Recientes estadísticas revelan que «Muhammad» se ha convertido en el nombre más común entre los recién nacidos en Inglaterra y Gales. Este dato, lejos de ser una simple curiosidad, refleja una transformación demográfica y cultural profunda en Europa.
Mientras tanto, el Papa Francisco, firme defensor del multiculturalismo y la acogida incondicional de inmigrantes, parece celebrar este cambio sin considerar las implicaciones a largo plazo para la identidad europea.
El Pontífice ha reiterado en múltiples ocasiones la importancia de acoger a los migrantes, afirmando que «migrar debería ser siempre una decisión libre» y que rechazar a los migrantes constituye un «pecado grave» . Sin embargo, esta postura ignora las advertencias históricas de líderes como el presidente argelino Houari Boumédiène, quien en 1974 declaró ante la Asamblea General de las Naciones Unidas: «Un día, millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte… Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria» .
La creciente presencia de nombres como «Muhammad» en Europa no es un fenómeno aislado, sino el resultado de políticas migratorias que, bajo la bandera de la diversidad, han permitido una transformación cultural sin precedentes. Mientras tanto, la Iglesia, bajo el liderazgo de Francisco, parece más preocupada por promover una agenda de apertura sin condiciones, desatendiendo las raíces cristianas que han definido al continente durante siglos.
Es imperativo cuestionar si esta postura de acogida indiscriminada realmente beneficia a Europa o si, por el contrario, está facilitando una «conquista silenciosa» que amenaza con desdibujar su identidad cultural y religiosa. La historia y las advertencias están ahí; ignorarlas podría tener consecuencias irreversibles para el futuro del continente.