Difundir desinformación y noticias falsas sobre el covid y las vacunas es una violación de los derechos humanos, ha declarado el Papa durante una audiencia concedida a los miembros del Consorcio Internacional de Medios de Comunicación Católicos «Catholic fact-checking».
«Estar adecuadamente informado, recabar ayuda para comprender las situaciones basadas en datos científicos y no noticias falsas, es un derecho humano”, dijo el Papa al grupo. “Hay que garantizar la información correcta, sobre todo a los peor preparados, a los más débiles y vulnerables”. Francisco lamentó la extensión de la “infodemia”, que definió como una distorsión de la realidad basada en el miedo, noticias falsificadas o inventadas e “información supuestamente científica”.
Uno no sabe por dónde empezar. Quizá por el disparate de que exista una alianza de ‘fact-checkers’ católicos, como si no conociéramos a estas alturas la historia de estos chiringuitos, su razón de ser y el descarado sesgo ideológico que les motiva.
Lo siguiente sería esa premisa que ve una ‘verdad científica’ como un dato incontrovertible, estático y desligado por completo de los intereses de quienes financian y respaldan determinadas interpretaciones y estudios.
No existe ‘la Ciencia’; no, al menos, en el sentido de un ente autónomo con una voz única que coincide, ya es casualidad, con el interés de quienes la promueven. La ciencia es un proceso de conocimiento del mundo material que se autocorrige continuamente mediante, precisamente, su cuestionamiento. No hay dogma científico, precisamente porque ambas palabras constituyen una contradicción en los términos, y porque, en la práctica, y refiriéndonos a la cuestión en la que se centra el Papa, esta pandemia, tan científicos son los que defienden una tesis como su contraria.
Por ejemplo, digamos que queremos seguir lealmente el mandato del Papa en esto y, para no vulnerar ese curioso nuevo derecho humano que sugiere, ‘combatimos’ toda supuesta desinformación sobre la pandemia. ¿Cómo? Siguiendo, suponemos, la información proporcionada por los ‘expertos’ seleccionados por gobernantes y grandes medios de comunicación. Bien. En ese caso, cuando se ‘descartó’ como absurda teoría de la conspiración el origen artificial del virus, tendríamos que censurar y atacar esa versión de los hechos que, un año y pico después, es la que se considera universalmente como la más probable.
La admonición papal nos hubiera llevado a ‘desmontar’, como de hecho se hizo, alegaciones que se negaron en su día y se reconocen hoy, sobre la eficacia y la seguridad de las vacunas o sobre las medidas usadas por los gobiernos para contener la epidemia. Porque absolutamente en todo se han dado informaciones ‘oficiales’ (verificadas) contradichas por informaciones igualmente oficiales pero posteriores.
El guion en esta pandemia, sobre todo en la interpretación y explotación política y económica de ésta, está cambiando rápidamente, y la sugerencia de que solo exista una voz y una línea de información sobre el problema, como parece sugerir el Santo Padre, nos llevaría directamente a la censura y a impedir que los errores que se hayan podido dar lleguen jamás a corregirse.