De muros y de puentes

De muros y de puentes

Vuelve el Santo Padre con sus muros y sus puentes, sus puentes y sus muros, en una machacona metáfora que ya hastía, en defensa de una política prelapsaria, buena quizá para un mundo previo a la Caída, para una humanidad sin Pecado Original. También ha hecho una referencia a los mártires de Sri Lanka, pero sin nombrar en ningún momento quién les mató, quiénes están matando, persiguiendo y acosando a los cristianos en todas las latitudes.

Y lo interesante del caso es que esos ‘muros’ que deplora son los que salvan de estas masacres que también deplora. Hablo, naturalmente, de muros tan metafóricos como los del Santo Padre, que afortunadamente no ha dado orden de demoler los imponentes muros vaticanos. Es decir, de fronteras, de control de fronteras y de una política de inmigración ordenada y sensata.

No es que en Sri Lanka tuvieran la opción de levantar esos muros. Víctimas y verdugos viven en la isla asiática desde hace siglos, y nada se puede hacer en ese sentido, salvo la monstruosidad que sucedió tras la independencia de la India y Pakistán, con millones migrando de un país a otro en función de su fe. Pero el caso sí pone de relieve lo que es comprobable en todo el planeta y que, por lo demás, se desprende de un normal conocimiento de la naturaleza humana: la coexistencia de grandes grupos humanos con cosmovisiones incompatibles en un mismo Estado hace muy difícil la convivencia, inevitable los conflictos, esporádicos o constantes, e imposible la cohesión necesaria para la prosperidad y la paz de un país.

Pero no tenemos que irnos tan lejos. En Londres, su alcalde de origen pakistaní, Sadiq Khan, expresaba sus condolencias por los atentados dando el pésame a la “comunidad cristiana de Londres”, y parecía hablar de un pintoresco grupo recién asentado que no acaba de asimilarse, y no de la fe que ha hecho Inglaterra inglesa, que ha hecho del país lo que es y como es. Pero ya hay en Londres y en otras grandes ciudades británicas ‘patrullas de sharía’ dispuestas a imponer en ‘sus’ barrios la ley islámica, con cosas tan poco británicas como prohibir los perros de paseo.

En Francia arden las iglesias, y hace poco leímos que se había abierto la causa de beatificación del anciano párroco atacado por yijadistas, quizá porque todavía el Gran Imán de Al Azhar no había firmado con el Santo Padre su ‘pacto por la paz’ en Abu Dabi. En la Italia que le rodea, que encuentra con solo traspasar la Puerta de Santa Ana, esa política a cara de perro, bronca y tensa, que tan poco gusta a Su Santidad, es consecuencia directa de ese ‘abrir los puertos’ por el que tanto reza y predica.

Abrir las fronteras es hacer mucho más probable que se multipliquen los casos como el de Sri Lanka, es hacer mucho más difícil la acogida, la fraternidad, el encuentro. Porque no es una hospitalidad voluntaria, sino impuesta por el poder sobre los ciudadanos, y que crea una hostilidad casi automática.

Hoy en Roma un marroquí ha apuñalado a un italiano que llevaba un crucifijo en la Estación Termini de Roma al grito de “¡Católico de mierda!”. Es solo un día más, una noticia de tantas en toda Europa. El resultado del experimento no es, como querría el Papa, como querríamos todos, la pacífica y fraternal convivencia entre distintas culturas en armonía. Es la desaparición a plazo fijo de la Europa cristiana, o postcristiana, con todos sus derivados de la Ilustración, la consolidación de guetos y ‘no go zones’, la ruptura de la cohesión y la solidaridad sociales, la pérdida de identidad, la lucha darwiniana por el poder entre tribus.

El Vicario de Cristo debe pedir a los cristianos virtudes heroicas, y por eso es necesario que predique la acogida fraterna de cada inmigrante y ver en ellos al prójimo que sufre. Personalmente, individualmente, de corazón a corazón. Pero demandar políticas del Reino de los Cielos a los gobernantes de la tierra, de una naturaleza caída, es irresponsable y, quizá, suicida.

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