Llevamos décadas —décadas— oyendo homilías, discursos, entrevistas, sínodos, cartas, promesas, compromisos, “tolerancia cero”, “nunca más”, “purgas necesarias”, “limpieza de primavera”… contra los abusos, contra el encubrimiento, contra la mafia lavanda, contra la podredumbre incrustada en la Curia como un tumor enquistado. Y, sin embargo, todo sigue igual. O peor.
Capella debería estar fregando platos en una residencia de ancianos, cuidando a enfermos, reparando en silencio su crimen atroz y curandose sus perversiones demoniacas hasta el último día de su vida. Y en cambio vive como un solterón aristócrata, heredero de una familia rica, en un apartamento con vistas a la plaza más bella del mundo, con servicio, con lavandería, con seguridad, con tarjeta vaticana.
¿Qué ha cambiado desde Juan Pablo II? ¿Desde Benedicto? ¿Desde Francisco? ¿Desde León? Nada. Palabras. Retórica. Gestos calculados. En el fondo, todo sigue atado, bien atado, por una masa de poder clerical sordo, blindado, estéril y corrupto que hace literalmente lo que le da la gana. Da igual quién esté en la cátedra de Pedro. El engranaje de impunidad permanece. Se adaptan. Se recolocan. Se cubren. Se reinventan. Y el pueblo de Dios, mientras tanto, se traga el humo.
Uno empieza a preguntarse si Roma tiene remedio. Porque si ni siquiera después de McCarrick, ni después de Zanchetta, ni después de las orgías en la Congregación para la Doctrina de la Fe se cortan estas cadenas de protección mutua, ¿qué más hace falta? ¿Un terremoto?
Capella es solo una ficha. Una más. Lo que nos exaspera no es él, es el mecanismo que lo aloja, lo protege y lo premia. Ese mecanismo, que sobrevive a los papas, a las reformas, a los cambios de calendario. Un cáncer con rostro sonriente y cuello romano.
La fe no nos la van a quitar. Pero la afición, desde luego.
