El Papa Francisco nos dice que el que no combate la pandemia es un genocida. Cuando vivimos momentos extremos en nuestra vida solemos ver las cosas con mucha más claridad. Con todo lo que está sucediendo en torno al contagio del coronavirus y de sus consecuencias estamos viendo cómo muchas tonterías que habíamos elevado a categoría suprema caen de forma natural en el olvido. El Papa Francisco es ‘Jefe de Estado’, pequeño, pero estado, y hasta el momento presente no ha renunciado, ni piensa hacerlo. En el estado Vaticano es el responsable primero y último de luchar contra la pandemia. Como monarca absoluto tiene todos los poderes, muchos más que cualquier gobernante de la tierra, por lo civil y por lo eclesiástico.
Hemos querido ver que está sucediendo en el pequeño estado y nos hemos arriesgado, enmascarados y protegidos, a balconear por sus pocas calles. Los habitantes oficiales del Vaticano son unos 600 con pasaporte de la Ciudad del Vaticano pero los autorizados a entrar en el estado son más de cuarenta mil, casi todos de nacionalidad italiana. Roma y el resto de Italia imponen reglas estrictas sobre el distanciamiento social, la Ciudad del Vaticano hace mucho menos que el resto de Italia para detener la propagación.
Algunos residentes vemos que están cuidadosamente protegidos: el Papa Francisco, con un pulmón dañado por una infección, ya ha sido dos veces negativo. Está lejos de cualquier persona que pueda estar infectada con el virus, dice la oficina de prensa del Vaticano, toma sus comidas en su habitación de Santa Marta y usa un desinfectante de manos antes y después de reunirse con los invitados.
Pero las precauciones parecen mucho más laxas para los trabajadores en los rangos inferiores. La Congregación para la Doctrina de la Fe les dijo a los empleados que fueran a la oficina para evitar que documentos y archivos salieran de la oficina, Propaganda Fide, pide que sus empleados vengan dos veces por semana por la misma razón.
Vemos los estacionamientos llenos y filas de automóviles frente a las puertas principales de Santa Anna, llenas de trabajadores que esperaban para ir a trabajar y de los que ingresan al Vaticano para comprar en el supermercado privado y en la farmacia, lo que dificulta el aislamiento de los residentes. La necesaria acreditación en la entrada hace muy lento el acceso. Hay religiosas, que viven en conventos fuera de la Ciudad del Vaticano, en el supermercado y en la farmacia, a pesar de las epidemias confirmadas en conventos romanos. No hay escáneres térmicos y las tiendas no requieren que los clientes usen máscaras o guantes, aunque algunos lo hacen. Cualquier persona que viaje por la ciudad de Roma para trabajar dentro del Vaticano debe traer una carta que indique que su trabajo es ‘esencial’. El Papa todavía está organizando reuniones y audiencias privadas. Los guardias suizos y los gendarmes ‘fueron informados’ de que no podían usar máscaras para ‘no asustar’ a otros residentes. Cualquiera que entra en automóvil o a pie respira peligrosamente cerca de los guardias suizos, y luego cuando cruzan el segundo punto de seguridad del Vaticano, los gendarmes, ninguno de los cuales está armado con guantes o incluso de máscara facial, y menos un escáner térmico. Las dos fuerzas de seguridad viven en cuarteles en el Vaticano, de forma continuada los suizos y supeditada a su trabajo los gendarmes, que viven esparcidos por toda la ciudad de Roma con sus familias. Los grandes brotes recientes en los conventos romanos deberían ser una advertencia, pero hasta ahora nadie lo ha tenido en cuenta.
En la Basílica se siguen celebrando misas privadas sin especiales protecciones. Sin duda, Benedicto XVI es la persona más segura de toda la pequeña ciudad. Nadie puede entrar o salir de su residencia y su ‘familia’ vive un estricto aislamiento en un edificio preparado por la Divina Providencia para la clausura absoluta. Hemos de agradecer al Papa Francisco que, al alejar a su secretario de sus obligaciones en la Casa Pontificia, corto toda posible entrada del virus en el Mater Eclesiae, Don Georg no terminará de dar gracias por el providencial ‘alejamiento’. Ya tenemos dos miembros del Sacro Colegio contagiados, el Vicario de Roma y Philippe Nakellentuba Ouédraogo, cardenal y arzobispo de Ouagadougou en Burkina Faso. Sabemos que un tercer purpurado residente en Vaticano es positivo y no será el único, visto lo visto.
Por si las contradicciones no fueran suficientes, ayer el Vaticano se sumó a la iniciativa de muchos municipios italianos de ondear las banderas a media hasta como luto por los 11.000 muertos oficiales de la epidemia en Italia. Al mismo tiempo, la cuenta en inglés oficial de VaticanNews nos ofrecía esta sublime reflexión: “Los cambios en el comportamiento humano debidos a la pandemia del #Covid-19 están propiciando beneficios no buscados para el planeta”. E incluía la referencia al artículo, titulado “Coronavirus: inesperado aliado de la Tierra”. La cosa fue retirada pero hoy es imposible borrar la memoria virtual. El caos sigue reinado y el virus no parece contener la imbecilidad humana sino que la hace florecer.
El Papa Francisco le da gracias a Dios por no ser corrupto sino un simple pecador. Es increíble lo poco y mal que se piensan las cosas. Visto todo lo anterior y las decenas de escándalos financieros que han salpicado su pontificado es posible que estemos ante un corrupto por omisión, que también es una forma de corrupción. No ver, no oír, no querer actuar en quien tiene la obligación de hacerlo no deja de ser corrupción y de muy buena calidad.
Y por si fuera poco en este nefasto día el Papa Francisco pide que la iglesia, a la suya se supone, y a la ‘sociedad’ que ‘acoja’ a los sin techo. Su antecesor, el rígido y carca Pio XII, no tuvo ningún problema en abrir todas las puertas posibles para acoger y salvar a todos los que pudo. Son muchos los que vinieron al mundo en la cama del Pio XII de Castelgandolfo y no sé rasgó nadie las vestiduras. Muchos conventos y monasterios de Roma y alrededores, que estaban a rebosar y eran mucho más pobres que ahora, se convirtieron en refugios improvisados. Son momentos en que nos cuesta mucho creer, estamos hartos y saturados de palabras vacías. Son siete años de la nada y ha llegado el momento de la verdad. Santa Marta está casi vacía y con muy poco esfuerzo se puede preparar para unas trescientas personas. El Palacio Apostólico está vacío y la villa de Castelgandolfo también, no estaría de más predicar, por una vez, aunque solo sea una vez, con el ejemplo y dejar de lanzar dardos a todo el mundo que lo único que hacen es visualizar la propia inutilidad.
Puede parecer un día triste pero creemos que debemos contar las cosas como las vemos y la verdad es la verdad. Seguiremos balconeando en este tiempo de arresto domiciliario para que nuestros lectores puedan asomarse a la realidad romana en tiempos de peste.
«Y si el Hijo os hace libres, seréis realmente libres. »
Buena lectura.
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