación psicológica, sino un sacramento; para recordar al mundo que el alma humana posee un santuario interior donde sólo Dios puede entrar.

Y titilan también esos luceros para enseñarnos que el silencio nacido de la fidelidad es una forma de martirio. Porque hay muchas palabras que un sacerdote se lleva consigo a la tumba.

Ayuda a Infovaticana a seguir informando